Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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Hay un tipo de persona que produce una reacción inmediata e incómoda. Lo reconoces rápido: se esfuerza demasiado por agradar, compite por ser quien resulte elegido, se posiciona como «el diferente», «la fácil de llevar», «el que no es como los demás». Y en lugar de generar cercanía, genera lo contrario. Genera rechazo.
Le decimos «pick me» literal, «elígeme a mí». Detrás del meme y de la burla hay algo que vale la pena mirar con seriedad, porque revela una herida que muchos cargamos en alguna versión.
El fondo: la escasez del amor
El pick me no nace de la vanidad. Nace de la escasez. Es alguien que aprendió temprano que el afecto no se recibe por existir, sino que se gana. Interiorizó que el amor es un recurso limitado por el cual hay que competir, rendir, destacar. Generalmente viene de un entorno donde el cariño llegaba de forma inconsistente o condicional: a veces sí, a veces no, y nunca por las razones que un niño pudiera controlar.
De ahí sale una conclusión que se graba hondo: «tengo que ser el mejor para que me quieran» o “el amor se gana, nadie me lo dará gratuitamente”. El problema es que esa conclusión lleva a la persona a construir una identidad prestada. La persona no aprende a valorarse desde dentro, no por quien es, sino desde la mirada del otro. Valgo lo que el otro dice que valgo. Y sin esa mirada que me elija, no sé quién soy.
Por eso los demás dejan de ser pares y se vuelven amenazas. No es maldad. Es supervivencia. Si el amor es escaso y otro es elegido en mi lugar, no es que pierda una oportunidad: es que desaparezco. La rivalidad del pick me es el reflejo de alguien que siente que su existencia depende de ganar.
Este tema es de mujeres, pero de hombres también.
El término se popularizó hablando de mujeres porque culturalmente la validación femenina se construyó alrededor de «ser elegida». Sin embargo, la herida no tiene sexo.
En los hombres se ve con otro envase: el que es atento y servicial esperando que eso le garantice un lugar, y se resiente cuando no funciona («hago todo bien y aún así no me eligen»).
También, entre los hombres, está en elque se vende como «no soy como otros hombres» para sacar ventaja. Además, en el que compite por la aprobación del jefe o del grupo invalidando a sus pares.
Y fuera del plano romántico, el patrón es universal: el hijo que se vuelve «el bueno» para asegurar el afecto que escasea en casa, compitiendo en silencio con sus hermanos. El empleado que se sobreentrega buscando ser el favorito. El amigo que nunca incomoda para no perder su lugar.
El núcleo es siempre el mismo: no me sé amado por existir, así que tengo que ganar mi lugar rindiendo. Cambia la forma; la herida no.
Lo que genera en los demás
Acá viene lo incómodo, lo que solemos nombrar como «cringe» sin entender bien por qué.
Lo que produce rechazo no es que la persona sea «falsa» o needy. Es algo más profundo y más triste: estás viendo, al descubierto, cuánto se devalúa. Y eso desata dos reacciones a la vez.
Primero, un rechazo casi instintivo. Nadie quiere ser elegido por alguien que no se elige a sí mismo. Si tú no proteges tu propio valor, ¿qué valor tiene que me elijas? Me estás ofreciendo algo que tú mismo tratas como si no valiera nada. La lógica relacional se cae sola.
Segundo, una pena incómoda. No es compasión del todo: es ver una herida expuesta sin filtro y no saber dónde mirar. El pick me muestra su necesidad sin ningún filtro y eso nos incomoda. Es como ver a alguien rogar por algo que uno siente que no debería rogarse, y algo en nosotros se tensa.
Y ahí está la paradoja central, la trampa entera del patrón: busca ser elegido compitiendo, pero la competencia misma comunica «sin ganar esto, no merezco estar aquí». Y nadie quiere elegir a alguien que llega en esas condiciones.
Mientras más se esfuerza, más se aleja de lo que busca. Porque lo que la gente termina viendo no es a la persona, es la actuación. Y a la actuación no se la puede amar.
Lo más oscuro: quien tiene autoestima sana lo detecta y se aleja, se necesita mucho amor para quedarse, usualmente no amamos de forma tan heroica. El que se queda suele ser alguien cuya herida encaja con esa dinámica —alguien que necesita sentirse superior, o que disfruta el poder de ser «el que elige». Así, el patrón atrae justo lo que confirma la herida original.
