Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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Hay una escena de Ojos bien cerrados (1999) que visibiliza lo invisible. Alice, una mujer casada y fiel, le confiesa a su marido que una vez, en unas vacaciones, vio a un oficial de la marina y sintió que lo habría dejado todo por él: marido, hija, futuro.
Nunca le dirigió la palabra ni pasó nada. Bill, su esposo, que hasta entonces se creía a salvo, queda destrozado y el resto de la película es su deambular nocturno, atormentado por lo que no ocurrió. No hace falta recomendar la película (es para adultos y con mucho material discutible) para reconocer que los guionistas intuyeron que la fidelidad se juega, antes que en los actos, en el corazón.
Eso mismo dijo Cristo hace veinte siglos, y Juan Pablo II le dedicó buena parte de sus catequesis sobre el amor humano.
«Yo os digo»
En el Sermón de la Montaña, Jesús parte de un mandamiento que todos conocían: «no cometerás adulterio» (Ex 20,14), y añade: «yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). Un detalle que Juan Pablo II subraya es que Cristo dice «una mujer», sin precisar que sea «la mujer del otro». El adulterio del corazón no depende de que la mujer sea ajena, sino del modo de mirar.
Conviene distinguir aquí lo que dice el texto de lo que el Papa interpreta. El texto dice que hay un adulterio interior, nacido de la mirada que desea. La lectura de Juan Pablo II, en el segundo ciclo de la Teología del Cuerpo (las catequesis sobre el Sermón de la Montaña, 1980), es que esa lógica alcanza, también, a los casados entre sí. Puede darse adulterio «en el corazón» incluso dentro del matrimonio, si el hombre trata a su propia esposa solamente como objeto de satisfacción del instinto.
Qué se rompe cuando se adultera el corazón
Lo importante es lo que ocurre por dentro. Según Juan Pablo II, el «mirar para desear» (17 de septiembre de 1980) reduce toda la riqueza personal del otro a un solo valor: el sexo, como objeto para la propia satisfacción.
La persona deja de ser alguien a quien amar y pasa a ser algo que usar. Es la negación de lo que él llamaba la norma personalista: la persona es el único ser que debe ser amado por sí mismo y nunca puede ser mero medio.
Dos precisiones del propio Papa evitan malentendidos.
- La primera: no se condena el deseo conyugal como tal. Juan Pablo II afirma expresamente que el esposo no comete adulterio en el corazón por desear a su esposa, porque la unión conyugal es un don del matrimonio. La cuestión no es que haya deseo, sino qué hace la persona con el deseo: si lo usa para vivir la entrega sincera de sí mismo al otro o se deja consumir por él.
- La segunda: no hay aquí un desprecio del cuerpo. Cristo no sugiere que sea un mal la intimidad conyugal. El mal está en el acto interior, que empobrece su valor y su dignidad. Despreciar la sexualidad sería caer en una herejía muy antigua llamada maniqueísmo, que nos lleva a creer que el cuerpo es algo malo en sí mismo. Dios creó el cuerpo sexuado, por lo tanto, es una parte esencial de nuestra identidad. El cuerpo no es culpable, lo que se estropea es la mirada.
El cumplimiento de la Ley
Aquí aparece la clave del Sermón: «no piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17) y poco después: «si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 5,20). Se puede ser irreprochable en lo exterior (ningún acto, ninguna infracción visible) y estar vacío por dentro.
Jesús no relaja el mandamiento sino que lo lleva a su raíz. Ya lo había dicho en otro lugar: «del corazón salen los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones…» (Mt 15,19).
El Catecismo recoge exactamente esta perspectiva. Efectivamente, define el adulterio como infidelidad conyugal y, además, añade que Cristo condena incluso el deseo del adulterio, apoyándose en Mt 5,27-28 (cf. CEC 2336). La fidelidad, por otro lado, es constancia en mantener la palabra dada. Es decir, no es simplemente el cumplimiento externo de las normas, sino que es la coherencia de vida desde lo más íntimo.
