Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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El noviazgo es una etapa maravillosa: los sentimientos están a flor de piel y todo parece que encaja a la perfección. Precisamente por eso, si te encuentras en esta etapa, es importante que consideres el noviazgo como lo que es: un tiempo de discernimiento, de conocimiento mutuo y de toma de una decisión libre.
Por eso conviene plantearse las preguntas que son claves para esta etapa. Yo me atrevo a proponerte cinco grandes preguntas, aunque podrían salir decenas.
1. ¿Esta relación saca lo mejor de mí?
Si desde que estáis juntos eres mejor persona; si vives con más paz; si esta relación te acerca a tus amigos, a tu familia y a las personas a las que quieres; si ves que saca de ti tu mejor versión y tú la suya; si te sientes más libre, no dependiente y no te aíslas, entonces estás en el lugar adecuado.
2. ¿Admiro de verdad a esta persona?
Si te gustaría parecerte más al otro; si te gustaría que tus hijos se parecieran a vosotros, a los dos; si te gusta lo que ves y no lo que te gustaría que cambiara; si no estás deseando que cambie en este o en el otro aspecto, si admiras al otro de verdad como es, entonces tienes mucho ganado en la relación. Por eso te recomiendo especialmente esta pregunta.
3. ¿Puedo ser yo mismo/a contigo, sin miedo?
Si tienes que andar con pies de plomo, si te cuesta entrar en temas concretos por miedo a molestar, si sientes la necesidad de agradar continuamente, sin ser tú mismo/a, si no puedes decir todo lo que piensas o cómo te sientes tiene que saltar una pequeña alarma en vuestra relación. Por eso esta pregunta es tan importante. Y es muy importante que la respuesta sea también sincera.
4. ¿Cómo resolvemos los conflictos?
Si tendéis a discutir para ganar y no para buscar soluciones; si con frecuencia aparecen reproches, ironías, rencores o desprecios; si se recurre a menudo a errores del pasado como arma arrojadiza; si los conflictos se enquistan; si se dan gritos, ataques personales, manipulación; si aparecen frases como “si de verdad me quisieras…” o “si me tuvieras en cuenta.”. Si se dan algunas o varias de estas circunstancias es que no se saben resolver bien los conflictos y vale la pena revisar nuestro estilo de comunicación.
5. ¿Compartimos un proyecto de vida común realista?
Un proyecto de vida incluye: familia, hijos, educación, situación económica, ocio, amistades, ritmo de vida, dinero, trabajo, prioridades.
Si habéis hablado de todas estas cosas y no hay ninguna de la que os dé miedo hablar; si habéis discutido por alguna de ellas y luego no la habéis vuelto a hablar para no entrar en discusión; si algunos de estos temas se quedan en un “ya veremos”; si hay diferencias importantes en estos temas… entonces es el momento de poner todo sobre la mesa y tomar decisiones: vuestro proyecto futuro tiene que ser un proyecto común.
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El noviazgo es un viaje en el que tenemos que conocernos y conocer a fondo al otro para
tomar una decisión. El final del viaje es cuando la tomas. Por eso el noviazgo no va de acertar a la primera. Va de mirarse de verdad, de hacerse preguntas y responder con valentía… y con verdad.
Algunas respuestas te llenarán de ilusión. Otras te costarán más. Todas te ayudan. Te animo a que, cuando tengas que tomar la decisión, no te dejes llevar por las prisas ni por la presión, sino que lo hagas desde la paz de haber mirado cara a cara a la verdad. Entonces vuestra decisión, la que sea, será vuestra mejor decisión de cara al futuro.
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Hoy se habla mucho de “seguir la propia conciencia”. Esta típica frase se escucha para tranquilizar a quien no sabe qué camino tomar: “haz lo que te diga tu conciencia”, o aquella de “Allá cada cual con su conciencia”.
¿Realmente entendemos lo que es la conciencia?
Lo que no
Comencemos por dejar claro lo que no es la conciencia:
- no es mi opinión.
- No es lo que me apetece.
- No es lo que me deja tranquila.
- No es lo que hace la mayoría.
La conciencia no es una especie de “sensación interna” que valida lo que yo quiero hacer, como si fuera una justificación de mis deseos y de mis actos.
La conciencia existe para recordarme la verdad. Esa verdad yo no me la invento, más bien la descubro.
Es decir, que uno no decide lo que está bien o mal. Esto, aunque pueda parecer incómodo, es profundamente liberador: nuestra vida no es un experimento continuo en el que cada uno inventa sus propias reglas. Es un camino de reencuentro continuo con la verdad de los actos, con lo que sabemos que debemos hacer.
Nos hacemos responsables —a veces con claridad, a veces con lucha— ante nosotros mismos y, sobre todo, ante Dios.
El problema no es la conciencia… es no formarla
La conciencia necesita ser educada en la verdad, ya que “verdad” solo hay una. Recordemos lo que decía al comienzo, que “seguir mi conciencia” no debería atenerse en mi opinión. Pues, así, ¡existirían tantas verdades como personas!.
Aquí está el punto que muchas veces se olvida: ¿cómo está formada nuestra conciencia? ¿Somos conscientes de que, si no se forma, se deforma? La conciencia, si no está bien integrada, podría equivocarse en nuestros planteamientos.
