Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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¿Qué nos pasa que tantas veces queremos quemar etapas? A veces escuchamos: “si se quieren, ¿cuál es el problema?”, “esperar es innecesario”, “hay que probar antes”, “no seas exagerado”. Sin darnos cuenta, una pregunta mucho más profunda queda escondida detrás de todo esto: ¿Qué significa amar de verdad?
San Juan Pablo II, antes de ser Papa, escribió un libro hermoso y exigente llamado Amor y responsabilidad. Allí no empieza hablando desde el miedo ni desde la prohibición, sino desde algo mucho más profundo: la dignidad de la persona.
Recuerda quién eres
No somos cosas ni objetos. Tampoco somos cuerpos disponibles para el uso del otro. Somos personas: seres capaces de pensar, elegir, amar, decidir y orientar nuestra vida hacia el bien. Cada uno con una interioridad, una historia, una libertad y dignidad que nadie puede reemplazar.
Por eso, nadie puede decidir por mí como si yo fuera una cosa. Nadie puede usarme como medio para su propio placer, su tranquilidad, su deseo o su necesidad de sentirse querido. El verdadero amor humano puede confundirse con lo que en realidad es búsqueda de satisfacción. En el fondo es que “me hacés sentir bien”, “me das seguridad” o solo “me gustás”.
Cuando el otro se convierte en un medio para satisfacer mi deseo, especialmente en la vida sexual, vamos contra su dignidad. Porque el otro no es “algo”, es “alguien”. Ni siquiera Dios, que es su Creador, usa al hombre como medio. Al contrario, lo crea racional y libre y, por eso, le muestra el bien, lo invita, lo llama, pero no lo fuerza. Dios no salva al hombre sin su libre participación.
Placer y amor: no son enemigos
El deseo nace del alma y tiene un sentido, de la mano del conocimiento (razón) debe ser conducido. El placer es algo actual que existe producto de los actos humanos. El problema aparece cuando el placer se convierte en el centro.
Cuando la pregunta deja de ser “¿cómo cuido el bien del otro?”, pasa a ser “¿cómo quiero que me haga sentir esa persona?”. Dios nos enseña cual es el bien para cada uno y no podemos negarlo.
San Juan Pablo II plantea una idea fuerte: la persona es un bien tan grande que solo el amor puede ser una respuesta adecuada hacia ella. No alcanza con desearla, admirarla o sentir atracción.
Todo eso puede estar, pero necesita ser integrado en algo mayor: el amor responsable. Amar es querer el bien del otro, incluso cuando eso me exige esperar, ordenar mis deseos y no tomar lo que todavía no estoy preparado para entregar de verdad.
Cuando el placer se busca como fin absoluto, nace una forma de utilitarismo: egoísmos mutuos que se sostienen mientras ambos obtienen lo que buscan. Cuando eso termina, muchas veces queda vacío, confusión o una herida que no siempre se ve desde afuera.
Entonces, ¿por qué esperar?
Esperar al matrimonio no es una regla caprichosa para complicarle la vida a los novios. Esperar tiene sentido porque la sexualidad habla un lenguaje muy profundo.
Con el cuerpo también decimos cosas. Y el acto sexual dice algo enorme: “me entrego totalmente a vos, de modo fiel, exclusivo, definitivo y abierto a la vida”. No solo un rato, mientras dure la emoción o si la relación sigue funcionando.
El acto sexual es la expresión humana de una entrega total, fiel, exclusiva y abierta a la vida. Por eso, la Iglesia lo reserva para el matrimonio: porque ahí esa entrega corporal coincide con una entrega real, pública y definitiva de la vida.
Antes del matrimonio puede haber amor sincero, cariño, atracción, proyecto y deseo de futuro. Todavía no existe esa entrega total sellada en una alianza. Entonces, el cuerpo puede terminar diciendo “para siempre” cuando en la vida todavía dice “veremos”.
La tendencia sexual necesita ser integrada
La atracción sexual no es algo que elegimos sentir. Está naturalmente y tiene fuerza. Forma parte de nuestra humanidad. Entonces, sí podemos elegir qué hacer con eso.
La sexualidad no es solo biología ni solo instinto. En la persona humana está llamada a integrarse con la inteligencia, la voluntad, la afectividad, la libertad y la vocación al amor. No se trata de apagar el deseo, sino de educarlo.
Porque una cosa es sentir deseo y otra cosa es dejar que el deseo maneje toda la historia. Si el deseo conduce sin volante, tarde o temprano choca. Generalmente se lleva puesto el corazón de alguien más, y el alma de ambos corre peligro.
La castidad, bien entendida, no es miedo al cuerpo. Es aprender a amar con el alma y el cuerpo, sin sobreponer el placer a la responsabilidad o al bien del otro.
“Pero si nos queremos…”
Sí, puede ser que se quieran. Justamente por eso vale la pena preguntarse: ¿este amor ayuda a ser mejor? ¿Respeta los tiempos de Dios? ¿Puede esperar sin presionar? ¿Estamos caminando hacia una entrega real o solo viviendo momentos intensos? ¿Podemos crecer en ternura, amistad y proyecto sin tener que priorizar la vida sexual?
