Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

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Respuesta rápida: sí. Cuando nos enfocamos en la sexualidad de pareja en concreto, decir “no” puede ser un acto de amor. ¿Cuándo? Cuando nace del respeto genuino para con uno mismo y hacia el otro. Por tanto, al vínculo.

No se trata de rechazo, sino de discernimiento: reconocer qué momento vive la relación y poner límites que protejan la dignidad de ambos. Hablar de límites en la intimidad sexual suena, para muchos, contradictorio. Asociamos al amor con la entrega completa y sin restricciones, con decir “sí” a todo lo que el otro pida, incluso hasta perder la propia dignidad.

Amar también implica saber renunciar. Renunciar, a veces, significa decir “no” o aceptar escucharlo. Aquí exploramos por qué el límite sexual no es una barrera que se le pone al amor, sino una condición para que este sea verdadero.

Veremos cómo la etapa de la relación cambia lo que es prudente o no, y aprender a decir “no” en cada una de ellas. ¡Veamos!

Al iniciar la relación

En los primeros meses, la prioridad es conocerse en cuanto personas, no solo como cuerpos. Decir “no” a una intimidad física prematura permite que el vínculo se construya sobre bases emocionales sólidas, en lugar de depender de la química inicial. Este es el momento más vulnerable.

Cualquier gesto de entrega física que no tenga respaldo emocional puede causar heridas difíciles de detectar después. Es como dar un cofre de joyas y metales preciosos a quien apenas conoces. No sabes si lo cuidará o se aprovechará de tu confianza.

Al consolidar el vínculo

Cuando la pareja ya ha construido un vínculo de seguridad mutua, los límites se vuelven más flexibles. De todos modos, no desaparecen.

Aquí, decir “no” puede significar posponer ciertas expresiones de intimidad hasta que exista mayor certeza sobre el proyecto de vida compartido. Este suele ser un tiempo delicado, también, pues se ha establecido un compromiso más o menos sólido y el conocimiento puede generar la falsa imagen de que, pase lo que pase, ambos se quedarán.

No hay garantía de ello. Para graficar, podemos decir que estás entregándole a una persona que ya conoces desde hace algún tiempo la clave de tu cuenta bancaria. No puedes estar seguro de que él no la va a usar para sacarte todo lo que tienes y desaparecer, solo porque te parezca un buen tipo.

Al comprometerse formalmente

El compromiso (como un noviazgo formal o un compromiso matrimonial) suele traer consigo una proyección más clara de futuro. Aun así, muchos terapeutas y guías pastorales coinciden en que mantener ciertos límites hasta el matrimonio favorece una entrega más plena, libre de ansiedades o comparaciones prematuras.

Es aquí donde muchas parejas cometen el error de confundir esa promesa formal entre dos individuos (con-prometerse) con la comunidad de vida y amor que significa el matrimonio como sacramento e institución. Incluso hay quien piensa que un anillo en el dedo blinda la relación de dudas y conflictos que puedan desbaratar el vínculo.

Pongamos un ejemplo. Tú firmas una promesa de compra-venta de tu casa, recibes un adelanto y te lo gastas. Antes de firmar la escritura definitiva, el comprador decide que encontró otra propiedad, la que siempre soñó, y rescinde el documento. ¿Cómo le devuelves el dinero gastado?

Al iniciar el matrimonio

Dentro del matrimonio, el “no” cambia de naturaleza. Sigue reflejando el respeto mutuo y el amor. Ya no se trata de proteger la cimentación del vínculo, sino de cuidar su salud y solidez: considerar el cansancio del otro, sus tiempos, su disposición emocional o espiritual.

Decir “no” en el presente contexto puede ser, paradójicamente, un gesto de profundo respeto hacia la intimidad compartida. En este punto, incluso la pedagogía católica ha cometido errores, confundiendo algunas veces el débito conyugal con el derecho de propiedad sobre el cónyuge.

Una vez más, aunque el esposo se debe a su esposa y viceversa, amar implica buscar comprender la integridad del otro, procurar su bien de forma irrestricta. No caer en caprichos. Sí saber poner límites sanos para la construcción de un vínculo a prueba de todo.

