Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz

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Hay heridas que no se ven. La infertilidad es una de ellas. Cuando se habla de infertilidad, muchas veces la atención se centra en la mujer, en sus tratamientos, en su sufrimiento o en su deseo de ser madre.

Sin embargo, también existe un dolor silencioso que viven muchos hombres y del que se habla poco. Un dolor que toca una pregunta profunda: ¿qué significa ser hombre cuando descubres que quizás no podrás ser padre biológicamente? No es una pregunta fácil.

¿Qué supone la masculinidad?

Con frecuencia se asocia la masculinidad con la capacidad de producir, lograr, conquistar y demostrar. Desde pequeños, muchos hombres aprenden que deben ser fuertes, resolver problemas y mantener el control de las situaciones.

La infertilidad rompe esa lógica. De repente aparece algo que no puede solucionarse con más esfuerzo, más disciplina o más voluntad. Algo que confronta nuestros límites y nos recuerda que no todo depende de nosotros.

Quizás, por eso, la infertilidad puede convertirse en una crisis de identidad. No porque un hombre valga menos por ser infértil, sino porque descubre que había construido parte de su idea de masculinidad sobre algo que en realidad no la define.

La pregunta deja de ser simplemente «¿podré tener hijos?» y se transforma en algo más profundo: «¿quién soy si no puedo cumplir aquello que siempre imaginé para mi vida?» o incluso «¿cómo puedo sentirme plenamente hombre si no puedo ser padre?».

Somos don

Aquí encuentro especialmente iluminadora la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II. Lo más revolucionario de su propuesta no es que hable del cuerpo o de la sexualidad, sino que afirma que la persona humana encuentra su plenitud cuando se convierte en don para los demás. En otras palabras, la identidad masculina no nace de la capacidad biológica de generar vida, sino de la capacidad de amar.

Esta perspectiva cambia profundamente la manera de entender la infertilidad. Si la masculinidad se define por el amor y la entrega, entonces la infertilidad no tiene la última palabra. El hombre sigue estando llamado a una fecundidad real, aunque adopte formas distintas de las que había imaginado.

Puede ser fecundo en su matrimonio, en su familia, en su trabajo, en su comunidad o en la vida de quienes Dios pone en su camino. La fecundidad humana es más amplia que la capacidad reproductiva.

San José, siempre un ejemplo a seguir

Pienso también en San José. No fue padre biológico de Jesús y, sin embargo, nadie podría negar la profundidad de su paternidad. Su grandeza no estuvo en transmitir sus genes, sino en custodiar, proteger, acompañar y amar una vida que le fue confiada.

José nos recuerda que la paternidad es mucho más que un hecho biológico; es una forma de amar. Quizás ahí se encuentre una lección importante para quienes viven el dolor de la infertilidad: la capacidad de amar como padre puede existir incluso cuando la biología parece cerrarse.

La infertilidad sigue siendo dolorosa. La fe no elimina la tristeza ni responde todas las preguntas. Tampoco convierte automáticamente el sufrimiento en algo fácil de llevar. Sí ofrece una mirada distinta.

Nos ayuda a descubrir que la masculinidad madura no consiste en ejercer poder sobre la vida, sino en recibirla como un don. Nos enseña que el valor de un hombre no depende de aquello que puede producir, sino de su capacidad de amar con generosidad y fidelidad.

Ser padre suele asociarse con proteger, cuidar, proveer, acompañar y dar la vida por otros. Estas características no nacen con la paternidad biológica. Forman parte de la vocación masculina misma.

Un hombre está llamado a desarrollarlas independientemente de si tiene hijos o no. La infertilidad puede impedir una función biológica, pero no puede impedir la entrega, la fortaleza, la responsabilidad ni la capacidad de amar.

***

Por eso, la masculinidad de un hombre no depende de su capacidad reproductiva. Un hombre no está definido por un seminograma, un diagnóstico médico o una estadística clínica. Está definido por quién es y por cómo ama.

Tal vez la infertilidad no sea solamente una experiencia de pérdida. Tal vez pueda convertirse, con el tiempo, en una invitación a descubrir una forma más profunda de ser hombre: menos basada en el control, el rendimiento o la capacidad de engendrar, y más centrada en la entrega sincera de sí mismo. Porque al final, desde la mirada cristiana, la verdadera fecundidad no se mide únicamente por la vida que uno genera, sino también por la vida que ayuda a crecer en los demás.