Un ejemplo relacionado con la paternidad responsable que puede ayudar a entender: un matrimonio se podría preguntar simplemente: “¿nos viene bien ahora tener un hijo?”. Una conciencia bien formada los lleva a ir más al fondo y preguntarse: “¿existe un motivo verdaderamente serio para posponer? ¿Estamos siendo generosos o nos estamos dejando llevar por el miedo o la comodidad? ¿Conocemos lo que enseña la Iglesia sobre este tema?”.
Desde ahí, es preciso decidir con honestidad. No se trata solo de tomar una decisión, sino de tomarla en la verdad. La conciencia puede errar, pero no porque deje de ser conciencia, sino porque no siempre está educada en la verdad.
El ejemplo correspondiente al anterior que escenificaría una conciencia mal formada sería pensar: “ahora mismo no nos apetece complicarnos la vida con un hijo, así que mejor esperar”, o “queremos primero tener más estabilidad, viajar más o estar más tranquilos”. Aquí no hay un verdadero discernimiento. No se buscan motivos graves, sino comodidad. No se contrasta con la verdad, sino que se decide desde lo que resulta más fácil o conveniente. Si bien es cierto que ese planteamiento podría dejar tranquila a la persona, no la situaría en la verdad.
Es muy humano confundir lo que nos conviene con lo que es bueno, lo que nos tranquiliza con lo que es verdadero, lo que hacen todos con lo que deberíamos hacer. Por eso no basta con “seguir la conciencia”. Hay que formarla.
¿Cómo formar la conciencia?
Formar la conciencia no es complicarse la vida. Es tomarse en serio la propia vida y querer entender sin conformarse con la primera respuesta fácil.
En la práctica, implica cosas muy concretas:
- Buscar la verdad, aunque no coincida con lo que me gustaría.
- Conocer la enseñanza de la Iglesia, que no es una opinión más, sino una guía que orienta.
- Examinar las propias intenciones, con sinceridad (¿por qué y para qué estoy decidiendo esto?).
- Estar dispuesto a rectificar, aunque cueste.
Porque una conciencia formada no es la que siempre acierta. Es la que está en camino de la verdad.
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A veces, podemos creer que la conciencia “buena” es la que nos deja en paz. No siempre es así. Hay muchos momentos en los que la conciencia inquieta, remueve, cuestiona. Eso no es un fallo. Al revés, eso es señal de que está viva.
Quizá una conciencia que nunca incomoda probablemente no está buscando la verdad sino la comodidad. Hay una pregunta que lo cambia todo y que no necesariamente radica en la sensación de tranquilidad. Es una pregunta muy honesta: “¿estoy buscando de verdad el bien o estoy buscando justificar lo que ya he decidido?”. Ahí es donde empieza una conciencia de verdad. También, una libertad mucho más profunda.
En este artículo nos abocaremos al tema de la infertilidad masculina, sus causas y qué hace, al respecto, la Naprotecnología. También, sobre la cirugía que utilizamos en naprotecnología, cuáles son las diferencias y por qué ayudan en el diagnóstico de infertilidad de origen desconocido.
En muchas ocasiones nos encontramos que han estudiado mucho a la mujer y muy poco al hombre y tanto él como ella son importantes. Muchas veces se mira por encima el seminograma y listo… porque no, el “factor masculino desconocido” tampoco es tan desconocido.
Las causas de la infertilidad masculina
Sabemos por la evidencia que las causas más frecuentes de infertilidad en el hombre no son raras ni misteriosas:
- alteraciones en la calidad del esperma (cantidad, movilidad o forma),
- varicocele (una de las causas más comunes),
- problemas hormonales,
- infecciones o inflamación,
- obstrucciones en los conductos,
- factores genéticos.
Aun así, en un porcentaje importante de hombres no se llega a un diagnóstico claro. ¿Eso significa que no hay causa? No. Significa que no se ha profundizado lo suficiente. Aquí es donde cambia el enfoque.
¿Cómo ayuda la Naprotecnología?
En Naprotecnología, el estudio del factor masculino no se queda solo en un seminograma. Se va más allá:
- Se investiga si el testículo está produciendo espermatozoides, aunque no aparezcan en el eyaculado.
- Se utilizan técnicas como la biopsia testicular para localizar producción espermática.
- Incluso procedimientos de aspiración permiten encontrar espermatozoides donde antes se asumía que no había.
Y esto es clave: en algunos casos de azoospermia, los espermatozoides sí existen… pero no salen.
A partir de ahí, el objetivo no es “saltarse el problema”, sino mejorar la calidad espermática desde el origen: tratar procesos inflamatorios que pueden afectar directamente a la producción y maduración de los espermatozoides, corregir desequilibrios hormonales que interfieren en la espermatogénesis y optimizar el entorno testicular para favorecer una producción más eficiente y de mejor calidad.
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Insistimos, otra vez. En la mayoría de los casos, la infertilidad no es ausencia. Es decir, es falta de diagnóstico profundo. ¡Anímense a contactarse con un profesional especialista en Naprotecnología!
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