Como cuando vivimos en una casa de tejas y sobreviene la tormenta: no podemos exigirle al techado que no deje pasar una gota si antes no revisamos cada teja y unión entre ellas.

Hasta que la muerte los separe

El matrimonio pasa por distintas etapas, más allá de las previas (las más visibles; léase, el conocimiento, el enamoramiento inicial, el noviazgo, el compromiso). Desde el consentimiento frente al altar, cada una de estas etapas conlleva cambios en la realidad de la intimidad entre los esposos.

De la luna de miel inicial (que no solo es el “viaje de bodas”), transcurriendo por el nacimiento de los hijos, los cambios laborales y financieros, las dificultades materiales o espirituales, hasta el “nido vacío” y el envejecimiento, la pareja transita cambios a los cuales debe saberse adaptar. Estos, no pocas veces, suponen distintos tipos de “no”.

La misma realidad de la paternidad responsable implica una apertura a la vida que debe sustentar el amor de los cónyuges. El disfrute de la sexualidad marital no es una tarjeta de crédito con cupo ilimitado para usarla sin medir consecuencias.

* * *

Decir “no” dentro de la sexualidad de pareja no es un fracaso del amor, es una de sus expresiones más exigentes y honestas. Requiere valentía a fin de reconocer los propios límites y humildad para aceptar los del otro.

Cuando ambos miembros de la pareja entienden esto, la intimidad deja de ser un terreno de exigencias y se convierte en un espacio de libertad compartida. Si estás atravesando dudas sobre cómo poner límites saludables en tu relación, considera que esta no es una tarea que debas resolver solo.

Busca espacios de diálogo honesto con tu pareja y acompañamiento terapéutico y espiritual, de ser el caso, para ayudarte a transformar el “no” en una herramienta de crecimiento mutuo, en lugar de una fuente de conflicto y frustración.

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Hay una escena de Ojos bien cerrados (1999) que visibiliza lo invisible. Alice, una mujer casada y fiel, le confiesa a su marido que una vez, en unas vacaciones, vio a un oficial de la marina y sintió que lo habría dejado todo por él: marido, hija, futuro.

Nunca le dirigió la palabra ni pasó nada. Bill, su esposo, que hasta entonces se creía a salvo, queda destrozado y el resto de la película es su deambular nocturno, atormentado por lo que no ocurrió. No hace falta recomendar la película (es para adultos y con mucho material discutible) para reconocer que los guionistas intuyeron que la fidelidad se juega, antes que en los actos, en el corazón.

Eso mismo dijo Cristo hace veinte siglos, y Juan Pablo II le dedicó buena parte de sus catequesis sobre el amor humano.

«Yo os digo»

En el Sermón de la Montaña, Jesús parte de un mandamiento que todos conocían: «no cometerás adulterio» (Ex 20,14), y añade: «yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). Un detalle que Juan Pablo II subraya es que Cristo dice «una mujer», sin precisar que sea «la mujer del otro». El adulterio del corazón no depende de que la mujer sea ajena, sino del modo de mirar.

Conviene distinguir aquí lo que dice el texto de lo que el Papa interpreta. El texto dice que hay un adulterio interior, nacido de la mirada que desea. La lectura de Juan Pablo II, en el segundo ciclo de la Teología del Cuerpo (las catequesis sobre el Sermón de la Montaña, 1980), es que esa lógica alcanza, también, a los casados entre sí. Puede darse adulterio «en el corazón» incluso dentro del matrimonio, si el hombre trata a su propia esposa solamente como objeto de satisfacción del instinto.

Qué se rompe cuando se adultera el corazón

Lo importante es lo que ocurre por dentro. Según Juan Pablo II, el «mirar para desear» (17 de septiembre de 1980) reduce toda la riqueza personal del otro a un solo valor: el sexo, como objeto para la propia satisfacción.

La persona deja de ser alguien a quien amar y pasa a ser algo que usar. Es la negación de lo que él llamaba la norma personalista: la persona es el único ser que debe ser amado por sí mismo y nunca puede ser mero medio.