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Hay un tipo de persona que produce una reacción inmediata e incómoda. Lo reconoces rápido: se esfuerza demasiado por agradar, compite por ser quien resulte elegido, se posiciona como «el diferente», «la fácil de llevar», «el que no es como los demás». Y en lugar de generar cercanía, genera lo contrario. Genera rechazo.

Le decimos «pick me» literal, «elígeme a mí». Detrás del meme y de la burla hay algo que vale la pena mirar con seriedad, porque revela una herida que muchos cargamos en alguna versión.

El fondo: la escasez del amor

El pick me no nace de la vanidad. Nace de la escasez.  Es alguien que aprendió temprano que el afecto no se recibe por existir, sino que se gana. Interiorizó que el amor es un recurso limitado por el cual hay que competir, rendir, destacar. Generalmente viene de un entorno donde el cariño llegaba de forma inconsistente o condicional: a veces sí, a veces no, y nunca por las razones que un niño pudiera controlar.

De ahí sale una conclusión que se graba hondo: «tengo que ser el mejor para que me quieran» o “el amor se gana, nadie me lo dará gratuitamente”. El problema es que esa conclusión lleva a la persona a construir una identidad prestada. La persona no aprende a valorarse desde dentro, no por quien es, sino desde la mirada del otro. Valgo lo que el otro dice que valgo. Y sin esa mirada que me elija, no sé quién soy.

Por eso los demás dejan de ser pares y se vuelven amenazas. No es maldad. Es supervivencia. Si el amor es escaso y otro es elegido en mi lugar, no es que pierda una oportunidad: es que desaparezco. La rivalidad del pick me es el reflejo de alguien que siente que su existencia depende de ganar.

Este tema es de mujeres, pero de hombres también.

El término se popularizó hablando de mujeres porque culturalmente la validación femenina se construyó alrededor de «ser elegida». Sin embargo, la herida no tiene sexo.

En los hombres se ve con otro envase: el que es atento y servicial esperando que eso le garantice un lugar, y se resiente cuando no funciona («hago todo bien y aún así no me eligen»).

También, entre los hombres, está en elque se vende como «no soy como otros hombres» para sacar ventaja. Además, en el que compite por la aprobación del jefe o del grupo invalidando a sus pares.

Y fuera del plano romántico, el patrón es universal: el hijo que se vuelve «el bueno» para asegurar el afecto que escasea en casa, compitiendo en silencio con sus hermanos. El empleado que se sobreentrega buscando ser el favorito. El amigo que nunca incomoda para no perder su lugar.

El núcleo es siempre el mismo: no me sé amado por existir, así que tengo que ganar mi lugar rindiendo. Cambia la forma; la herida no.

Lo que genera en los demás

Acá viene lo incómodo, lo que solemos nombrar como «cringe» sin entender bien por qué.

Lo que produce rechazo no es que la persona sea «falsa» o needy. Es algo más profundo y más triste: estás viendo, al descubierto, cuánto se devalúa. Y eso desata dos reacciones a la vez.

Primero, un rechazo casi instintivo. Nadie quiere ser elegido por alguien que no se elige a sí mismo. Si tú no proteges tu propio valor, ¿qué valor tiene que me elijas? Me estás ofreciendo algo que tú mismo tratas como si no valiera nada. La lógica relacional se cae sola.

Segundo, una pena incómoda. No es compasión del todo: es ver una herida expuesta sin filtro y no saber dónde mirar. El pick me muestra su necesidad sin ningún filtro y eso nos incomoda. Es como ver a alguien rogar por algo que uno siente que no debería rogarse, y algo en nosotros se tensa.

Y ahí está la paradoja central, la trampa entera del patrón: busca ser elegido compitiendo, pero la competencia misma comunica «sin ganar esto, no merezco estar aquí». Y nadie quiere elegir a alguien que llega en esas condiciones.

Mientras más se esfuerza, más se aleja de lo que busca. Porque lo que la gente termina viendo no es a la persona, es la actuación. Y a la actuación no se la puede amar.

