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la sexualidad,
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Cuatro semillas que podemos aprender sobre la vida, los vínculos y el fin, a partir del anime
¿Qué pasa cuando la aventura termina? La mayoría de las historias terminan cuando los héroes derrotan al villano, salvan el reino y regresan a casa. Frieren comienza justamente ahí. Basada en el manga de Kanehito Yamada y Tsukasa Abe y adaptada al anime por Madhouse en 2023, Sōsō no Frieren nos presenta a Frieren, una maga elfa que formó parte del grupo que derrotó al Rey Demonio. Sin embargo, la serie no se centra en la batalla final, sino en aquello que viene después.
El “más allá de los finales”
El propio título japonés ya nos da una pista. Sōsō puede traducirse como funeral, despedida o acompañamiento de los muertos. Por eso, el título original suele interpretarse como «Frieren de los funerales» o «Frieren la que acompaña las despedidas».
Mientras tanto, las traducciones occidentales eligieron otros caminos: Beyond Journey’s End en inglés y Más allá del final en español. Quizás esa sea la mejor descripción posible de la serie. Porque Frieren no trata sobre cómo termina una aventura, sino sobre qué hacemos cuando termina.
¿Qué hacemos con el tiempo que pasó? ¿Con los amigos que ya no están? ¿Con los recuerdos? ¿Con las oportunidades perdidas? ¿Con las preguntas que llegan demasiado tarde?
A lo largo de sus episodios, la serie va sembrando pequeñas semillas filosóficas. Algunas hablan sobre el tiempo. Otras, sobre la amistad. Las hay sobre aquellas cosas que parecen inútiles y son las que dan sentido a la vida. También, sobre cómo seguir adelante cuando una etapa termina. Detallaremos cuatro de ellas.
Primera semilla: el tiempo no es solamente lo que pasa
Cuando pensamos en el tiempo, solemos pensar en relojes: minutos, horas, días, años. Pensamos en agendas, calendarios, vencimientos y fechas límite. En definitiva, pensamos en el tiempo como algo que se mide.
Los griegos llamaban a este tiempo chrónos (χρόνος): el tiempo que pasa, cuantificable, que podemos contar.
A su vez, existe otra experiencia del tiempo. Todos hemos vivido momentos que parecen durar apenas unos minutos y permanecen con nosotros durante años. Hemos atravesado meses enteros que desaparecen de nuestra memoria sin dejar huella. Los griegos lo llamaban kairós (καιρός): el momento significativo, el instante oportuno, el tiempo que tiene sentido.
Es precisamente aquí donde Frieren se vuelve interesante. La serie está construida alrededor de una paradoja. Para Frieren, diez años de aventura junto a Himmel, Heiter e Eisen representan apenas un breve instante dentro de una vida que supera ampliamente los mil años.
Sin embargo, cuando Himmel muere, descubre algo que no había comprendido: aquellos diez años habían sido mucho más importantes de lo que imaginaba.
Por primera vez comprende que no todo el tiempo pesa igual. Esta intuición conecta profundamente con la reflexión del filósofo Byung-Chul Han en El aroma del tiempo. Según Han, uno de los problemas de nuestra época es que hemos perdido la capacidad de habitar el tiempo. Saltamos constantemente de una experiencia a otra, acumulando actividades, estímulos y obligaciones, pero perdiendo aquello que les da unidad y dirección.
Por eso Han afirma que el tiempo ha perdido su aroma. Ya no tiene espesor, historia, significado. Por eso, Frieren nos conmueve tanto. Nos obliga a detenernos y preguntarnos algo incómodo: ¿cuántas de las personas que hoy forman parte de nuestra vida suponemos que estarán siempre ahí?
Frieren creyó que tendría tiempo… tiempo para conocer mejor a Himmel, para comprenderlo, para preguntarle aquello que nunca preguntó. Su muerte le revela algo que todos sabemos y pocas veces queremos pensar: el tiempo es limitado precisamente porque es valioso.
Søren Kierkegaard llamaba instante a ese encuentro misterioso entre el tiempo y la eternidad, aquel momento que divide nuestra vida en un antes y un después. Para Frieren, ese instante llega demasiado tarde o, al menos, eso cree ella.
Sin embargo, toda la serie mostrará que los vínculos auténticos continúan actuando incluso después de la despedida. Porque algunas personas siguen transformando nuestra vida mucho después de haberse ido. Y, quizás allí, se encuentre la primera gran enseñanza de Frieren: el tiempo no vale por la cantidad de años que acumulamos, sino por aquello que amamos dentro de él.
