Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz

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En este artículo indagaré en la belleza de la castidad en cuanto a la pureza del corazón. San Juan Bosco la llamaba la bella virtù, “la hermosísima virtud angélica”, Regina Virtutum, “la reina de todas las virtudes”. ¿Qué hace “bella” a la castidad? ¿Qué tiene que ver la pureza con nuestro corazón?

¡Veamos! Comencemos a inmiscuirnos en el tema basándonos en el libro de Ravasi sobre los textos de San Juan Bosco. Así, partiendo de Don Bosco, llegaremos a la Teología del Cuerpo y, con este recorrido, espero poder dejar una semillita, en el corazón de los lectores de este artículo, semillita del amor a esta virtud.

La importancia de conservar la virtud de la pureza para salvar el alma

Se repite la advertencia de la salvación del alma en varios de los sueños de Don Bosco, sueños regalos del Señor, algunos, fruto de la preocupación por sus queridos hijos, “¡Oh, si pudiese soñar algo que les sirviese de provecho!”.

Así, sobre las malas confesiones, “los pecados contra la bella virtù los confesaron mal o los callaron por completo” le aconseja el amigo guía del sueño, luego de mostrarle una imagen del infierno. En otro de sus sueños, la Señora que lo guiaba le avisa “los que tuvieron la desgracia de perder la bella virtù remedian sus caídas con la confesión”.

La obediencia es otro de los consejos que surge: “¿y qué consejo podré darles para que no les sucedan tan graves desgracias? Insistirás demostrando cómo la obediencia aún en las cosas más pequeñas los salvará”.

Nosotros podemos preguntarnos, junto con Don Bosco, cómo salvar el alma. En sus sueños la metodología para ello es, además de la confesión, conservar la oración, la obediencia, el retiro, la fuga del ocio y apartarse de las malas compañías, o sea, de su influencia. Pues, cuidando la castidad, se conservan todas las demás virtudes. Por ello es la Regina Virtutum.

Imágenes de los jóvenes con y sin la bella virtù

Me llamó mucho la atención cómo Don Bosco describe la forma como aparecen en sus sueños las personas que conservan la pureza: “casi todos llevaban en la cabeza una corona de flores de belleza indescriptible… de colores tan vivos y variados que encantaban al que las miraba. Hasta los pies de aquellos jóvenes descendía una vestidura de fascinante blancura, entretejida de guirnaldas de flores. La luz encantadora que partía de las flores iluminaba toda la persona haciendo reflejar en ella la propia belleza. Las flores se espejaban unas en otras”.

Es, por lo mismo, llamativo cómo aconseja el modo en que se comporta un joven que ya no la posee: “os ocurrirá, a veces, que veréis a uno que goza de buena salud, pero anda pensativo. No habla con nadie y, si se le pregunta algo, responde con palabras enredadas, cuyo sentido nadie comprende. Los instruidos y con carismas para conocer el corazón humano se dan cuenta de que por aquella mente vagan pensamientos no castos”.

La pureza y la inocencia

Repetidas veces, también, Don Bosco asociaba la pureza a la inocencia y recordaba la frase de Jesús “dejen que los niños vengan a mí” (Mc 10, 14). Pues explicaba que en ellos está la bella virtù. Fundamentaba que, por ello, San Juan, el Evangelista, es el preferido de Jesús, por ejemplo, y lo demostró llevándolo al Monte Tabor. Es decir, por conservar la inocencia.

En el sueño en el que las doncellas explican qué es la inocencia, dicen “el estado afortunado de la gracia santificante, conservado merced a la constante y exacta observancia de la ley divina”. Además, “la fuente y origen de toda ciencia y virtud”. Destaca una tercera doncella, asimismo: “¡qué brillo, qué gloria, qué explendor de virtud, entre los malignos y malvados, conservar el candor de la inocencia y la pureza de las costumbres!”.

Describen las doncellas al inocente como al que “el deseo, la alegría, el aplauso del Paraiso… el Paraíso es su herencia. Está continuamente con Dios”.

¿Cómo conservamos la inocencia, entonces, Don Bosco? En este sueño de las doncellas le aconsejaron que “sin la penitencia no se puede conservar la inocencia”. Luego, la mortificación, la mortificación, por ejemplo, de la inteligencia mediante la humildad, la mortificación del decir siempre la verdad, la mortificación del corazón frenando sus movimientos desordenados”.

La bella virtù y las buenas compañías

“para que el amor fraterno sea realmente verdadero debe ser tal que el bien de uno sea para el bien de todos y el mal de uno lo sientan todos” San Juan Bosco.

La pureza va de la mano con la amistad verdadera. Además, camina acompañada del cuidado de la acepción de personas.