La salida
La solución no es «quererse más» dicho como eslogan o trabajar por milésima vez tu autoestima en terapia. Es algo más concreto.
Es dejar de buscar afuera la respuesta a una pregunta que solo se contesta adentro, que digo desde dentro, esa pregunta sólo la contesta Dios Padre y no es una son varias: ¿le pertenezco a alguien? ¿De quién soy hijo antes de ser hijo de mis padres? ¿Y ese Padre también me condiciona Su amor? ¿Soy amado antes de hacer nada para merecerlo? ¿Tengo un lugar que no tuve que ganarme?
¿Fui amado antes de existir? Por eso Jeremías 1,5 dice «antes de formarte en el vientre te conocí». No es que Dios tuviera una ficha tuya guardada. Es que tú ya estabas sostenido en Su Amor eterno —ese amor que después se vuelve tu vida concreta en el tiempo.
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¿Valgo porque me dieron el ser, no porque lo produzca? Sanar el pick me es, al final, dejar de mendigar lo que ya se tiene. Es pasar de «elígeme» a «ya fui elegido» y no fui elegido por cualquiera, me eligió el mismísimo Dios para ser Su hijo y dar Su vida por mí, mira te dejo lo mejor de este pobre artículo en estas últimas palabras: Isaías 43,1: «No temas, que yo te redimí, te llamé por tu nombre, tú eres mío.» Deja de buscar quien le elija, ¡ya fuiste elegido!
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Vivimos en una época obsesionada con el control. Gestionamos por minuto nuestra agenda, medimos por gramo nuestra alimentación, analizamos nuestra productividad y hasta monitoreamos nuestros patrones de sueño. No es extraño que también queramos controlar nuestra fertilidad.
¿Debemos adaptar la vida humana a nuestros planes, o adaptar nuestros planes a la realidad de la vida humana? La congelación de óvulos pretende lo primero: ofrecer una ilusión de control sobre algo que, en esencia, está atravesado por múltiples variables fuera de nuestro alcance.
La ilusión de control
La razón por la que muchas mujeres consideran congelar sus óvulos es comprensible. Es profundamente humano el miedo a quedarse sin tiempo, a no encontrar la pareja indicada o a que la fertilidad disminuya antes de estar listas para formar una familia. La congelación de óvulos parece ofrecer una respuesta tranquilizadora: “no te preocupes, guarda tu fertilidad para después”.
Sin embargo, la fertilidad humana no es una alarma a la que se le pueda poner “snooze”.
A pesar de los enormes avances científicos, seguimos sin comprender plenamente el origen y el desarrollo de la vida humana. Entendemos cada vez mejor los mecanismos biológicos de la reproducción, pero eso no significa que podamos garantizar sus resultados.
Incluso cuando un óvulo y un espermatozoide se unen, ya sea de forma natural o mediante intervención médica, nadie puede asegurar que esa nueva vida continúe su desarrollo. Cuanto más avanzamos tecnológicamente, más evidente se vuelve una realidad incómoda: podemos intervenir en la vida, pero no podemos dominarla ni producirla.
La vida es un don de Dios. Participar en ella como co-creadores a través del abrazo conyugal es un gran regalo. Sin embargo, por más que el ser humano ha intentado comprender y controlar su origen, la vida sigue escapando a su dominio. La vida no es un objeto que podamos poseer. Nos recuerda que no somos dueños absolutos de la existencia, sino receptores de algo que nos supera.
Lo que realmente garantiza (y lo que no)
La congelación de óvulos no garantiza un embarazo ni un nacimiento. No garantiza que los óvulos sobrevivan al proceso de descongelación, ni su fecundación, ni su implantación en el útero materno.
Tampoco garantiza que, años después, el cuerpo de la mujer esté en condiciones óptimas para sostener un embarazo. El cuerpo no es el mismo, y es en él donde crecería ese óvulo fecundado. Sus prioridades, simplemente, cambian.
La fertilidad no puede reducirse a un óvulo almacenado en nitrógeno líquido. Es mucho más que eso: es el resultado de la interacción compleja de sistemas endocrinos, metabólicos, neurológicos y reproductivos que cambian constantemente a lo largo de la vida. Lo que esta tecnología ofrece no es una garantía, sino una posibilidad limitada presentada como si fuera control.