Segunda semilla: los amigos son los que le dan forma al camino
Hay una pregunta que atraviesa silenciosamente toda la serie: ¿por qué Himmel dejó una huella tan profunda en Frieren? La respuesta más obvia sería decir que porque fue el héroe que derrotó al Rey Demonio junto a ella. Aunque eso no explica nada.
Tampoco se explica por qué recuerda un anillo, una flor lunar o deja desperdigadas por doquier estatuas con diferentes poses. Lo que Frieren descubre poco a poco es que las cosas importantes nunca fueron las grandes hazañas. Sí, lo fueron las personas. En Los cuatro amores, C. S. Lewis sostiene una idea sorprendente: la amistad es uno de los amores más incomprendidos de nuestro tiempo.
Vivimos rodeados de historias románticas. Hablamos constantemente de la familia. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en la amistad como una de las experiencias más profundas de la vida humana. Quizás porque parece inútil. No es necesaria para sobrevivir. No garantiza descendencia. No produce riqueza. No tiene una función evidente. Sin embargo, Lewis llega a una conclusión memorable: «la amistad es una de esas cosas que le dan valor a la supervivencia.»
En otras palabras, sí podemos sobrevivir sin amigos, pero difícilmente podamos vivir bien sin ellos. Lo interesante es que para nuestro autor los amigos no se caracterizan por mirarse mutuamente, sino por mirar juntos hacia algo. Mientras los enamorados suelen aparecer frente a frente, los amigos aparecen hombro con hombro, contemplando una misma realidad. Eso es exactamente lo que vemos en Frieren.
Himmel, Heiter, Eisen y Frieren son profundamente distintos entre sí. No comparten la misma personalidad, ni las mismas motivaciones, ni siquiera la misma forma de entender el mundo. Lo que comparten es un camino, una aventura, una mirada, un horizonte común. Lewis afirma que la amistad suele comenzar con una frase muy sencilla: «¿cómo? ¿Tú también? Pensaba que era el único.» Hay algo profundamente verdadero en esa observación.
Todos hemos experimentado alguna vez el descubrimiento de una persona que comparte nuestras preguntas, nuestras inquietudes o nuestros sueños. Es decir, alguien que nos hace sentir menos solos en el mundo. Quizás esa sea una de las razones por las cuales Himmel continúa presente a lo largo de toda la serie.
Las personas que realmente nos ayudan a mirar más lejos nunca desaparecen del todo. Siguen acompañándonos en las decisiones que tomamos: en las preguntas que nos hacemos, en las cosas que aprendimos a valorar gracias a ellas. Por eso, cuando pensamos en nuestros amigos, tal vez la pregunta más importante no sea cuánto tiempo pasamos juntos. La pregunta es otra: ¿hacia dónde nos ayudaron a mirar?
Tercera semilla: no todo lo valioso es útil
Si uno tuviera que describir a Frieren como maga, probablemente diría que es una de las hechiceras más poderosas de su mundo. Dedica buena parte de su tiempo a coleccionar hechizos absurdos: para sembrar un campo de flores, para limpiar estatuas, para volver agrias las uvas, para rascarse la espalda y así.
Para la mayoría de los magos de la serie, semejante colección resulta ridícula. ¿Por qué alguien tan poderosa desperdiciaría su tiempo aprendiendo cosas tan poco importantes? La pregunta parece referirse a la magia. En realidad, habla de nosotros.
Vivimos en una cultura que constantemente nos pregunta para qué sirve algo. ¿Para qué sirve estudiar filosofía? ¿Para qué sirve leer literatura? ¿Para qué sirve contemplar una obra de arte? ¿Para qué sirve detenerse a conversar con un amigo? ¿Para qué sirve perder una tarde mirando un atardecer? Muchas veces ni siquiera advertimos la trampa escondida detrás de la pregunta. Supone que algo solo tiene valor si sirve para producir otra cosa.
Josef Pieper dedicó buena parte de su obra a combatir precisamente esta idea. En Defensa de la Filosofía sostiene que existen actividades cuyo valor no depende de su utilidad. La filosofía, el arte, la contemplación y la amistad no son medios para alcanzar otra cosa. Son bienes en sí mismos.
No necesitan justificarse, producir resultados, ser rentables. Su valor consiste precisamente en que nos permiten encontrarnos con la realidad. Aquí aparece uno de los contrapuntos más interesantes de Frieren. Mientras Serie, la gran maga elfa, concibe la magia principalmente como poder, eficacia y dominio, Frieren conserva una relación completamente distinta con ella.