En una de sus conferencias, Don Bosco incentiva a juntarse con los buenos y da tips para reconocerlos: “los que van con gusto a visitar al Santísimo, los que animan al bien”. A la amistad verdadera la llama “fraterna”.

En segundo lugar, menciona cuidarse de la acepción de personas: “nuestra amistad trate por igual a todo compañero con la misma caridad”. En sus conferencias es tajante con respecto a este tema: “no acarrea ningún bien a la castidad la amistad particular que inclina nuestro corazón hacia uno más que hacia otro”.

En una prédica durante unos ejercicios espirituales destacó “me gusta mucho lo que veo que ya se acostumbra a hacer… que al salir del comedor, de la iglesia, juntarse con el primer muchacho que aparece, sin saber quién es, y pasear juntos”.

¿Cómo reconocemos a los malos, entonces? Los tips que deja en sus conferencias son los siguientes: “los murmuradores, los criticadores, los que buscan eximirse de las prácticas de piedad, los que quieren ser exclusivos en sus amistades”.

La pureza vs. las malas conversaciones

Las malas conversaciones son, para Don Bosco, la puerta por donde entra el demonio “porque con la lengua se tienen las malas conversaciones”. Aconseja a sus hijos espirituales, entonces, pedirle a la Birgen María “estar siempre alejados de la compañía de los que tienen conversaciones libres u obscenas, es decir que tratan de cosas que no dirían en presencia de sus padres o superiores”.

En el “sermón sobre los mandamientos <<no fornicar>>” llama a la reflexión, luego de cirtar Mateo 5, 28 y las reflexiones de San Pablo sobre la pureza, de la siguiente manera: “Los libertinos se defienden. ¿Acaso es un mal tan grande condimentar el recreo con una palabra picante, un poco libre? ¿Es un mal tan grande caer en naturales fragilidades, en conclusión, es un mal cometer alguna sensualidad? ¡Dios mío! ¿Que esto no es un gran mal? ¿Acaso el pecado es una acción indiferente? ¿Son quimeras las leyes divinas y humanas?”.

Al final de la primera parte de este sermón concluye que estas conversaciones licenciosas y este hablar “descocado” conduce a la desventura y a la infelicidad, envileciendo e igualando al hombre con los animales.  

¿Cuántas veces nosotros no escuchamos decir a nuestros amigos bromas o citar algunos programas de televisión argentinos de los años 90 o principios del 2000 que hoy, por su contenido obsceno, tienen prohibida la reproducción? ¿Nos reímos? ¿Realizamos una corrección fraterna? ¿Somos conscientes de este “gran mal” que afecta a nuestro corazón?

Me llamó la atención que la cuestión de las malas conversaciones aparece vinculada en uno de sus discursos a un pasaje central de la Teología del Cuerpo y, con esto, voy saliendo de San Juan Bosco para, en adelante, adentrarme, en el próximo apartado, en San Juan Pablo II, Mateo 5, 28.

La pureza en la Teología del Cuerpo

93 años después de la muerte de San Juan Bosco, que ocurre en enero de 1888, el papa San Juan Pablo II, en sus catequesis de los miércoles de enero de 1981 desarrolla el tema de la pureza en las cartas paulinas. Tomo, por ello, esta fecha como significativa, y porque San Juan Bosco cita estas cartas en su sermón, y parto de ahí para indagar aquí sobre la pureza en la Teología del Cuerpo.

Juan Pablo II introduce el tema explicando que: “dado que por pureza se debe entender el justo modo de tratar la esfera sexual, según el estado personal (y no necesariamente una abstención absoluta de la vida sexual), entonces indudablemente esta pureza está comprendida en el concepto paulino de «dominio» o enkráteia” (miércoles 14 de enero de 1981). Es decir, la pureza, entonces, en las cartas paulinas está ligada al dominio de sí mismo o la templanza.

Además, el papa explica que en las cartas a los tesalonicenses se contrapone las «obras de la carne», como «fornicación, impureza, libertinaje», al «fruto del Espíritu». La pureza, así, nos conduce a la santificación y es la voluntad de Dios nuestra santificación.

En la Teología del Cuerpo, el papa explica que esta virtud es una capacidad y una actitud. Consiste en el dominio y la superación de las pasiones libidinosas.

Estas reflexiones sobre la pureza en las cartas de San Pablo constituyen el tramo final de las iniciadas en 1980 sobre el sermón de la montaña (Mateo 5, 27-28). Así, vemos, también, una sintonía entre las preguntas que realiza el papa en la catequesis del miércoles 15 de octubre de 1980 y las que se realiza -escandalizado- San Juan Bosco en su sermón sobre los mandamientos.