«Desde el principio no fue así»
¿Por qué es posible esta fidelidad del corazón? Porque Cristo apela al «principio» (Mt 19,8). Al comienzo, el hombre y la mujer «estaban desnudos y no se avergonzaban» (Gn 2,25): se miraban sin reducirse a objetos.
La concupiscencia entró como una sombra sobre esa mirada limpia, y no la ha borrado del todo. Por eso, Juan Pablo II no ve en las palabras de Jesús una condena sin salida, sino un camino de redención.
Lo que Dios promete en Ezequiel («les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne», Ez 36,26) se vuelve posible en Cristo, y la pureza de corazón es su fruto. No una represión, sino la capacidad de ver al otro como persona y amarlo.
***
Para terminar, dejamos algunos ejemplos concretos del adulterio «doméstico». La infidelidad del corazón suele ser mucho más sutil que una infidelidad externa, y suele estar en la raíz de esta última. Por eso, conviene estar atentos a detectar ciertas señales tempranas en uno mismo. A veces, puede darse en la fantasía alimentada a escondidas (como la de la película), en la pornografía, en la comparación constante con otras personas, en la intimidad emocional que se deposita fuera del matrimonio,¡ o, más sutil y también muy frecuente, en la relación conyugal convertida en simple uso.
Todo eso tiene en común que el otro deja de ser tratado como alguien y pasa a ser tratado como algo. Es un adulterio que puede convivir con la apariencia perfecta de un matrimonio intacto. Entonces, la fidelidad es mucho más que un chequeo de buen comportamiento. Es una decisión renovada cada día de mirar a todo ser humano y de forma particular al propio cónyuge como un don, no como una posesión. Lo contrario del adulterio del corazón no es la ausencia de deseo, sino un amor que se entrega en libertad.
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Vivimos comparándonos. Con el cuerpo de otra, con la vida de otra, con los tiempos de otra. Cuando aparece la búsqueda de un embarazo, esa comparación puede volverse todavía más dolorosa.
Porque alcanza con que una amiga quede embarazada al poco tiempo de empezar a buscar para que aparezca esa pregunta incómoda: “¿y por qué a mí no?”.
Empezamos a mirar su historia como si fuera una medida para evaluar la nuestra. Si ella ovula todos los meses, pensamos que nosotras también deberíamos. Si quedó embarazada rápido, sentimos que nuestro cuerpo está fallando. Si tiene el mismo diagnóstico que nosotras y logró quedar embarazada, nos preguntamos qué estamos haciendo mal.
Hay algo importante que recordar: el cuerpo de otra mujer no es la vara con la que tenemos que medir el nuestro.
Cada cuerpo tiene su propia historia
Incluso dos mujeres con el mismo diagnóstico pueden tener experiencias completamente diferentes. Una puede quedar embarazada rápidamente y otra puede necesitar más tiempo o algún tratamiento.
Tener el mismo diagnóstico no significa que el problema sea exactamente el mismo. Tampoco significa que lo que funcionó para una vaya a funcionar para la otra.
En internet es muy fácil encontrar historias de mujeres que cuentan que cambiaron su alimentación, tomaron determinado suplemento, empezaron a hacer ejercicio o simplemente dejaron de preocuparse… y poco después quedaron embarazadas.
Esas historias pueden dar esperanza, y también pueden hacernos daño cuando las usamos para juzgarnos. Porque no conocemos toda la historia de esa persona.
No sabemos cuánto tiempo llevaba buscando, qué estudios se había hecho, cómo eran sus ciclos, si tenía otros factores involucrados o qué tratamientos había realizado anteriormente. Vemos el resultado final, pero no necesariamente todo lo que hubo detrás.
Entonces aparece esa sensación de que nuestro cuerpo debería comportarse de la misma manera. Pero no. Tu cuerpo no está obligado a seguir el mismo camino que el cuerpo de otra mujer. Esto también vale para los anuncios de embarazo.
Podés estar feliz por una amiga y, al mismo tiempo, sentir un nudo en la panza cuando te cuenta que está embarazada. Podés quererla, alegrarte sinceramente por ella y, a la vez, sentir tristeza por vos.