Para Serie, la pregunta es: ¿qué puede hacer esta magia? Para Frieren, la pregunta parece ser otra: ¿qué puede mostrarme? La diferencia es sutil, pero enorme. Una mirada busca controlar. La otra, contemplar. Una utiliza; la otra, recibe. Por eso Frieren sigue guardando hechizos que nadie considera importantes. Entiende algo que nuestra época ha olvidado con frecuencia: que las cosas más valiosas rara vez son las más útiles.
Nadie pregunta para qué sirve una amistad verdadera, para qué sirve una puesta de sol, para qué sirve la belleza. Simplemente las contemplamos. No existen para otra cosa. Nos revelan algo esencial sobre nosotros mismos. Nos recuerdan que una vida humana vale más que la suma de sus resultados.
Cuarta semilla: El final no siempre es el final
Hay una pregunta que aparece una y otra vez a lo largo de Frieren: ¿qué hacemos con aquellos que ya no están? No es casualidad que la historia comience con un funeral. Tampoco lo es que el viaje entero nazca de una despedida.
La muerte de Himmel obliga a Frieren a enfrentarse por primera vez a algo que había logrado evitar durante siglos: la experiencia de la pérdida. Jaspers llamaba situacioneslímite a aquellas experiencias que no podemos controlar ni evitar: el sufrimiento, la culpa, la muerte, el fracaso o la pérdida de quienes amamos.
Son situaciones que nos recuerdan que no somos omnipotentes, que no podemos retenerlo todo, impedir todas las despedidas. También nos obligan a preguntarnos quiénes somos y qué sentido tiene nuestra vida. Por eso Jaspers sostiene que muchas veces comenzamos a filosofar cuando la vida deja de funcionar según nuestros planes, cuando nos vemos obligados a mirar más allá de nosotros mismos.
Algo parecido le sucede a Frieren. Durante siglos vivió observando el mundo desde cierta distancia. La muerte de Himmel rompe esa comodidad y la obliga a volver sobre su propia historia. Es decir, a recordar, a agradecer, a lamentar, a comprender, a seguir caminando.
Al respecto, Tolkien aporta una intuición preciosa. En El Señor de los Anillos, Legolas le dice a Gimli que encontrar y perder forman parte del orden mismo de las cosas. Además, aquello que ha sido verdaderamente amado permanece en la memoria sin marchitarse, sí solo sí uno está dispuesto a dejarlo ir voluntariamente. No se trata de aferrarse al pasado o de olvidarlo. Se trata de llevarlo con nosotros.
Algo semejante encontramos en C. S. Lewis cuando afirma que el placer alcanza su plenitud en el recuerdo. Hay experiencias que solo comprendemos completamente cuando las contemplamos a la distancia. Y quizás por eso toda la serie está atravesada por una palabra: Ende. El lugar al que se dirige Frieren. El lugar donde espera reencontrarse con Himmel. También una palabra que en alemán significa «final». La pregunta es inevitable. ¿Es realmente el final? ¿O es apenas el final de una etapa?
Porque, si algo parece sugerir la serie, es que los seres humanos estamos hechos para algo más que para acumular años, éxitos o recuerdos. Estamos hechos para buscar un sentido, una plenitud, un hogar. Por eso el viaje hacia Ende resulta tan conmovedor.
En el fondo no habla solamente de Frieren. Habla de todos nosotros. De nuestra búsqueda de aquello que pueda dar unidad al tiempo, profundidad a los vínculos, valor a las cosas aparentemente inútiles y esperanza frente a la muerte. Por eso, después de todo lo recorrido, la pregunta ya no es qué sucede cuando la aventura termina, sino ¿y si el final fuera, en realidad, el comienzo de algo más?
***
Al comienzo de este artículo hablamos de semillas. Si hay una imagen que atraviesa toda la serie es la de sembrar un campo de flores. Una y otra vez aparecen flores que alguien plantó para otro, que permanecen cuando las personas ya no están, que recuerdan encuentros, despedidas y promesas.
Quizás eso sea también lo que hace Frieren con nosotros. Nos siembra preguntas sobre el tiempo, la amistad, aquello que vale por sí mismo, el dolor, el recuerdo y la esperanza. Y como toda buena semilla, no da fruto inmediatamente. Necesita tiempo.
Por eso el verdadero viaje de Frieren no es hacia Ende. Es un viaje de aprendizaje sobre aquello que hace que una vida valga la pena ser vivida. Nos recuerda algo que solemos olvidar: que las cosas más importantes no siempre son las más útiles, que los vínculos dejan huellas más profundas de lo que imaginamos y que algunas despedidas pueden convertirse en el comienzo de una comprensión nueva.