Dos precisiones del propio Papa evitan malentendidos.

  • La primera: no se condena el deseo conyugal como tal. Juan Pablo II afirma expresamente que el esposo no comete adulterio en el corazón por desear a su esposa, porque la unión conyugal es un don del matrimonio. La cuestión no es que haya deseo, sino qué hace la persona con el deseo: si lo usa para vivir la entrega sincera de sí mismo al otro o se deja consumir por él.
  • La segunda: no hay aquí un desprecio del cuerpo. Cristo no sugiere que sea un mal la intimidad conyugal. El mal está en el acto interior, que empobrece su valor y su dignidad. Despreciar la sexualidad sería caer en una herejía muy antigua llamada maniqueísmo, que nos lleva a creer que el cuerpo es algo malo en sí mismo. Dios creó el cuerpo sexuado, por lo tanto, es una parte esencial de nuestra identidad. El cuerpo no es culpable, lo que se estropea es la mirada.

El cumplimiento de la Ley

Aquí aparece la clave del Sermón: «no piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17) y poco después: «si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 5,20). Se puede ser irreprochable en lo exterior (ningún acto, ninguna infracción visible) y estar vacío por dentro.

Jesús no relaja el mandamiento sino que lo lleva a su raíz. Ya lo había dicho en otro lugar: «del corazón salen los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones…» (Mt 15,19).

El Catecismo recoge exactamente esta perspectiva. Efectivamente, define el adulterio como infidelidad conyugal y, además, añade que Cristo condena incluso el deseo del adulterio, apoyándose en Mt 5,27-28 (cf. CEC 2336). La fidelidad, por otro lado, es constancia en mantener la palabra dada. Es decir, no es simplemente el cumplimiento externo de las normas, sino que es la coherencia de vida desde lo más íntimo.

«Desde el principio no fue así»

¿Por qué es posible esta fidelidad del corazón? Porque Cristo apela al «principio» (Mt 19,8). Al comienzo, el hombre y la mujer «estaban desnudos y no se avergonzaban» (Gn 2,25): se miraban sin reducirse a objetos.

La concupiscencia entró como una sombra sobre esa mirada limpia, y no la ha borrado del todo. Por eso, Juan Pablo II no ve en las palabras de Jesús una condena sin salida, sino un camino de redención.

Lo que Dios promete en Ezequiel («les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne», Ez 36,26) se vuelve posible en Cristo, y la pureza de corazón es su fruto. No una represión, sino la capacidad de ver al otro como persona y amarlo.

***

Para terminar, dejamos algunos ejemplos concretos del adulterio «doméstico». La infidelidad del corazón suele ser mucho más sutil que una infidelidad externa, y suele estar en la raíz de esta última. Por eso, conviene estar atentos a detectar ciertas señales tempranas en uno mismo. A veces, puede darse en la fantasía alimentada a escondidas (como la de la película), en la pornografía, en la comparación constante con otras personas, en la intimidad emocional que se deposita fuera del matrimonio,¡ o, más sutil y también muy frecuente, en la relación conyugal convertida en simple uso.

Todo eso tiene en común que el otro deja de ser tratado como alguien y pasa a ser tratado como algo. Es un adulterio que puede convivir con la apariencia perfecta de un matrimonio intacto. Entonces, la fidelidad es mucho más que un chequeo de buen comportamiento. Es una decisión renovada cada día de mirar a todo ser humano y de forma particular al propio cónyuge como un don, no como una posesión. Lo contrario del adulterio del corazón no es la ausencia de deseo, sino un amor que se entrega en libertad.

Vivimos comparándonos. Con el cuerpo de otra, con la vida de otra, con los tiempos de otra. Cuando aparece la búsqueda de un embarazo, esa comparación puede volverse todavía más dolorosa.

Porque alcanza con que una amiga quede embarazada al poco tiempo de empezar a buscar para que aparezca esa pregunta incómoda: “¿y por qué a mí no?”.