San Juan Pablo II se pregunta: “¿cómo «puede» y «debe» actuar el hombre que acoge las palabras de Cristo en el sermón de la montaña? … ¿cómo «debería» actuar, es decir, de qué modo los valores conocidos según la «escala» revelada en el sermón de la montaña constituyen un deber de su voluntad y de su «corazón», de sus deseos y de sus opciones? ¿De qué modo le «obligan» en la acción, en el comportamiento, si, acogidas mediante el conocimiento, le «comprometen» ya en el pensar y de alguna manera, en el «sentir»?”. Juan Pablo II descarta una explicación maniqueísta del asunto, e invita, en las siguientes catequesis, a profundizar en la pureza del corazón.

Así, el papa admite que las palabras de Cristo en el sermón de la montaña son rigurosas. Exigen, pues, tener plena y profunda conciencia de los propios actos y de los impulsos internos del corazón. Por tanto, la madurez afectiva, en este sentido, es clave para quienes queremos vivir -y no solo conocer de oída- la belleza de la bella virtù.

***

¿Qué hace “bella” a la castidad? ¿Qué tiene que ver la pureza con nuestro corazón? Pues, como Reina de las Virtudes, interiorizarla nos ayuda a interiorizar, custodiar, a las demás. ¿Cuál es nuestra meta sino llegar al cielo? ¿Cuál es nuestra meta sino vivir la vocación al amor?

La bella virtù nos ayuda a darnos cuenta cuán maduros afectivamente nos encontramos para poder donarnos. Es en el don sincero de nosotros mismos en donde encontramos la plenitud. Es en la vocación a la que fuimos cada uno llamados -el matrimonio o la vida consagrada, cada uno sabrá- en donde vivimos ese don de sí, para poder vivir el sueño que Dios soñó para nosotros.

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Imagina esa escena que tantas veces podemos encontrar en redes sociales: una pareja que se hace regalos sorpresa, un marido que escribe cartas a su mujer, un matrimonio que celebra su aniversario entre velas y flores. ¿Por qué nos enganchan tanto estas relaciones de personas que, probablemente, no conocemos de verdad?

Nos gusta ver esas escenas porque transmiten mucho romanticismo, una especie de perfección que lógicamente admiramos, pero que, en el fondo, son una versión editada de otra persona. No digo que no se den en la realidad, sino que simplemente ponen nuestro foco en una pequeña parte de la realidad de esas personas.

Veamos el lado positivo de los influencers

Sin ánimo de criticar, ya que este artículo no va de eso, hemos de ser justos: ver testimonios de matrimonios que viven nuestra misma fe, la forma de ver la sexualidad, el sentido de un compromiso para siempre, etc., pueden ser un regalo para los demás porque son temas que muchas veces no se hablan abiertamente. Nos pueden dar ideas, nos recuerdan que no estamos solos luchando por lo mismo.

En mi caso personal, yo hago mucha difusión en redes sobre lo que es vivir la sexualidad conyugal desde la visión cristiana, la familia, la educación de los hijos y veo que sí tiene un impacto positivo real cuando recibo mensajes de agradecimiento. Por lo tanto, no es cuestión de demonizar las redes sociales, sino de aprender a mirarlas bien.

Ver a los otros me suma experiencia

Un ejemplo para entender esta idea: yo puedo tener la casa hecha un desastre y sentir que me falta tiempo para hacer todo lo que quisiera. Si en ese momento veo la imagen de una mujer que tiene la casa perfecta, los niños pulcramente vestidos, que hace planes maravillosos… lo que no he de hacer nunca es venirme abajo comparándome, sino sacar consejos prácticos que me ayuden a vivir mi realidad. O dejar de seguir a ese perfil si veo que me hace daño o no me ayuda.

Lo mismo cuando veo imágenes de matrimonios “perfectos”. En las redes solo se muestra un resultado, no un proceso. No vemos la discusión que hubo detrás de esa foto bonita, ni el cansancio, ni el silencio incómodo de después (quizá no lo hubo, no sabemos). Lo que quiero decir con esto es que cuando comparamos nuestra realidad con el escaparate de otro, lo más probable es que salgamos perdiendo.

El amor maduro supone lo que no se muestra en redes

No es equiparable una vida conyugal real con su propia intimidad que se va forjando día a día con sus fallos e imperfecciones, con el ejemplo de una imagen puntual de un marido detallista que pone flores a su mujer en el desayuno cada día. El camino conyugal no es la suma de proyecciones instagrameras ajenas que pueden hacernos pensar que algo falla en nosotros.

El matrimonio es una vocación que se vive día a día: dos personas heridas y en crecimiento que se comprometen a construir juntas. Las crisis pequeñas, los roces, los desencuentros no son señal de que algo va mal, son lo normal, la base sobre la que se teje el amor maduro.