Nos invita a mirar más allá de la aventura, más allá de la productividad, más allá de la nostalgia, y nos abre nuevamente a la pregunta por el sentido. Y toda pregunta auténtica por el sentido termina, tarde o temprano, abriéndose a la trascendencia. Por eso, más que una historia sobre magia, Frieren es una historia sobre el ser humano.
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Hay un desgaste que no hace ruido. Hay parejas que no están para tirar cohetes, pero tampoco, al borde de la ruptura. No hay broncas monumentales, ni portazos, ni amenazas de separación. Simplemente van «tirando».
Justo ahí está la trampa: como la herida no sangra lo suficiente como para ir a urgencias, nadie hace nada, pero la relación se va apagando poco a poco, casi en silencio.
1. Qué significa “ir tirando”
Ir tirando es encender el piloto automático de la supervivencia. Es sacar adelante la logística de la casa: las cenas, los baños de los niños, las facturas y la organización semanal, pero olvidándose de hacer equipo.
Ya no hay discusiones fuertes, pero tampoco hay miradas cómplices. Se cambia la vida en pareja por una simple convivencia de compañeros de piso que gestionan una pyme familiar.
2. La trampa de acostumbrarse
Lo más peligroso de “ir tirando” es que se normaliza. Se vuelve costumbre.
Así, surgen frases del tipo: “es lo que hay”, “todo esto son rachas”, “estamos en una etapa complicada”, “ya mejorará cuando pase esto…”. Entonces, lo que era una situación temporal se convierte en un estilo de vida relacional. El problema acá es que el tiempo no arregla lo que no se cuida conscientemente.
3. Si no lo riegas, se seca
Las relaciones raras veces saltan por los aires de un día para el otro por un gran conflicto. Casi siempre se mueren de inanición.
El amor es como un preciado bonsái: si dejas de regarlo, de prestarle atención, de buscar un rato para hablar o de gastar una broma, se acaba secando. El amor no desaparece de un plumazo, se apaga sencillamente porque le quitas la batería.
4. El espejismo de la paz
Vivir «tirando» suele venir acompañado de un gran autoengaño: la falsa sensación de estabilidad. Como no hay gritos ni crisis abiertas, damos por hecho que el barco sigue a flote.
¡Ojo! La falta de peleas a veces no significa que haya paz, sino simplemente que ya no quedan fuerzas ni batería ni siquiera para discutir.
5. La termita invisible
Ir tirando tiene un coste que no siempre se ve a corto plazo: Se pierde la complicidad. Se debilita la admiración mutua.
Por tanto, la relación se vuelve predecible y plana, cada uno empieza a vivir un poco en su mundo. No es un colapso repentino, sino una erosión lenta que, cuando se detecta, a veces ya ha avanzado demasiado.
6. El punto de inflexión
Muchas parejas no se dan cuenta de este proceso hasta que aparece un síntoma más grave: distancia emocional, indiferencia o incluso la aparición de terceros que se cuelan en la relación.
Entonces, suele surgir la pregunta: “¿cómo hemos llegado hasta aquí si no nos llevábamos tan mal?”. La respuesta muchas veces es incómoda: no ha sido un gran problema, sino muchos pequeños momentos de abandono silencioso.
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Arremánguense y hagan equipo. La buena noticia es que “ir tirando” no es irreversible. Requiere una decisión consciente: volver a elegir la relación.
Eso implica volver a buscar ratos a solas, charlar de verdad, escuchar y cuidarse. Incluso, pedir ayuda externa, si es necesario. Porque una pareja no funciona por arte de magia. Funciona cuando los dos deciden volver a ser un equipo, rechazan el conformismo y se ponen a construir juntos.
Al final, el mayor peligro para tu relación no son las grandes crisis. El verdadero enemigo es quedarse de brazos cruzados en el sofá esperando a que el amor sobreviva solo.
La famosa píldora, llamada por muchos “pastilla anticonceptiva o anovulatoria”, es hoy uno de los métodos contraceptivos más extendidos del mundo. Aproximadamente, unos 100 millones de mujeres la usan en alguna de sus formas: píldora combinada, minipíldora, anillo vaginal, parche transdérmico, implante subcutáneo o inyección.
Precisamente por su uso tan extendido y normalizado conviene conocerlas bien, porque la información que suele recibir la mujer que acude a su médico es, con frecuencia, parcial.
