Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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Uno de los temas más complicados de tratar en moral es el placer. Muchas personas limitan su significado al ámbito erótico. Ttras lo vinculan al vicio de la gula. Nosotros, como hijos de santo Tomás de Aquino y san Juan Pablo II, nos preguntamos primero por la realidad del placer. ¿Qué es? ¿Existe? ¿De qué manera?
El placer no es una sustancia, no es una cosa, no tiene existencia por sí mismo. No podemos comprar un placer ni conservarlo para después. Esto es lo primero que debemos hacer: negar la existencia del placer como elemento. Es cierto que existe y que tiene cierta realidad.
Placer, perfección de la perfección
Aristóteles y santo Tomás de Aquino coinciden en denominarlo perfección de perfección (acto del acto). En otras palabras, se trata de algo que adviene cuando se realiza otra cosa. Esa “otra cosa” es una acción, una operación. El placer no existe si no es como consecuencia de una acción.
Algunos nos dirán, “pues claro”. A pesar de la obviedad de las afirmaciones, entenderlo como lo subsecuente a otra cosa ayuda a desmitificar muchas cuestiones.
En primer lugar, el placer no tiene un valor moral en sí mismo. No podemos llamarlo “bueno” o “malo” sin considerar la acción de la que proviene.
Por ejemplo, si comemos un chocolate y sentimos placer, no deberíamos juzgarlo por ser placer, sino por la acción completa. Puede que el chocolate haya sido un regalo y lo disfrute, lo cual hace del placer algo bueno. También, podría ser el caso de haberlo robado, por lo que el placer confirma la bondad del chocolate (“es rico”). Aunque es malo en relación a su origen: el hurto.
Provoca, así, el placer una percepción difusa o equivocada del hecho, ya que al sentir placer a raíz directa o indirecta por una acción mala (pecado), el sujeto podría llegar a consentir con mayor facilidad repetir el acto malo. Así inicia todo vicio.
Por lo tanto, el placer es un arma de doble filo que puede tanto orientar la voluntad del hombre hacia la virtud como hacia el vicio.
Placer en el ámbito sexual
En cuanto a la moral sexual, el placer juega un rol importante. De hecho, el placer que adviene por la relación sexual se debe a que, de otra manera, la especie sucumbiría.
Pensemos que actos ennoblecedores, como el estudio, que no proveen placeres inmediatos son poco habitados por la mayoría de las personas. Parece ser, entonces, importante en el plan de Dios cierto placer en el acto sexual para el mantenimiento de la especie.
Es necesario que cause placer para que más personas deseen hacerlo. El placer sexual no es causante de bondad en sí mismo, sino confirmación de una acción.
¿El acto sexual es bueno entonces? Claro que sí, siempre y cuando se lleve a cabo conforme nuestra dignidad de personas. Es decir, en tanto y cuanto sugiera la perfección del hombre y no su perdición en lo profundo del vicio.
¿Qué implica, pues, la humanidad del acto sexual? La unidad y la mutua fidelidad de los esposos, el significado religioso, el sacramento, la apertura a la vida y la educación de los hijos. Si se quisiera eliminar algo de lo anterior, cabe la pregunta ¿para qué se desea llevar a cabo el acto sexual? ¿Sólo por placer? Si es así no se ha comprendido el verdadero sentido.
La búsqueda desmedida del placer
El placer no puede ser un fin en sí mismo porque carece de estatuto moral. No es bueno o malo por sí solo. El fin de la vida del hombre debe ser algo bueno en sí mismo, algo de lo que no se pueda hacer mal uso.
Si se busca el placer por el placer, vale igual el acto sexual como conectarse a una máquina que produzca la misma sensación. Sería un gran problema desear esto último, implicaría una alienación que nos separe de la condición humana que exige encuentro, que clama por un rostro.
Solamente se buscaría algo que no existe como si fuera real estando realmente alejados de nuestra existencia. Las consecuencias son graves: el uso del otro para beneficio propio. De este modo, el otro vale lo que proporciona, convirtiéndose en un valor de cambio, lejos de su ser personal con dignidad.
¿Todo esto para qué? La búsqueda desmedida del placer lleva a un deseo infinito que no encuentra saciedad en la materia finita del mundo.
¿Qué se busca en realidad?
Se busca la perfección de la posesión de la Belleza. Eso es lo que se anhela en lo más profundo del alma. En muchas ocasiones, nos aferramos a una cosa cuando, en realidad, el deseo clama trascendencia.
¿Quién se conforma con lo poco cuando puede obtenerlo todo? El arquero sabe a dónde apuntar porque conoce el objetivo. No gasta la única flecha de su propia vida en trozos de madera en vez de apuntar al “blanco”. Pensemos así nuestra vida y el modo en que la ofrecemos.
Quien busca el placer sexual, está condenado a la locura de ser el burro detrás de una zanahoria. Quien comprende que el placer adviene luego de una acción y quiere que esa acción corresponda con el anhelo profundo e infinito de su existencia, lo entendió todo.