Lo más oscuro: quien tiene autoestima sana lo detecta y se aleja, se necesita mucho amor para quedarse, usualmente no amamos de forma tan heroica. El que se queda suele ser alguien cuya herida encaja con esa dinámica —alguien que necesita sentirse superior, o que disfruta el poder de ser «el que elige». Así, el patrón atrae justo lo que confirma la herida original.

La salida

La solución no es «quererse más» dicho como eslogan o trabajar por milésima vez tu autoestima en terapia. Es algo más concreto.

Es dejar de buscar afuera la respuesta a una pregunta que solo se contesta adentro, que digo desde dentro, esa pregunta sólo la contesta Dios Padre y no es una son varias: ¿le pertenezco a alguien? ¿De quién soy hijo antes de ser hijo de mis padres? ¿Y ese Padre también me condiciona Su amor? ¿Soy amado antes de hacer nada para merecerlo?  ¿Tengo un lugar que no tuve que ganarme?

¿Fui amado antes de existir? Por eso Jeremías 1,5 dice «antes de formarte en el vientre te conocí». No es que Dios tuviera una ficha tuya guardada. Es que tú ya estabas sostenido en Su Amor eterno —ese amor que después se vuelve tu vida concreta en el tiempo.

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¿Valgo porque me dieron el ser, no porque lo produzca?  Sanar el pick me es, al final, dejar de mendigar lo que ya se tiene. Es pasar de «elígeme» a «ya fui elegido» y no fui elegido por cualquiera, me eligió el mismísimo Dios para ser Su hijo y dar Su vida por mí, mira te dejo lo mejor de este pobre artículo en estas últimas palabras: Isaías 43,1: «No temas, que yo te redimí, te llamé por tu nombre, tú eres mío.» Deja de buscar quien le elija, ¡ya fuiste elegido!

Vivimos en una época obsesionada con el control. Gestionamos por minuto nuestra agenda, medimos por gramo nuestra alimentación, analizamos nuestra productividad y hasta monitoreamos nuestros patrones de sueño. No es extraño que también queramos controlar nuestra fertilidad.

¿Debemos adaptar la vida humana a nuestros planes, o adaptar nuestros planes a la realidad de la vida humana? La congelación de óvulos pretende lo primero: ofrecer una ilusión de control sobre algo que, en esencia, está atravesado por múltiples variables fuera de nuestro alcance.

La ilusión de control

La razón por la que muchas mujeres consideran congelar sus óvulos es comprensible. Es profundamente humano el miedo a quedarse sin tiempo, a no encontrar la pareja indicada o a que la fertilidad disminuya antes de estar listas para formar una familia. La congelación de óvulos parece ofrecer una respuesta tranquilizadora: “no te preocupes, guarda tu fertilidad para después”.

Sin embargo, la fertilidad humana no es una alarma a la que se le pueda poner “snooze”.

A pesar de los enormes avances científicos, seguimos sin comprender plenamente el origen y el desarrollo de la vida humana. Entendemos cada vez mejor los mecanismos biológicos de la reproducción, pero eso no significa que podamos garantizar sus resultados.

Incluso cuando un óvulo y un espermatozoide se unen, ya sea de forma natural o mediante intervención médica, nadie puede asegurar que esa nueva vida continúe su desarrollo. Cuanto más avanzamos tecnológicamente, más evidente se vuelve una realidad incómoda: podemos intervenir en la vida, pero no podemos dominarla ni producirla.

La vida es un don de Dios. Participar en ella como co-creadores a través del abrazo conyugal es un gran regalo. Sin embargo, por más que el ser humano ha intentado comprender y controlar su origen, la vida sigue escapando a su dominio. La vida no es un objeto que podamos poseer. Nos recuerda que no somos dueños absolutos de la existencia, sino receptores de algo que nos supera.

Lo que realmente garantiza (y lo que no)

La congelación de óvulos no garantiza un embarazo ni un nacimiento. No garantiza que los óvulos sobrevivan al proceso de descongelación, ni su fecundación, ni su implantación en el útero materno.

Tampoco garantiza que, años después, el cuerpo de la mujer esté en condiciones óptimas para sostener un embarazo. El cuerpo no es el mismo, y es en él donde crecería ese óvulo fecundado. Sus prioridades, simplemente, cambian.