Una cosa no invalida la otra
Sentir dolor frente al embarazo de otra persona no significa que seas egoísta. Muchas veces significa simplemente que esa noticia toca un lugar que para vos es sensible.
Y está bien. Quizás una de las cosas más difíciles de aprender durante un proceso de fertilidad es dejar de preguntarnos constantemente por qué nuestro cuerpo no funciona como el de las demás.
¿Por qué ella sí? ¿Por qué ella quedó embarazada tan rápido? ¿Por qué a ella le funcionó ese tratamiento? ¿Por qué su ciclo es regular y el mío no?
Quizás la pregunta pueda ser otra
En vez de mirar permanentemente el cuerpo de otra mujer, podemos empezar a escuchar el nuestro. ¿Qué está pasando con mis ciclos? ¿Qué patrones aparecen? ¿Qué cambió? ¿Qué síntomas tengo? ¿Qué información puedo obtener? ¿Qué debería consultar con mi médico?
No se trata de ignorar lo que les pasa a otras mujeres. Aprender de otras experiencias puede ser muy valioso. Hay una diferencia enorme entre informarnos y compararnos. La historia de otra mujer puede darnos una pista, pero no necesariamente una respuesta.
Tu cuerpo tiene sus propios tiempos, sus propios desafíos y también su propia historia. Quizás el objetivo no sea conseguir que tu cuerpo se parezca al de ella, sino aprender a mirar el tuyo y la historia que estás viviendo.
Porque, al final, el pasto siempre parece más verde del otro lado. Siempre va a haber alguien que quedó embarazada antes, que tiene ciclos más regulares, que encontró “la solución” que a vos todavía no te funcionó. Esa es apenas la parte de su historia que vemos desde afuera.
***
Quizás podamos empezar a mirar un poco más nuestra propia burbuja: nuestro cuerpo, nuestros tiempos, lo que nos pasa y lo que estamos atravesando, sin estar tan pendientes de cómo les va a los demás. Porque mientras miramos constantemente para el costado, podemos olvidarnos de escuchar lo que está pasando acá, con nosotras.
Uno de los temas más complicados de tratar en moral es el placer. Muchas personas limitan su significado al ámbito erótico. Ttras lo vinculan al vicio de la gula. Nosotros, como hijos de santo Tomás de Aquino y san Juan Pablo II, nos preguntamos primero por la realidad del placer. ¿Qué es? ¿Existe? ¿De qué manera?
El placer no es una sustancia, no es una cosa, no tiene existencia por sí mismo. No podemos comprar un placer ni conservarlo para después. Esto es lo primero que debemos hacer: negar la existencia del placer como elemento. Es cierto que existe y que tiene cierta realidad.
Placer, perfección de la perfección
Aristóteles y santo Tomás de Aquino coinciden en denominarlo perfección de perfección (acto del acto). En otras palabras, se trata de algo que adviene cuando se realiza otra cosa. Esa “otra cosa” es una acción, una operación. El placer no existe si no es como consecuencia de una acción.
Algunos nos dirán, “pues claro”. A pesar de la obviedad de las afirmaciones, entenderlo como lo subsecuente a otra cosa ayuda a desmitificar muchas cuestiones.
En primer lugar, el placer no tiene un valor moral en sí mismo. No podemos llamarlo “bueno” o “malo” sin considerar la acción de la que proviene.
Por ejemplo, si comemos un chocolate y sentimos placer, no deberíamos juzgarlo por ser placer, sino por la acción completa. Puede que el chocolate haya sido un regalo y lo disfrute, lo cual hace del placer algo bueno. También, podría ser el caso de haberlo robado, por lo que el placer confirma la bondad del chocolate (“es rico”). Aunque es malo en relación a su origen: el hurto.
Provoca, así, el placer una percepción difusa o equivocada del hecho, ya que al sentir placer a raíz directa o indirecta por una acción mala (pecado), el sujeto podría llegar a consentir con mayor facilidad repetir el acto malo. Así inicia todo vicio.
Por lo tanto, el placer es un arma de doble filo que puede tanto orientar la voluntad del hombre hacia la virtud como hacia el vicio.