Cuando el miedo se convierte en mercado
El deseo de ser madre es profundo en la mayoría de las mujeres, aunque a veces esté oculto o postergado. Y junto a ese deseo convive un miedo igual de profundo: la posibilidad de no poder serlo. Es precisamente en esa tensión donde este modelo se vuelve tan rentable.
La congelación de óvulos se inserta en una cultura que durante décadas ha promovido retrasar la maternidad: primero estudiar, luego trabajar, consolidar una carrera, viajar, “vivir” y realizarse personalmente.
La fertilidad queda desplazada, como si fuera un obstáculo para el proyecto individual. Y cuando el tiempo biológico empieza a mostrar sus límites, aparece la solución: preservar la fertilidad mediante tecnología. El mismo sistema que durante años enseñó a desconfiar del cuerpo femenino ahora ofrece pagar para intentar recuperarlo.
Cuando el cuerpo está en condiciones, la fertilidad se pospone o se rechaza. Cuando ya no lo está, se intenta recuperar pagando por ello. Esto no es una ironía menor: es una contradicción estructural.
Una realidad que no puede eliminarse
Congelar óvulos no es un acto aislado. Su uso requiere fecundación in vitro, lo que implica la creación de embriones humanos fuera del cuerpo materno y fuera de la relación íntima conyugal, el único acto mediante el cual, de forma natural, puede originarse una nueva vida.
Aquí aparece una cuestión ética inevitable: la vida humana no es material biológico disponible, sino un don sagrado que debe ser acogido y custodiado desde su inicio. Porque una vez que la vida humana entra en un proceso de producción y selección, las preguntas ya no son solo médicas, sino morales:
- ¿Qué ocurre con los embriones que no son implantados?
- ¿Qué ocurre con aquellos que son descartados?
- ¿Qué pasa con los que permanecen congelados indefinidamente?
El embrión es ya un ser humano en sus primeras etapas. No hablamos de material biológico, sino de vida humana en desarrollo. Y eso cambia completamente la naturaleza del debate.
¿Hasta dónde debe llegar nuestro poder?
La congelación de óvulos forma parte de una tendencia más amplia: la idea de que todo en la vida humana puede planificarse, almacenarse y reactivarse según conveniencia. La vida no es un proyecto de ingeniería. La fertilidad no es una mercancía. Y los hijos no son productos que puedan obtenerse bajo demanda.
Los hijos son un don. La vida no se fabrica: se recibe. Existe una diferencia esencial entre cuidar la fertilidad y pretender dominarla; entre recibir la vida y producirla; entre acompañar procesos naturales y reemplazarlos.
Cuando las tecnologías reproductivas nos permiten decidir cada vez más sobre el cuándo y el cómo de la vida humana, surge una pregunta inevitable: si estamos actuando como custodios de la vida o si estamos ocupando un lugar que no nos corresponde.
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Entiendo por qué tantas mujeres consideran congelar sus óvulos. La incertidumbre puede ser difícil, y el deseo de preservar opciones es profundamente humano. Tienen que saber que la congelación de óvulos no resuelve el problema que pretende resolver.
- No elimina el paso del tiempo.
- No garantiza un embarazo ni un nacimiento.
- No garantiza control, porque la vida es una realidad que nos supera.
Lo que sí hace es reforzar la idea de que la fertilidad puede almacenarse, posponerse y administrarse según nuestros planes. Si incluso el dinero con el que buscamos “congelar” nuestra fertilidad pierde valor con el paso del tiempo, ¿cómo esperar que los óvulos, el cuerpo y la fertilidad permanezcan intactos?
La fertilidad, como don recibido, no funciona como un sistema de almacenamiento, sino dentro de los límites del tiempo, del cuerpo y de la vida. La pregunta no es si debemos congelar óvulos. La pregunta es si estamos dispuestos a soltar el control sobre aquello que nunca nos perteneció del todo.
Porque la vida no se posee, se recibe. No todo lo que puede hacerse debe hacerse. Y la capacidad de intervenir en la vida nunca nos convierte en sus dueños.
Luego de una discusión de un tema que se repite, puede ser que pienses “mi pareja nunca va a cambiar”. En el 69% de los casos, quizá efectivamente nunca cambie. Este no es un artículo triste o para que vivas en el conformismo. Es ciencia y fe al servicio de las relaciones, vamos a ver.