Empezamos a mirar su historia como si fuera una medida para evaluar la nuestra. Si ella ovula todos los meses, pensamos que nosotras también deberíamos. Si quedó embarazada rápido, sentimos que nuestro cuerpo está fallando. Si tiene el mismo diagnóstico que nosotras y logró quedar embarazada, nos preguntamos qué estamos haciendo mal.

Hay algo importante que recordar: el cuerpo de otra mujer no es la vara con la que tenemos que medir el nuestro.

Cada cuerpo tiene su propia historia

Incluso dos mujeres con el mismo diagnóstico pueden tener experiencias completamente diferentes. Una puede quedar embarazada rápidamente y otra puede necesitar más tiempo o algún tratamiento.

Tener el mismo diagnóstico no significa que el problema sea exactamente el mismo. Tampoco significa que lo que funcionó para una vaya a funcionar para la otra.

En internet es muy fácil encontrar historias de mujeres que cuentan que cambiaron su alimentación, tomaron determinado suplemento, empezaron a hacer ejercicio o simplemente dejaron de preocuparse… y poco después quedaron embarazadas.

Esas historias pueden dar esperanza, y también pueden hacernos daño cuando las usamos para juzgarnos. Porque no conocemos toda la historia de esa persona.

No sabemos cuánto tiempo llevaba buscando, qué estudios se había hecho, cómo eran sus ciclos, si tenía otros factores involucrados o qué tratamientos había realizado anteriormente. Vemos el resultado final, pero no necesariamente todo lo que hubo detrás.

Entonces aparece esa sensación de que nuestro cuerpo debería comportarse de la misma manera. Pero no. Tu cuerpo no está obligado a seguir el mismo camino que el cuerpo de otra mujer. Esto también vale para los anuncios de embarazo.

Podés estar feliz por una amiga y, al mismo tiempo, sentir un nudo en la panza cuando te cuenta que está embarazada. Podés quererla, alegrarte sinceramente por ella y, a la vez, sentir tristeza por vos.

Una cosa no invalida la otra

Sentir dolor frente al embarazo de otra persona no significa que seas egoísta. Muchas veces significa simplemente que esa noticia toca un lugar que para vos es sensible.

Y está bien. Quizás una de las cosas más difíciles de aprender durante un proceso de fertilidad es dejar de preguntarnos constantemente por qué nuestro cuerpo no funciona como el de las demás.

¿Por qué ella sí? ¿Por qué ella quedó embarazada tan rápido? ¿Por qué a ella le funcionó ese tratamiento? ¿Por qué su ciclo es regular y el mío no?

Quizás la pregunta pueda ser otra

En vez de mirar permanentemente el cuerpo de otra mujer, podemos empezar a escuchar el nuestro. ¿Qué está pasando con mis ciclos? ¿Qué patrones aparecen? ¿Qué cambió? ¿Qué síntomas tengo? ¿Qué información puedo obtener? ¿Qué debería consultar con mi médico?

No se trata de ignorar lo que les pasa a otras mujeres. Aprender de otras experiencias puede ser muy valioso. Hay una diferencia enorme entre informarnos y compararnos. La historia de otra mujer puede darnos una pista, pero no necesariamente una respuesta.

Tu cuerpo tiene sus propios tiempos, sus propios desafíos y también su propia historia. Quizás el objetivo no sea conseguir que tu cuerpo se parezca al de ella, sino aprender a mirar el tuyo y la historia que estás viviendo.

Porque, al final, el pasto siempre parece más verde del otro lado. Siempre va a haber alguien que quedó embarazada antes, que tiene ciclos más regulares, que encontró “la solución” que a vos todavía no te funcionó. Esa es apenas la parte de su historia que vemos desde afuera.

***

Quizás podamos empezar a mirar un poco más nuestra propia burbuja: nuestro cuerpo, nuestros tiempos, lo que nos pasa y lo que estamos atravesando, sin estar tan pendientes de cómo les va a los demás. Porque mientras miramos constantemente para el costado, podemos olvidarnos de escuchar lo que está pasando acá, con nosotras.

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