Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

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vista a la luz

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Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos, al menos en voz alta, pero que debería aparecer cada vez que abrimos Instagram o Facebook: “¿lo que veo aquí es real?”. Está, también, su contraparte, más incómoda: “¿lo que yo publico me representa de verdad?”.

Este artículo quiere ser una invitación a pensar en esto. Porque la forma en que nos mostramos —o nos ocultamos— en el mundo digital dice mucho sobre cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. ¡Veamos!

Lo que observamos siempre pasa por filtros

Cuando alguien publica una foto de sus vacaciones, su logro o su pareja, está eligiendo un fragmento de su realidad. Solo uno. Ese fragmento pasa por al menos tres filtros: el estético, el emocional y el social. No es necesariamente una mentira, es una selección intencionada.

El problema surge cuando olvidamos que estamos viendo fragmentos, no el todo. Comparamos nuestra vida entera (con sus miedos y sus dudas) con los mejores momentos editados de otra persona.

Esa comparación nunca será justa y pocas cosas erosionan más la autoestima que repetirla sin conciencia. Recuerda que cada persona es un mundo complejo e irrepetible. Reducirla —o reducirnos— a lo que aparece en una pantalla es empobrecer esa riqueza.

¿Qué publico yo? Honestidad con prudencia

Antes de publicar, resulta oportuno detenerse y hacerse dos preguntas:

  • ¿esto me representa?
  • Y, más importante aún: ¿estoy listo para las consecuencias de compartirlo?

La honestidad en redes, recordemos, no exige transparencia total. Exige coherencia.

Publicar con autenticidad no significa exponer cada pensamiento o cada herida. Significa que lo que sí compartes es genuino: cuando dices que algo te importa, en realidad es así.

Debemos conocernos a fondo para relacionarnos desde lo que en verdad somos. Esa conciencia de uno mismo es la brújula que distingue la imagen construida del testimonio auténtico.

¿Ocultar no es hipocresía?

La palabra hipocresía proviene del griego hypokrisis: actuar en el teatro. Los actores de la Grecia clásica usaban máscaras (prosopa) para representar personajes. No había engaño; era una convención artística.

Con el tiempo, la palabra adquirió su sentido negativo al usarla el Evangelio de Mateo con una connotación moral. Esa raíz teatral guarda una sabiduría: no toda máscara es deshonesta. Algunas son necesarias.

Mostrarse vulnerable ante cualquier persona es un riesgo real. No todos cuidan lo que se les confía. Elegir frente a quién quitarse la máscara es un acto de autocuidado, no de falsedad.

En redes sociales, donde la audiencia puede ser enorme y anónima, esa prudencia se torna fundamental. Reservar ciertas dimensiones de nuestra vida para los vínculos de confianza no es hipocresía: es sabiduría.

Autenticidad como filtro: atraer a quienes comparten tu visión

Cuando alguien se muestra con coherencia en redes, empieza a atraer personas afines. No por estrategia, sino por resonancia, así como ocurre cuando dos cuerdas de un instrumento comparten una frecuencia similar: si haces vibrar una, la otra responde sola, sin que nadie la toque.

Algo parecido sucede cuando publicas siguiendo tus valores reales y tus preguntas genuinas: abres una puerta. Quienes entran no llegan por accidente ni porque los fuercen. Llegan gracias a que cierto aspecto de lo que dijiste vibró en la misma frecuencia que algo que ellos ya llevaban dentro.

Esa es la diferencia entre acumular seguidores y cultivar comunidad. Una comunidad construida sobre afinidades reales tiene una calidad de vínculo muy distinta a la de miles de cuentas que siguen tu perfil sin saber bien por qué. La autenticidad funciona como filtro natural: no para excluir, sino para conectar mejor.

La red virtual también es comunidad real

Se dice con frecuencia que los vínculos virtuales son inferiores a los presenciales. Suele pensarse que el amigo de internet no cuenta. La realidad es más matizada. Hay personas que han encontrado en comunidades virtuales el único espacio donde podían hablar de ciertos temas sin que las juzguen.

Hay amistades que comenzaron en una red y se convirtieron en vínculos genuinos y duraderos. Yo mismo tengo algunas. No podemos distinguir lazos según el medio en que nacieron, sino según la calidad del encuentro.

¿Hay respeto? ¿Hay escucha? ¿Hay interés genuino por el bien del otro? Si las respuestas son sí, el vínculo tiene relevancia, ya sea que haya nacido en un aula, en un café o en un hilo de X. Construir una red virtual basada en valores compartidos no es un sustituto de la vida real, es una extensión de ella, como diría Marshall McLuhan.

