Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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Tomar decisiones no es tan simple como parece. Es un proceso complejo que involucra distintas áreas del cerebro. Necesitamos atención, memoria e imaginación para proyectarnos hacia las posibles consecuencias de lo que elegimos.
Los griegos hablaban de los sentidos internos e incluían uno llamado “cogitativo”, que ayudaba a prever el peligro. Los animales también poseen estos sentidos. Sin embargo, en el ser humano existe una diferencia clave: podemos elaborar pensamientos más complejos y tomar decisiones más profundas. En el mundo animal, decidir suele ser una cuestión de supervivencia —vivir o morir— y está motivado principalmente por el peligro.
¿Qué significa decidir con el corazón?
Aunque el cerebro es el órgano encargado de las decisiones, usamos expresiones como “sigue tu corazón” o “haz lo que tu corazón diga”. Con ellas intentamos transmitir que una decisión no debería ser solo racional, sino que también debe nacer desde lo más profundo de la persona.
Y no es una idea descabellada. Más allá de lo biológico, es evidente que nuestras elecciones están influenciadas por nuestros afectos. El “corazón”, entonces, funciona como una metáfora de esa dimensión afectiva que todos tenemos.
El desorden interno: inteligencia, voluntad y pasiones
Aristóteles proponía que existe un orden en el ser humano. El alma tiene facultades que nos permiten conocer y vivir en el mundo. La inteligencia (la razón) debe guiar a la voluntad, y ambas deben ordenar las pasiones para alcanzar una vida virtuosa.
Santo Tomás retoma esta idea y añade que el pecado original rompe ese orden natural. Como consecuencia, la razón queda muchas veces “secuestrada” por las pasiones, que —con ayuda de la voluntad— pueden llevarnos a hacer cosas que no queremos o que nos perjudican. Es la experiencia que describe San Pablo: “hago el mal que no quiero y dejo de hacer el bien que quiero”.
La importancia del orden
Por naturaleza, la inteligencia busca la verdad y la voluntad busca el bien. Sin embargo, este desorden hace que muchas veces nos sintamos atraídos por “bienes aparentes” en lugar de bienes reales.
En la vida afectiva esto se nota especialmente: nos equivocamos cuando no logramos distinguir entre lo que es verdadero y lo que simplemente se siente bien. Por eso, “seguir el corazón” no debería significar anular la razón, sino integrarla con el mundo afectivo. Muchas veces no elegimos lo que realmente queremos, sino aquello que momentáneamente nos hace sentir bien.
Se ama con la cabeza, no solo con el corazón
Cuando tenemos que tomar una decisión importante, vale la pena preguntarnos: ¿esto que
voy a hacer me ayuda a amar más? Al final, como decía San Juan de la Cruz, seremos juzgados en el amor. Y es el Amor el que da sentido a todo.
Amar no es solo sentir. El amor es una decisión: es permanente, no fluctuante; es eterno, no efímero. Esta idea se aplica a todas las áreas de la vida: elegir una carrera, aceptar un trabajo, mudarte de país, terminar una relación o empezar una nueva.
***
Usar la razón no significa vivir racionalizando todo. A veces, la racionalización puede convertirse en un mecanismo de defensa para evitar reconocer lo que sentimos. Por eso, la clave está en el equilibrio. La virtud es el justo medio: no se trata de vivir solo desde la emoción ni de refugiarse únicamente en la razón, sino de integrar ambas para tomar decisiones verdaderamente libres.
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«Para la libertad nos liberó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir de nuevo bajo el yugo de la esclavitud» (Gál. 5,1).
El Apóstol Pablo afronta el problema de la interpretación legalista de la Escritura. Muchos cristianos venidos del judaísmo piensan que deben continuar su vida viviendo como judíos. San Pablo les explica que nunca se trató de la Ley, sino de la Fe (cf. Gál. 3, 11s).
Eventualmente, no se trata de cumplir, sino del motivo que me empuja a hacerlo. Nunca fueron las obras a justificar, sino la gracia de Dios que coopera para que actuemos de esta manera y participar así del único mérito verdadero: el de Cristo.
La libertad pues, comienza a poder ser interpretada como la negación del yugo del legalismo judaizante, que incluso pretendía que los cristianos pasaran primero por la circuncisión antes del Bautismo. Las sombras, como aquellos ritos y leyes, deben ser dejadas de lado para dar lugar a la realidad que ellas mismas indican (cf. Santo Tomás de Aquino, STh. III, 62, 6).