Placer en el ámbito sexual
En cuanto a la moral sexual, el placer juega un rol importante. De hecho, el placer que adviene por la relación sexual se debe a que, de otra manera, la especie sucumbiría.
Pensemos que actos ennoblecedores, como el estudio, que no proveen placeres inmediatos son poco habitados por la mayoría de las personas. Parece ser, entonces, importante en el plan de Dios cierto placer en el acto sexual para el mantenimiento de la especie.
Es necesario que cause placer para que más personas deseen hacerlo. El placer sexual no es causante de bondad en sí mismo, sino confirmación de una acción.
¿El acto sexual es bueno entonces? Claro que sí, siempre y cuando se lleve a cabo conforme nuestra dignidad de personas. Es decir, en tanto y cuanto sugiera la perfección del hombre y no su perdición en lo profundo del vicio.
¿Qué implica, pues, la humanidad del acto sexual? La unidad y la mutua fidelidad de los esposos, el significado religioso, el sacramento, la apertura a la vida y la educación de los hijos. Si se quisiera eliminar algo de lo anterior, cabe la pregunta ¿para qué se desea llevar a cabo el acto sexual? ¿Sólo por placer? Si es así no se ha comprendido el verdadero sentido.
La búsqueda desmedida del placer
El placer no puede ser un fin en sí mismo porque carece de estatuto moral. No es bueno o malo por sí solo. El fin de la vida del hombre debe ser algo bueno en sí mismo, algo de lo que no se pueda hacer mal uso.
Si se busca el placer por el placer, vale igual el acto sexual como conectarse a una máquina que produzca la misma sensación. Sería un gran problema desear esto último, implicaría una alienación que nos separe de la condición humana que exige encuentro, que clama por un rostro.
Solamente se buscaría algo que no existe como si fuera real estando realmente alejados de nuestra existencia. Las consecuencias son graves: el uso del otro para beneficio propio. De este modo, el otro vale lo que proporciona, convirtiéndose en un valor de cambio, lejos de su ser personal con dignidad.
¿Todo esto para qué? La búsqueda desmedida del placer lleva a un deseo infinito que no encuentra saciedad en la materia finita del mundo.
¿Qué se busca en realidad?
Se busca la perfección de la posesión de la Belleza. Eso es lo que se anhela en lo más profundo del alma. En muchas ocasiones, nos aferramos a una cosa cuando, en realidad, el deseo clama trascendencia.
¿Quién se conforma con lo poco cuando puede obtenerlo todo? El arquero sabe a dónde apuntar porque conoce el objetivo. No gasta la única flecha de su propia vida en trozos de madera en vez de apuntar al “blanco”. Pensemos así nuestra vida y el modo en que la ofrecemos.
Quien busca el placer sexual, está condenado a la locura de ser el burro detrás de una zanahoria. Quien comprende que el placer adviene luego de una acción y quiere que esa acción corresponda con el anhelo profundo e infinito de su existencia, lo entendió todo.
No desea el placer sexual, sino una esposa, un rostro por el cual dar la vida. Regresamos al punto inicial. No se trata de condenar al placer, sino de redescubrirlo como la perfección de una acción que permite comprender una realidad profunda que da sentido a la existencia.
***
¿Entonces? En realidad, en lo profundo del alma, nadie quiere sólo sexo. El placer no orienta a ello. Lo que se anhela es un horizonte mucho más amplio, una presencia que de sentido a nuestra existencia. Se desea a alguien por quien dar la vida y saber que esa persona también la daría por uno. Luego, y solamente después de esto, sentiremos que toda acción que realizamos tiene un sentido nunca antes imaginado.
Podemos decir que gran parte de esto inició con el placer, y culminó con la búsqueda de la felicidad humana. Como toda acción que busca ser, de hecho, propiamente humana. No se trata, pues, de perderse en el placer, sino de encontrar el valor personal del otro a través de una acción conjunta. Un valor que se confirma en la bondad de la común naturaleza humana compartida en la unión sexual matrimonial.
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