No publicar todo, pero no mentir sobre quién soy

Las redes sociales son un espacio ambiguo. Pueden construir falsas identidades o revelar dimensiones auténticas de quien las habita. Depende de la conciencia con que se usen. El mensaje no es “muéstrate todo”, como tampoco “cuídate de todo”. Es más bien “sé fiel a ti dentro de los límites que tú mismo elijas con prudencia”.

Tienes derecho a la privacidad y a reservar partes de tu vida para quienes se las han ganado. Tampoco construyas una identidad digital que no tenga nada que ver contigo. Esa distancia entre quién eres y quién finges ser tiene un costo y ese costo se paga con heridas emocionales. La autenticidad no es una performance, es una forma de respetarse y amarse.

* * *

Cuidar cómo te muestras en redes no es vanidad ni falsedad: es conciencia. No hay nada malo en querer que lo que publicas se vea bien, siempre que guarde coherencia con quien en realidad eres.

Una señal útil para comprobarlo es preguntarte si sentirías vergüenza si alguien que te conoce en profundidad comparara tu perfil con tu vida cotidiana. La distancia entre ambos dice mucho.

También sirve recordar que los vínculos que nacen en entornos digitales pueden ser genuinos y duraderos; lo que los define no es el canal, sino la calidad del encuentro. Y cuando las redes empiezan a erosionar tu autoestima, casi siempre hay una comparación injusta detrás. Estás midiendo tu vida completa contra fragmentos seleccionados con cuidado de la ajena. Reconocer eso es ya un acto de lucidez.

La autenticidad, en definitiva, no es mostrarlo todo ni protegerse de todo: es habitar con honestidad el espacio que decides compartir.

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¡Hola! Te escribo estas líneas de mujer a hombre, con la honestidad de quien reconoce en ti una fuerza inmensa y un deseo genuino de amar de verdad. Puedo ver a menudo cómo el mundo te envía mensajes confusos sobre lo que significa ser hombre y cómo vivir tu sexualidad.

Te dicen que tus impulsos son solo «instintos» biológicos o que tu valor se mide por la conquista, algo que encuentro mucho en sesiones y que abruma a hombres como tú. Hoy quiero invitarte a mirar más allá, a descubrir el mapa de un tesoro que San Juan Pablo II nos dejó: la Teología del Cuerpo.

Sé que sos protector

Sé que tienes un deseo profundo de cuidar a la mujer que tienes a tu lado, ya sea tu novia, tu prometida o tu esposa. Esa fuerza que sientes no es un error de diseño. Es el motor de tu vocación.

Para amar como ella necesita —y como tú en el fondo anhelas— hace falta entender que tu cuerpo y tus deseos cuentan una historia divina. Es cierto que, por naturaleza, el hombre suele ser más sensible a los valores sexuales del cuerpo, lo que Karol Wojtyła llamaba la «sensualidad». Esto no es malo en sí mismo. Es la «materia prima» con la que se construye el amor.

Tu fisiología masculina está orientada a la acción y a la expansión, pero la Teología del Cuerpo nos enseña que el hombre no debe ser esclavo de sus impulsos.

Sé que quieres amar de verdad

Amar de verdad significa que tu voluntad debe tomar ese impulso sensual y elevarlo al nivel de la persona. No se trata de negar que ella te atrae físicamente —¡Dios te creó así!—, sino de reconocer que ella es «alguien», no solo «algo». Es el amor que busca el bien del otro. Nunca trates a una persona como un medio para un fin, sino siempre como un fin en sí misma.

Es importante ser conscientes que Cristo nos invita a mirar «al principio» para entender nuestro diseño original. Al inicio, Adán experimentó la «soledad original». Estaba solo frente a la creación, dándose cuenta de que, aunque era señor de la tierra, no encontraba a nadie igual a él.

Cuando Dios crea a la mujer, Adán exclama con júbilo: «esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». En ese momento, él no vio un objeto de placer, sino un «segundo yo», una persona en quien pudo reconocerse y con quien pudo salir de su soledad para entrar en la «comunión de personas».

Sé que quieres ser para ella

Tu cuerpo es un signo que revela a la persona. Tu masculinidad existe «para» su feminidad. Su feminidad, «para» tu masculinidad.

San Juan Pablo II hablaba de que el cuerpo tiene un «lenguaje». En las relaciones sexuales, ustedes están diciendo algo muy profundo. Las palabras del matrimonio son: «prometo serte fiel… amarte y respetarte todos los días de mi vida» y el acto conyugal es el momento en que esas palabras se hacen carne.