Cómo actúan: no siempre es «solo anticoncepción»
El mecanismo principal de los preparados combinados (derivados de estrógenos y progestágenos) es inhibir la ovulación. No es el único.
Actúan también a otros niveles: espesan el moco cervical para dificultar el paso de los espermatozoides, alteran la motilidad de las trompas de Falopio y —este es el punto más delicado— modifican el endometrio haciéndolo hostil a la implantación de un embrión.
Este último mecanismo es el que convierte a algunos de estos preparados en potencialmente abortivos. Pues podrían impedir que un embrión ya concebido se implante en el útero. No ocurre en todos los ciclos ni con todos los preparados por igual, pero la posibilidad existe y está documentada en las propias fichas técnicas de los fármacos.
El investigador Pau Agullés Simó, en una revisión publicada en Cuadernos de Bioética, estimó que una mujer que usa la píldora combinada durante once años podría sufrir estadísticamente un aborto provocado por este mecanismo. Con la minipíldora o los implantes de progestágeno solo, la tasa asciende a aproximadamente uno por año, dado que en estos preparados la ovulación se da en más del 50% de los ciclos.
Un problema terminológico: ¿qué se considera abortivo?
Durante siglos, la definición fue clara: el aborto es la interrupción del desarrollo del nuevo ser humano en cualquier momento desde la fecundación hasta el nacimiento. A partir de los años 60, el American College of Obstetricians and Gynecologists redefinió el inicio del embarazo situándolo no en la fecundación sino en la implantación. La OMS adoptó esa definición.
Consecuencia inmediata de ello fue que todo lo que ocurre entre la fecundación y la implantación dejó de pertenecer técnicamente al «embarazo». Por tanto, impedir la implantación de un embrión ya concebido dejó de poder llamarse aborto.
Sin embargo, hablando en términos embriológicos, nada ha cambiado: la vida humana comienza desde la fecundación, momento en el que existe una nueva persona, con su propio código genético, distinto de la madre, con vida propia, aunque dependiente. La implantación es un hito crucial en este desarrollo, pero no es el inicio de la vida humana.
Lo que se consiguió con este cambio terminológico fue, en la práctica, comercializar y prescribir como “anticonceptivos” compuestos hormonales que sí podían tener ese efecto antiimplantatorio. Ejemplos son: el DIU de cobre, la píldora del día después y, en distintos grados según el preparado y las circunstancias del ciclo, a varios anticonceptivos hormonales. Que se haya normalizado este lenguaje no lo hace menos relevante moralmente.
Los efectos en la salud
Más allá de la cuestión del embrión, una revisión publicada en Frontiers in Medicine de 2023 recoge los principales efectos adversos documentados. A continuación los detallaremos:
- El uso prolongado de anticonceptivos hormonales reduce significativamente la reserva ovárica, acelera el envejecimiento de las criptas que producen el moco cervical, lo cual puede dificultar la fertilidad futura.
- En salud mental, las mujeres tienen mayor riesgo de depresión y de consumo de psicofármacos y aumenta el riesgo de intento de suicidio. El riesgo es especialmente elevado en adolescentes.
- En sexualidad, reduce la testosterona y eleva la globulina transportadora de hormonas sexuales, lo que frecuentemente se traduce en pérdida de libido y disfunción sexual que puede persistir tras su abandono.
- También el riesgo de trombosis venosa se multiplica entre 4 y 9 veces según el preparado.
- Y el uso prolongado aumenta el riesgo de cáncer de mama y de cuello uterino de forma estadísticamente significativa.
Todo esto figura en estudios con cientos de miles de participantes. El problema es que raramente llega a las mujeres de forma clara cuando se les prescribe el “anticonceptivo”.
La cuestión moral
La Iglesia ha enseñado con claridad, concretamente con la Humanae Vitae (1968) que la anticoncepción es contraria al bien integral del matrimonio. Por otro lado, como ya se comentó, algunos de estos preparados no son solo anticonceptivos. Son también potencialmente abortivos en sentido embriológicamente estricto.
Esto abre un problema moral. No es lo mismo impedir la concepción que eliminar una vida ya iniciada.
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No se trata de juzgar a las mujeres que usan anticonceptivos hormonales. Pues, la mayoría lo hacen sin información suficiente. Se trata de poner sobre la mesa lo que la ciencia sabe y con demasiada frecuencia se minimiza o se silencia.
Una mujer (junto a su esposo, en el caso que forme un matrimonio) informada puede tomar decisiones libres si conoce la doctrina de la Iglesia y los datos científicos, para buscar alternativas respetuosas con su fertilidad y su salud.
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