Una relación tiene muchos componentes que luego en el matrimonio también exigirán cuidado. No podemos pararnos ni pensar que la base es fundamentalmente sexual.
Esperar no disminuye el amor, lo purifica. No lo hace menos intenso. Lo hace más libre.
No lo vuelve frío, todo lo contrario, lo vuelve más verdadero.
Y lo más importante de todo y esta si es la base: aprendiendo a amar como Dios espera y quiere de nosotros seremos fiel a Él, a nosotros y a nuestro futuro cónyuge. Estaremos en camino juntos hacia el Cielo, hasta que Dios lo quiera. Debemos cuidar el vivir también esta etapa del noviazgo santamente.
Tu propia historia
Si tuvieras que escribir tu historia de amor, ¿cómo te gustaría que fuera?
En las mejores novelas románticas de libros de antes, aparece algo que hoy ya no: el valor del proceso respetando los tiempos, la delicadeza al conocerse de a poco, la admiración que se va transformando en amor y sabe esperar.
Quizá eso nos sigue conmoviendo porque, en el fondo, todos deseamos un amor que nos cuide, que no nos use ni nos apure, sino que nos reconozca. Justamente porque lo valioso no tiene por qué vivirse inmediatamente.
Ninguna novela romántica es mejor que tu propia historia. Verdadera y grande. No sin caídas, pero sí con dirección. Con deseo y amor.
***
Esperar al matrimonio no prueba “si va a funcionar”. Prueba algo más profundo: el amor con libertad. Tampoco desprecia la sexualidad; sino que la toma demasiado en serio. Porque la sexualidad es un don que merece ser entregado de un modo que diga la verdad completa de la persona.
Pidámosle a la Virgen y a San José que nos enseñen a amar con pureza, paciencia y valentía. Que nos ayuden a confiar en que Dios nos pide un amor más grande que vale la pena.
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En la vida en pareja siempre habrá momentos buenos y malos. Es decir, momentos en los que cometemos errores y, entonces, nos sentimos dolidos. Esto no es una lucha de uno contra otro en la que gana el que tiene más razón.
Gana vuestra relación cuando, tras cometer un error, se sabe reparar a tiempo. Lo importante no es ganar, es saber reponeros y volver a estar bien.
Lo que NO es pedir perdón
Hay muchas maneras de pedir perdón. Unas son verdaderas y las otras no. No son verdaderas, por ejemplo, cuando se dice «perdón» meramente por cumplir sin que haya un sentimiento profundo, o cuando se busca una excusa que lo justifica: «perdón que te dijera eso, pero es que estaba cansado», o cuando se devuelve la culpa: «… pero tú también» o cuando se minimiza el daño «… aunque tampoco es para tanto…».
Lo que sí es pedir perdón
Sí es verdadero el perdón cuando se dan cuatro características:
- se reconoce el daño realizado («he hecho esto y te ha dolido»),
- se asume la responsabilidad por haberlo cometido («reconozco que me he equivocado»),
- se valida cómo se puede haber sentido el otro, porque nos ponemos en su lugar («entiendo cómo te has podido sentir»)
- y, finalmente, se muestra la intención de reparar («intentaré no volverlo a hacer»).
En realidad, es mucho más profundo que esta enumeración y es, a la vez, mucho más real: si te duele de verdad se reconoce lo que se ha hecho.
Se entiende lo que el otro puede haber sentido. Se reconoce el error y, como consecuencia, se pide perdón y se apoya con la propuesta firme de no volverlo a cometer.
Se resumiría en una frase muy sencilla: «me he equivocado, lo siento de verdad, perdón, no volverá a ocurrir».
No todos pedimos perdón de igual modo
Dicen los expertos que hay muchas maneras diferentes de pedir perdón. Se diría que, igual que hay diferentes leguajes de amor, también hay diferentes lenguajes de perdón.
Además, hay que sabérselos. Cada persona es diferente y cada uno tiene su lenguaje. E igual que con los lenguajes del amor. Aquí es importante adaptarse al lenguaje de perdón del que lo necesita y decirlo en su propio lenguaje, no en el nuestro, para que llegue y surta efecto.
Perdonar no es olvidar sin más
Muchos dicen (y yo lo he dicho muchas veces) que perdonar supone también olvidar. Perdonar no es dejar que pase el tiempo y cubra el error como si nada hubiera pasado. No es olvidar como si no existiera.
El error es el error y la herida es la herida. Tendrá que curar y podrá curarse, pero es necesario que haya rectificación, perdón y…. muchas veces también tiempo. ¡Ah! Y olvidar no significa que no haya que aprender, para saber qué pasó y que no vuelva a ocurrir.
Aceptar el perdón
El perdón es cosa de dos. Es importante aprender a pedir perdón, pero muchas veces se olvida que es igual de importante saber aceptarlo: perdonar. Las dos partes son importantes.