La libertad de la cruz
Así, nuestro santo Apóstol escribe “Mas yo por la misma Ley he muerto a la Ley, por vivir para Dios; estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál. 2, 19s). El Doctor común explica que se trata de vivir para la Ley del Espíritu (Rm. 8, 2) en lugar de la ley de la carne o temporal (cf. In Gal., lectio 6 [104]). En otras palabras, no quiere decir que el Antiguo Testamento quede inválido en materia de fe y moral, sino que ha sido superado en estos mismos temas. Sin embargo, esta superación no implica anulación en sentido literal, trata de una asunción plena.
Pues, la libertad de la que tratamos aquí es sólo posible para aquel que ha dejado hacer de su vida ocasión de cumplimiento exterior para pasar al sentido del primer pedido de dicho cumplimento, es decir, el por qué Dios exigía aquello al Pueblo. A pesar de que pueda parecer sencillo comprenderlo en palabras es, sin lugar a dudas, difícil de entender a nivel afectivo. ¿Qué implica para un católico estar crucificado con Cristo para ser libres? ¿Acaso los mismos clavos no son una paradoja?
Soy lo que doy: el yugo y la caridad
San Juan de la Cruz parece resolverla muy bien:
y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho del amor muy lastimado”
(Otras canciones a lo divino de Cristo y el alma, 5).
“El amor me lo ha explicado todo” decía san Juan Pablo II (Canto al Dios escondido). Ciertamente es así. Los clavos del amor son el signo de la libertad: “no hay mayor amor que dar la vida por los amigos” (cf. Jn. 15, 13).
Pensamos que algo esencial en la enseñanza de Cristo es que la caridad enseña al hombre quién es el mismo hombre y, por ende, todo lo que se dice de él, entiéndase, en este caso, la libertad. La presunta paradoja de que un clavo inmovilice es porque el amor implica reposo.
El amor supone compromiso
No se trata de girar y girar como Paolo Malatesta y Francesca da Rimini, como encontramos en el segundo círculo del infierno de Dante (Divina Comedia), sino de reposar en el pecho del amado:
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
(San Juan de la Cruz, Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación).
Nunca se trató, pues, de movimientos varios, ligeros o pesados, sino de ir en una dirección hacia el objetivo. Pensamos que nadie podría llamar “buen arquero” a aquel que tras de mil flechas atina al blanco, sino a quien lo hace de un intento. Tampoco podríamos decir que es prudente aquel que teniendo poca nafta cargada se desvía una y otra vez por cada giro de la autopista.
La vida de la que se nos habla aquí exige un compromiso amoroso con una persona, en la que estamos clavada con los clavos de Cristo, el sacramento del matrimonio. No hay de otra. Así, como nuestro Señor en la Cruz, nosotros amamos los clavos que nos permiten dar la vida por aquella que se crucifica junto a nosotros en la Santa Cruz. Así, los esposos dicen al unísono “y ya no vivimos nosotros, es Cristo que vive en nosotros”.
La libertad de confiar en Él
Pensamos que la medida desmesurada y desmesurante de la caridad de esta vida cristificada es la única que luego merece la Pascua. La paradoja humana es la alegría divina. No entendemos lo que Dios bien sabe es nuestro bien, pero confiamos y echamos las redes. Estamos seguros que aquí se aplican las palabras de Santo Tomás de Aquino de manera luminosa: “es mejor amar a Dios que conocerle, y al revés: es mejor conocer las cosas caducas que amarlas” (STh. I, 82, 3, r.).
Nuestra libertad no se trata de ser grandes conocedores del amor, sino de experimentar el pequeño camino de la humildad y la confianza en las palabras y obras del Señor. Sólo por la estrechez se halla la grandeza.
La caridad conyugal: una explicación del “yugo”
La caridad conyugal es libre porque esclaviza en el mismo amor de Cristo. De faltar este, es inevitable la esclavitud del pecado a través de las grandes puertas de la soberbia y la arrogancia. Cuando no es Cristo quien explica el amor, ¿quién lo hace? ¿Él? ¿Ella?