Si este no es el primer artículo mío que lees, ya sabrás que me encanta difundir los descubrimientos de John Gottman y su equipo. En una de ellos descubrieron que de las miles de parejas que han estudiado hay un patrón común interesante sobre los conflictos y es que aproximadamente el 69% de los conflictos matrimoniales son perpetuos. Es decir, son problemas que nunca desaparecen por completo.
Si estás atravesando discusiones de pareja frecuentes, esto no significa necesariamente que tu relación esté mal o que hayas elegido a la persona equivocada. En muchos casos, significa simplemente que estás experimentando una realidad común a prácticamente todas las parejas.
La diferencia entre una pareja feliz y una pareja en crisis no está en eliminar estos conflictos, sino en aprender a convivir con ellos.
Nuestros conflictos…
Cuando pensamos en conflictos de pareja solemos asumir que todos tienen solución con un poco de comunicación, reglas claras y cambios de conducta. La realidad es que las personas somos mucho más complejas y la mayoría de las discusiones surgen de diferencias profundas de personalidad, valores, experiencias o preferencias.
Por ejemplo:
- uno necesita planificarlo todo y el otro es espontáneo.
- Uno es más sociable y el otro más reservado.
- Uno valora más el ahorro y el otro disfruta gastar.
- Uno necesita hablar los problemas inmediatamente y el otro requiere tiempo para procesarlos.
Estas diferencias forman parte de quiénes somos. Nuestra identidad y esto no se puede cambiar con una varita mágica. Por eso Gottman afirma algo que suele resultar incómodo de escuchar: cuando eliges una pareja, también eliges un conjunto de problemas con los que probablemente convivirás durante décadas.
Diferencia entre problemas perpetuos y solubles
El problema es que muchas veces queremos tratar los problemas perpetuos como solubles y la frustración tiende a crecer, muchas parejas que llegan a terapia lo hacen bajo esta perspectiva, ven cómo al inicio de la relación se encontraban con problemas que luego de un acuerdo se solucionan, pero con los años, hay cosas que no cambian, por mucho que se aborde de diferentes maneras.
Son conflictos solubles aquellos que aparecen en situaciones particulares. Por ejemplo, es un conflicto soluble el discutir por quién limpia la cocina un día de mucho estrés. Pues se trata solo de la tarea y no del carácter del otro.
En cambio, los conflictos perpetuos tienen un origen en la personalidad, valores o estilos de vida de cada uno. No aparecen a veces. Coexisten de manera cotidiana. Pueden generar mayor o menor molestia según estén los ánimos del día a día. Un ejemplo puede ser que a uno de los dos no le guste nada tener que salir a pasear en verano, mientras que el otro desea tomar el sol.
¿Se puede tener una buena relación si existen problemas perpetuos?
¿Si todas las parejas tienen problemas perpetuos por qué algunas logran construir matrimonios felices? La respuesta está en la forma en que enfrentan esos conflictos.
Las parejas emocionalmente sanas entienden que no todas las diferencias deben resolverse. En lugar de intentar cambiar constantemente al otro, aprenden a convivir con ciertas tensiones inevitables.
Esto les permite hablar de temas difíciles sin convertir cada conversación en una batalla. Incluso muchas parejas felices desarrollan una capacidad sorprendente para reírse de sus diferencias. No porque el problema haya desaparecido, sino porque ya no amenaza la relación.
La caridad en nuestra relación
Este tipo de temas nos permite madurar en nuestra forma de amar, nos abre a preguntas como ¿quiero a esta persona tal como es?, ¿o quiero la proyección de lo que quiero que se convierta?, ¿soy capaz de amar a esta persona incondicionalmente o cuando sus defectos me estorben la desecharé?
Preguntas fuertes, pero que vale la pena hacerse antes de un compromiso grande, como lo es el matrimonio
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¿Conformismo o aceptación? Jacques Philipe, sacerdote y gran escritor espiritual nos invita a entender la importancia de vivir en una actitud de aceptación, no de conformismo frente a la voluntad de Dios, y esto mismo podemos aplicarlo a las relaciones.
Conformarnos con una relación no es realmente lo que Dios espera de nosotros, por eso el noviazgo es un tiempo de maduración y profundo discernimiento que nos abre camino al aceptar al otro, tal como es. Aceptarlo significa que conociendo como es, nos comprometemos a amarlo, incluso si esos “defectos” o características que nos nos agradan del todo, nunca se van.
Esta es una diferencia importante en tiempos de amores líquidos, donde se trabaja poco por construir y mantener el amor. ¿Qué piensas tu?
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