Para que este lenguaje sea verdadero, debe haber una entrega total. Cuando se introducen medios artificiales que cierran la puerta a la vida, el lenguaje del cuerpo se falsifica. Es decir, se dice «me entrego todo», pero se retiene una parte esencial de la propia humanidad: la capacidad de ser padre o madre.

Sé que quieres una relación pura

La pureza es un «sí» gigante a la belleza integral de la mujer, es la capacidad de ver en ella a una hija de Dios y una compañera elegida por el Amor eterno.

San Pablo te da la instrucción más audaz de todas: «maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella». ¿Cómo amó Cristo? Dando la vida hasta la última gota.

Cuidar a tu mujer significa ser su «cabeza» no como un jefe autoritario, sino como quien lidera en el servicio y el sacrificio. Significa estar atento a sus necesidades, a su ritmo biológico y a su mundo interior. La virtud de la continencia periódica, por ejemplo, no es una carga pesada, sino un ejercicio de amor maduro que te permite decir: «te amo tanto que puedo esperarte, porque tu persona es más importante que mi placer inmediato».

***

Estimado varón, me tengo que ir despidiendo. Me despido recordándote que cuidarla de esta forma, no empobrece el amor. Lo hace más intenso, espiritual y auténticamente humano.

Tu deseo de amar inmensamente es la huella de Dios en ti y la Teología del Cuerpo no viene a apagar tu fuego, sino a enseñarte a canalizarlo para que ilumine y dé calor a tu hogar, en lugar de consumirlo.

Bibliografía

  • Wojtyła, Karol (Juan Pablo II). Amor y Responsabilidad: Estudio de Moral Sexual. Prefacio de Henri de Lubac. Tercera edición. Madrid: Editorial Razón y Fe, S. A., 1978
  • Juan Pablo II. El amor humano en el plan divino: Catequesis sobre la redención del cuerpo y la sacramentalidad del matrimonio. Pamplona: Fundación GRATIS DATE, 2003. Esta obra recopila las 129 catequesis dadas en Roma entre el 5 de septiembre de 1979 y el 28 de noviembre de 1984.
  • Pablo VI. Carta Encíclica Humanæ Vitae: sobre la regulación de la natalidad. 25 de julio de 1968.
  • Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral Gaudium et Spes: sobre la Iglesia en el mundo actual. 7 de diciembre de 1965
  • Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Familiaris Consortio: sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. 22 de noviembre de 1981

Antes de responder a esa propuesta —antes de decir que sí o que no— necesitas saber exactamente qué te están ofreciendo. Porque muchas personas dicen «sí» a algo que no terminan de entender. Otras dicen «no» sin poder explicar bien por qué. Vamos por partes.

¿Qué es una relación abierta?

Una relación abierta es un acuerdo entre dos personas en pareja donde se permite tener relaciones sexuales con otras personas fuera de la pareja, con conocimiento de ambos.

Se puede decir ­que se diferencia de la infidelidad, ya que hay consentimiento declarado—aunque en mi pobre opinión sigue siendo infidelidad, aunque ellos estén supuestamente de acuerdo—.

Se diferencia de la poligamia en que no hay un vínculo formal ni “compromiso real” con las otras personas. Y se diferencia del poliamor en que en el poliamor según ellos puede haber amor genuino hacia varias personas a la vez.

En la relación abierta, al menos en teoría, la pareja principal sigue siendo «la principal» y lo demás es principalmente sexual.

¡Aquí, querido lector, tuve que respirar para seguir escribiendo jaja! ¡El mundo está muy loco perdón!

En la práctica hay muchas versiones: solo uno sale con otros, los dos salen, solo juntos con terceros, con reglas, sin reglas, con fechas de revisión. Lo que todas tienen en común es esto: el acuerdo de exclusividad que define al amor de pareja queda suspendido.

¡Qué decir si esto es dentro de un matrimonio! ¡Mejor, sigamos!

La pregunta que nadie hace

Cuando alguien recibe esta propuesta, la conversación casi siempre se va al mismo lugar: «¿está bien o mal?», «¿es normal?», «¿lo hacen muchas parejas?».

Hay una pregunta más importante que casi nadie hace: “¿por qué me lo están proponiendo ahora?”.

La investigación es clara en esto: la propuesta de abrir una relación casi nunca llega cuando todo va bien. Llega cuando algo ya falló. Es decir, llega cuando aparecen el aburrimiento, la distancia, la insatisfacción y o el miedo al compromiso.