Todo lo bello que está llamado a ser el amor por el servicio (cf. Jn. 13, 1-17) se termina transformando en la lucha del poder (cf. Thomas Hobbes, El Leviatán) de quien se erige en señor de las definiciones dentro del matrimonio (“no me amás porque no hacés esto o lo otro”).
Cuando inicia el quinto capítulo de la carta, se nos pide “no os dejéis sujetar al yugo de la servidumbre” (5, 1). ¿No somos, acaso, “cónyuges”? ¿Yugo?
El hombre, por su condición y conciencia de creatura, está siempre en situación de servidumbre. El problema no es este, sino a quién servimos, ya que “no podéis servir a dos señores” (Mt. 6, 24). El “yugo” que llevo “con” mi esposa me hace “cónyuge”. Tenemos que tener en claro de qué se trata ese yugo al que está sujeto nuestro matrimonio.
Aquí redunda parte de la libertad. El peso de la ley y del pecado contrasta fácilmente con Cristo, quien nos invita: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 28-30).
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La carta a los Gálatas nos invita a una libertad matrimonial exuberante en alegrías. El mismo Cristo nos enseña a vivir nuestra vida de esposos con la conciencia de la Cruz y la promesa de la Pascua. Una libertad que se enraiza en la posibilidad de amar a nuestro cónyuge con la fervorosidad de Nuestro Señor sin esconder las heridas de los clavos y el peso del yugo porque ambos son signos de una entrega profunda de amor.
¿Por qué muchas veces se asocia el conocimiento del ciclo con evitar el embarazo? Es cierto que, en sus inicios, los métodos naturales fueron pensados principalmente para espaciar los embarazos. Esa idea quedó instalada en el imaginario colectivo. Sin embargo, es una cara de la moneda.
Los métodos de reconocimiento de la fertilidad no son solo una herramienta para evitar un embarazo. Tomemos como ejemplo el método Creighton: no fue concebido únicamente para espaciar embarazos, sino también para lograrlos y, además, para monitorear la salud de la mujer. Esto supone un cambio de mirada importante.
Poner el foco en saber cuándo se abre la ventana de fertilidad
Cuando una pareja busca un embarazo, no debería “olvidarse de la gráfica”. Al contrario, para que ese método sea eficaz, es necesario realizar el 100% de las observaciones.
Esto representa una novedad dentro de la planificación familiar natural y la paternidad responsable: no solo se trata de conocer la fertilidad para evitar un embarazo, sino también para poder alcanzarlo.
¿Cómo buscar un embarazo si no sabes cuándo eres fértil? ¿No es más razonable conocer el propio ciclo y, antes de iniciar la búsqueda, detectar posibles anomalías para poder tratarlas? De este modo, no solo se optimiza la búsqueda del embarazo, sino también, el embarazo en sí mismo y la salud materno-infantil.
Conocer para discernir
Quisiera invitar a repensar la idea de que conocer la fertilidad es sinónimo de mentalidad anticonceptiva. Conocer tu fertilidad es, en realidad, un regalo: es una forma de conocerte, de cuidarte y de entregarte mejor al otro. No se puede dar lo que no se tiene, ni cuidar lo que no se conoce.
Comprender cómo funciona la fertilidad no implica control ni manipulación, como a veces se piensa. Implica información. Esa información permite tomar decisiones conscientes. Son preguntas que se renuevan en cada ciclo y que forman parte de una verdadera paternidad responsable.
No se trata de gestionar o manipular, sino de escuchar al cuerpo y decidir en pareja. Conocer esta información no determina una mentalidad anticonceptiva. La actitud con la que la pareja utiliza esa información nace del corazón. Es importante resaltar en este punto que el corazón necesita ser educado, trabajado, para vivir en la verdad.
Por eso, la invitación es a reflexionar y comprender a qué nos llama la Iglesia, cuál es el camino que nos propone y qué enseña la encíclica Humanae Vitae.
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Al final, no se trata de elegir entre evitar un embarazo conocer tu fertilidad, sino de algo más profundo: aprender a vivirla con conciencia, respeto y verdad. Conocer el propio ciclo no limita. Al contrario, abre un camino de libertad, diálogo y crecimiento en la pareja.
Es una invitación a dejar de ver la fertilidad como un problema a gestionar o una incógnita desconocida y empezar a reconocerla como una dimensión valiosa de la persona que, cuando se comprende, se convierte en fuente de vida.
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