La fertilidad no puede reducirse a un óvulo almacenado en nitrógeno líquido. Es mucho más que eso: es el resultado de la interacción compleja de sistemas endocrinos, metabólicos, neurológicos y reproductivos que cambian constantemente a lo largo de la vida. Lo que esta tecnología ofrece no es una garantía, sino una posibilidad limitada presentada como si fuera control.

Cuando el miedo se convierte en mercado

El deseo de ser madre es profundo en la mayoría de las mujeres, aunque a veces esté oculto o postergado. Y junto a ese deseo convive un miedo igual de profundo: la posibilidad de no poder serlo. Es precisamente en esa tensión donde este modelo se vuelve tan rentable.

La congelación de óvulos se inserta en una cultura que durante décadas ha promovido retrasar la maternidad: primero estudiar, luego trabajar, consolidar una carrera, viajar, “vivir” y realizarse personalmente.

La fertilidad queda desplazada, como si fuera un obstáculo para el proyecto individual. Y cuando el tiempo biológico empieza a mostrar sus límites, aparece la solución: preservar la fertilidad mediante tecnología. El mismo sistema que durante años enseñó a desconfiar del cuerpo femenino ahora ofrece pagar para intentar recuperarlo.

Cuando el cuerpo está en condiciones, la fertilidad se pospone o se rechaza. Cuando ya no lo está, se intenta recuperar pagando por ello. Esto no es una ironía menor: es una contradicción estructural.

Una realidad que no puede eliminarse

Congelar óvulos no es un acto aislado. Su uso requiere fecundación in vitro, lo que implica la creación de embriones humanos fuera del cuerpo materno y fuera de la relación íntima conyugal, el único acto mediante el cual, de forma natural, puede originarse una nueva vida.

Aquí aparece una cuestión ética inevitable: la vida humana no es material biológico disponible, sino un don sagrado que debe ser acogido y custodiado desde su inicio. Porque una vez que la vida humana entra en un proceso de producción y selección, las preguntas ya no son solo médicas, sino morales:

  • ¿Qué ocurre con los embriones que no son implantados?
  • ¿Qué ocurre con aquellos que son descartados?
  • ¿Qué pasa con los que permanecen congelados indefinidamente?

El embrión es ya un ser humano en sus primeras etapas. No hablamos de material biológico, sino de vida humana en desarrollo. Y eso cambia completamente la naturaleza del debate.

¿Hasta dónde debe llegar nuestro poder?

La congelación de óvulos forma parte de una tendencia más amplia: la idea de que todo en la vida humana puede planificarse, almacenarse y reactivarse según conveniencia. La vida no es un proyecto de ingeniería. La fertilidad no es una mercancía. Y los hijos no son productos que puedan obtenerse bajo demanda.

Los hijos son un don. La vida no se fabrica: se recibe. Existe una diferencia esencial entre cuidar la fertilidad y pretender dominarla; entre recibir la vida y producirla; entre acompañar procesos naturales y reemplazarlos.

Cuando las tecnologías reproductivas nos permiten decidir cada vez más sobre el cuándo y el cómo de la vida humana, surge una pregunta inevitable: si estamos actuando como custodios de la vida o si estamos ocupando un lugar que no nos corresponde.

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Entiendo por qué tantas mujeres consideran congelar sus óvulos. La incertidumbre puede ser difícil, y el deseo de preservar opciones es profundamente humano. Tienen que saber que la congelación de óvulos no resuelve el problema que pretende resolver.

  • No elimina el paso del tiempo.
  • No garantiza un embarazo ni un nacimiento.
  • No garantiza control, porque la vida es una realidad que nos supera.

Lo que sí hace es reforzar la idea de que la fertilidad puede almacenarse, posponerse y administrarse según nuestros planes. Si incluso el dinero con el que buscamos “congelar” nuestra fertilidad pierde valor con el paso del tiempo, ¿cómo esperar que los óvulos, el cuerpo y la fertilidad permanezcan intactos?

La fertilidad, como don recibido, no funciona como un sistema de almacenamiento, sino dentro de los límites del tiempo, del cuerpo y de la vida. La pregunta no es si debemos congelar óvulos. La pregunta es si estamos dispuestos a soltar el control sobre aquello que nunca nos perteneció del todo.

Porque la vida no se posee, se recibe. No todo lo que puede hacerse debe hacerse. Y la capacidad de intervenir en la vida nunca nos convierte en sus dueños.

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