El que acepta el perdón no continúa castigando al otro eternamente, no vuelve a sacar el tema en cada discusión, no deja la herida abierta ni la vuelve a abrir a su antojo cada vez que le interesa. Si no se acepta el perdón la relación se queda en estado de bloqueo, la herida se queda abierta.
El perdón no se impone
El perdón, finalmente, no puede imponerse, tiene sus tiempos y tiene sus ritmos. Hay personas que son capaces de perdonar rápido y otras que necesitan mucho tiempo para sanar y olvidar de verdad. Por eso, no puede imponerse la aceptación de perdón. Puede sugerirse y puede animarse, pero muchas veces se necesita tiempo.
***
Las parejas sanas no son las que no cometen errores, no son las que no discuten nunca. Son las que saben rectificar y reparan antes, en cuanto se dan cuenta del error.
Entonces, viene la petición expresa de perdón y la manifestación expresa también de que se ha perdonado: «Perdón, me he equivocado, entiendo que te haya dolido, te pido perdón y espero que no vuelva a ocurrir» – «No te preocupes, todos nos equivocamos. Es cierto que me ha dolido, pero mi amor por ti está por encima de los errores que los dos podamos cometer.»
Nos apetece viajar juntos. El hecho de querer compartir tiempo, descubrir sitios nuevos o salir de la rutina es algo que atrae bastante. Por otro lado, bastante normal, sobre todo si ya se lleva cierto tiempo conociéndose.
Una cuestión de prudencia
Cuando una pareja de novios tiene claro que quiere vivir la castidad, puede surgir la pregunta de si viajar (especialmente solos) es compatible o aconsejable. Mi recomendación en estos casos es preguntarse, no si el hecho de viajar está bien o no, sino si es prudente.
Porque, sinceramente, la buena voluntad puede existir, pero hay algo mucho más profundo: si la idea es ir madurando en el amor para construir un futuro juntos, quizá haya ciertos límites a los que no se deba llegar antes de tiempo.
El “problema” no creo que esté en el hecho de viajar sino en cómo se vive ese viaje. Cuando se viaja solos aparece un contexto muy concreto: habrá mucho tiempo juntos y la intimidad será constante, se desconectará de la rutina y lo más probable es que todo llame a relajar las “normas” (¡a todos nos puede pasar!), y no por mala intención. Es decir, que, muchas veces (por no decir todas), no será cuestión de voluntad sino de situación.
Dicho esto, una pareja de novios que desee realmente vivir su castidad en serio, viajar solos no será lo más prudente. No porque desconfiemos de nosotros mismos, sino porque somos realistas: encontrarse en una situación límite de forma constante exige una lucha continua en una mezcla de afecto, descanso e intimidad.
Lo importante es el cómo
Por lo tanto: ¿Viajar? Sí. Pero no de cualquier manera.
No es que haya que renunciar a viajar, sino que hay formas más inteligentes de hacerlo. Por ejemplo: viajar en grupo, con amigos, hacer una peregrinación, etc.
Es buscar una vía de viajar en todo no todo suponga intimidad de pareja. Y, por supuesto, cuidar el tema del alojamiento. El contexto cambia totalmente la vivencia.
Custodiar el amor
Entonces, ¿no podemos hacer nada? Intuir que quizá viajar solos no es la mejor idea, podría vivirse como una limitación. Sin embargo, diría que la prudencia no es miedo, ni rigidez, ni desconfianza. La prudencia es inteligencia y amor que se protege y se cuida.
Cuando algo te importa de verdad, no lo pones en riesgo constantemente.
“Si nos queremos y lo tenemos claro…” es una objeción muy típica. Si sabemos lo que queremos, ¿no debería dar igual? Como ya comenté antes, no es solo de intención sino de situación.
No somos solo voluntad y el ambiente puede influir enormemente. Sabemos que el cuerpo también habla y, por eso, elegir bien los contextos en los que moverse forma parte de amar bien.
La cuestión de la espera
Aquí diría algo fundamental: no esperamos porque “no se puede”. Esperamos porque sabemos lo que vale.
La sexualidad no es cualquier cosa. Ésta implica entrega total, une cuerpo, afecto y compromiso. Sin duda tiene sentido esperar al matrimonio, en donde la entrega puede ser plena. Y ahí radica el valor de la espera: no estamos esperando por miedo, sino por sentido.
Si en el noviazgo hemos decidido esperar porque valoramos lo que significa la unión, entonces tiene lógica vivir de forma coherente con eso. Es decir, no se trata solo de “aguantar”. Se trata de cuidar lo que hemos elegido. Cuando algo que te importa de verdad, lo cuidas también en los pequeños detalles.
***
En conclusión: ¿se puede viajar en el noviazgo? Sí, pero si queremos vivir la castidad de verdad no todo vale. Viajar solos, en la mayoría de los casos, no será lo más prudente.
E, insisto, esto no se ha de vivir como una pérdida, sino como una ganancia. Amar bien, a veces, implica renunciar a planes que nos apetecen para cuidar algo mucho más grande.
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