En lugar de nombrar ese problema y trabajarlo, se presenta una solución que suena moderna, valiente y hasta generosa: «¿y si le damos más “libertad” a esto?».

Abrir una relación que ya tiene grietas no la repara. Amplía esas grietas. Lo que entró roto, sale más roto. Yo creo que es tan simple como que El amor une, todo lo que divida no viene del Amor.

Lo que dicen los datos — y esto sí que impresiona

La Universidad de Rochester hizo un estudio amplio sobre distintos tipos de relaciones no monógamas. Sus hallazgos deberían leerse antes de tomar cualquier decisión.

Encontraron que el grupo que peor le fue en todos los indicadores —satisfacción, bienestar psicológico, soledad, distress emocional— fue el de las relaciones abiertas unilaterales.

Las relaciones abiertas unilaterales son aquellas donde uno de los dos quería monogamia y aceptó el acuerdo, generalmente por miedo a perder a su pareja. En ese grupo, el 60% estaba significativamente insatisfecho con su relación. Casi tres veces más que los grupos monógamos.

Léelo de nuevo: el 60% estaba insatisfecho con la relación abierta unilateral. No es una anécdota. Es el escenario más probable cuando alguien dice que sí a algo que en el fondo no quiere.

Y hay otro dato que conecta directo con lo que pasa psicológicamente: las personas con apego ansioso —las que tienen más miedo al abandono o que aman con mayor entrega, las que más necesitan sentirse seguras en su relación— son exactamente quienes más daño sufren en estos “arreglos”. Experimentan los celos con más frecuencia e intensidad. Perciben amenazas donde otros no las verían. Responden con más miedo, enojo y tristeza.

Es decir: quien acepta por miedo a perder a su pareja, suele ser la persona que menos puede sostener ese acuerdo emocionalmente.

Lo que pasa en tu cuerpo y por qué importa

Hay un argumento que intenta sonar razonable cuando te proponen esto: «es solo físico, no significa nada con las otras personas». Desde ahí todo parece más manejable.

Ese argumento tiene un problema de fondo: el cuerpo no es una herramienta separada de quién eres. No existe «solo físico» en el ser humano. Cuando entregas tu cuerpo, te entregas tú.

Es decir, cuando entregas tu cuerpo, psicológicamente también entregas tu historia, tu vulnerabilidad, tu capacidad de apego. San Juan Pablo II lo desarrolló con mucha profundidad en la Teología del Cuerpo. El cuerpo habla un lenguaje y ese lenguaje dice «me entrego a ti». Cuando ese lenguaje se dice a varios al mismo tiempo, no se multiplica el amor, se fragmenta la entrega.

Lo que muchos descubren demasiado tarde es que el cuerpo no sabe de acuerdos “racionales”. El cuerpo siente. El cuerpo se apega. El cuerpo se lastima.

La trampa de decir que sí por no perderlo

Este es el escenario más frecuente y silencioso: alguien acepta la relación abierta no porque la quiera, sino porque teme que, si dice que no, su pareja se va. En ese miedo dice que sí, convenciéndose de que va a poder, de que va a adaptarse, de que el amor lo sostiene todo.

Eso no es una decisión libre. Es una negociación hecha desde el miedo. Las decisiones tomadas desde el miedo casi siempre cuestan más de lo que se anticipó.

Si estás en ese lugar — si tu «sí» no es un sí genuino sino un «sí para que no te vayas» — lo que la propuesta te está revelando no es una oportunidad. Es información. Te está diciendo cómo te ve quien tienes enfrente.

¿Te ve como persona o como cosa? ¿Qué lugar ocupa tu bienestar en esa ecuación?

***

Para finalizar, te dejo otras 4 preguntas. No te pregunto si está bien o mal. Te pregunto algo más honesto:

  • ¿Te están amando o te están negociando?
  • ¿Esto es una propuesta o una condición?
  • ¿Cuánto de ti estás dispuesto a suprimir para que alguien se quede?
  • ¿Si tuvieras la certeza de que tu pareja se va a quedar sin importar lo que respondas, seguirías diciendo que sí?

La respuesta a estas preguntas —antes que cualquier acuerdo, antes que cualquier conversación sobre reglas y límites— son las que te dicen si lo que tienes enfrente es una relación o una negociación de supervivencia.

Si es lo segundo, el problema no es si abrir o no la relación. El problema en esa relación es más viejo que esa propuesta. Y merece una conversación diferente. En el fondo de tu corazón sé que anhelas un amor total, de entrega total para toda la vida, no te conformes.

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