Tips para sume, no que reste

Una herramienta que nos puede ayudar a todos: cuando veamos publicaciones que nos lleven a la comparación, hacerse dos preguntas:

  1. ¿Qué puedo aprender o agradecer de esto?
  2. ¿Estoy midiendo mi matrimonio real con una imagen que ni siquiera es real?

Puede ayudar mucho limitar consumo de cierto tipo de contenido, hablarlo entre nosotros, o convertirlo en oportunidad de inspiración y de mejora personal, pero nunca en una comparación silenciosa.

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El amor conyugal no se parece a un carrete idílico interminable, se parece más bien a la fidelidad en lo ordinario, en donde nos vemos continuamente rozando y reconciliando, reviviendo la promesa que nos hicimos.

Aprovechemos únicamente de otros aquellas cosas que nos ayudan a vivir nuestras propias historias de carne y hueso, sin filtros.

El matrimonio es un camino hacia la felicidad. Es el fruto de un camino que comienza con la decisión libre de dos personas y da origen a una nueva condición de vida. Es, por tanto, una vocación: un llamado que da, y a la vez se elige.

Si lo pensamos bien, es la única persona que nos acompañará toda la vida y a quien elegimos libremente. Por eso el noviazgo es tan importante: es el tiempo para conocer de verdad a quien un día le prometeremos amar para siempre.

En su esencia, el matrimonio está llamado a ser una relación personal, estable, fiel y profundamente afectiva. El matrimonio nace en un día, pero se construye durante toda la vida. Es un camino que se recorre de a dos. En el matrimonio, quien deja de crecer, comienza a retroceder.

Los pilares que no pueden faltar

Para que el matrimonio madure son indispensables la fidelidad, la confianza y la docilidad.

La fidelidad implica mucho más que permanecer al lado del otro: significa elegirlo cada día, creer en él y sostener la promesa hecha. Esa fidelidad da lugar a la confianza, y la confianza permite abrir la propia intimidad sin miedo. Cuando ambos viven esta apertura, surge la reciprocidad y la verdadera comunión.

Estas virtudes se fortalecen mutuamente y sostienen el vínculo matrimonial, aun cuando aparezcan las limitaciones, los errores y los sufrimientos propios de toda vida humana.

El matrimonio es más fuerte que nuestras propias fuerzas cuando se apoya verdaderamente en Aquel que lo ha unido.

Habrá momentos difíciles, algunos muy dolorosos. En esas circunstancias será necesario aprender a mirar la realidad desde el lugar del otro para comprender antes de juzgar y, comprendiendo, poder perdonar. Siempre con la ayuda del Señor.

Dar una nueva oportunidad al cónyuge —o a uno mismo— no es solo un acto de paciencia: es un verdadero acto de amor.

El fin del matrimonio y los medios para alcanzarlo

Como toda vocación, el matrimonio tiene un fin. Para alcanzarlo existen medios que objetivamente conducen hacia él, aunque muchas veces creamos que cualquier camino puede llevarnos al mismo destino. Ese fin es la felicidad.

Por eso conviene preguntarnos, incluso desde el noviazgo: ¿qué esperamos del matrimonio?, ¿qué medios estamos eligiendo para llegar a esa meta?

La verdadera felicidad consiste en realizar plenamente aquello para lo que fuimos creados. En el matrimonio, eso implica crecer personalmente, ayudar al otro a realizarse y caminar juntos hacia Dios, disfrutando ya desde esta vida la alegría de ese amor.

Como dice el conocido principio, el fin no justifica los medios. Por eso el noviazgo es el momento oportuno para descubrir con sinceridad cuáles son nuestras verdaderas motivaciones e intereses.

Amar es buscar objetivamente el bien del otro, incluso por encima del propio, dejándose orientar por Dios y aceptando también la ayuda y el consejo de quienes pueden acompañarnos.

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Estamos, entonces, llamados en el matrimonio a crecer juntos. Ser como tú necesitas que yo sea, sin dejar de ser aquello para lo que Dios me llamó. Allí está una de las claves para que un matrimonio crezca y permanezca.

Cada uno necesita aprender a dejarse ayudar, aceptar correcciones, buscar mejorar personalmente y favorecer el crecimiento del otro, procurando siempre la verdad por encima de los sentimientos pasajeros o de las reacciones propias del temperamento. Solo así podremos caminar juntos hacia el cielo.

Como María, aprendamos a guardar en el corazón aquello que todavía no comprendemos, confiando en los tiempos de Dios: «porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» (Mt 12,50)

Madre, enséñanos una confianza y una fidelidad que no dependan de los sentimientos cambiantes. Ayúdanos a no victimizarnos, a mirar siempre a Cristo y a aprender a amar como Él ama.

Basado en La realización de los cónyuges, de Ana María Navarro.

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