No desea el placer sexual, sino una esposa, un rostro por el cual dar la vida. Regresamos al punto inicial. No se trata de condenar al placer, sino de redescubrirlo como la perfección de una acción que permite comprender una realidad profunda que da sentido a la existencia.
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¿Entonces? En realidad, en lo profundo del alma, nadie quiere sólo sexo. El placer no orienta a ello. Lo que se anhela es un horizonte mucho más amplio, una presencia que de sentido a nuestra existencia. Se desea a alguien por quien dar la vida y saber que esa persona también la daría por uno. Luego, y solamente después de esto, sentiremos que toda acción que realizamos tiene un sentido nunca antes imaginado.
Podemos decir que gran parte de esto inició con el placer, y culminó con la búsqueda de la felicidad humana. Como toda acción que busca ser, de hecho, propiamente humana. No se trata, pues, de perderse en el placer, sino de encontrar el valor personal del otro a través de una acción conjunta. Un valor que se confirma en la bondad de la común naturaleza humana compartida en la unión sexual matrimonial.
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En nuestro mundo, la autoestima está tan expuesta a padecer ataques. La sobre exposición de la intimidad, los montajes, se venden como vida real cotidiana. La cercanía al “tras bambalinas” de artistas, famosos, intelectuales e influencers nos invita a la comparación constante. Por eso, los invito a sacar del coma farmacológico a nuestra autoestima, reconocer y poner en valor nuestros propios dones, talentos y virtudes, porque ello, realmente, es un arte.
Un don no solo debe reconocerse, sino también, cultivarse y expresarse. Pues implica un proceso profundo de autoconciencia, sensibilidad y creatividad. No basta con identificarlos, hay que aprender a valorarlos, integrarlos y expresarlos en la vida cotidiana.
Y esto es un verdadero arte, porque tal como una pieza de danza, un lienzo en atril, una fotografía, o una melodía, transforma lo invisible en algo visible, palpable y significativo.
Camino hacia el amor propio sano.
Muchas veces evitamos poner en valor nuestros dones por miedo a ser catalogados como egocéntricos, orgullosos o vanidosos. Reconocer lo que portamos es parte de la construcción de un amor propio sano y, lejos de significar vanidad, es autoaceptación.
Claro que puede ser un gran desafío para aquellos que carecen de un autoestima fortalecido, que han crecido con etiquetas, que han naturalizado el rechazo, la desaprobación y el desmerecimiento externo. Se han acostumbrado tanto a no ser vistos, considerados o sencillamente elegidos, que han quedado ligados a una visión distorsionada de sí mismos y dependientes de la aprobación de quienes le rodean.
Las personas con la autoestima empobrecida temen reconocer un don propio, por la creencia de que su valor solo puede ser titulado bajo la mirada y aprobación externa. Justamente este proceso puede ser sanador y restaurador para un autoconcepto dañado.
Reconocer los propios dones es un acto de amor propio que fortalece la autoestima, permite vivir en libertad y con mayor plenitud, y ayuda a respetarnos y cuidarnos. En simples palabras, significa abrazar y reconocer nuestra esencia. Cada don es un regalo único, aceptarlos con humildad y ponerlos al servicio de nuestra vida y de los demás es cumplir su fin.
Supone equilibrio y humildad.
Valorar lo que poseemos, lo que somos, sin caer en la soberbia, es un ejercicio de humildad. Reconocer nuestros dones no significa ignorar los defectos. Más bien, implica aceptar también limitaciones, no negar la humanidad que nos hace imperfectos.
Aceptar nuestras limitaciones es parte del amor propio. Nos recuerda que somos humanos. Nos quita el peso del perfeccionismo inalcanzable, y sobre todo nos acerca más a Dios, alejándonos de la autosuficiencia, y haciendo crecer nuestra fe.
En definitiva, reconocer nuestros dones nos da confianza. Además, reconocer nuestras limitaciones, nos da humildad. Juntos nos conduce a un amor propio genuino y a una relación más profunda con Dios, porque entendemos que, como dice en Su Palabra “Mi poder se perfecciona en la debilidad”. El verdadero crecimiento personal surge de valorar lo bueno y trabajar en lo mejorable.
Obstáculos
Reconocer nuestros propios dones, muchas veces, supone enfrentar obstáculos que intentan ocultar, negar o impedir su conocimiento. En ocasiones tendremos que poner en marcha un profundo trabajo de introspección, de búsqueda y sobre todo sobreponernos a nuestro auto boicot, ya que nuestros dones están ocultos bajo la autocrítica o la comparación.
Se trata de aprender a ponerle límites al impulso de la comparación, entendiendo que hay una sana y una dañina. Cuando miramos a otras personas y admiramos sus dones, talentos, logros, resultados, puede servirnos de impulso e inspiración para persistir en aquello que nos hemos propuesto alcanzar. Así, la comparación constante que solo viene a llenarnos de inseguridad, puede nublar nuestra visión.
Tenemos que entender que todos somos distintos, y que no hay mejor forma de vivir nuestra vida que siendo únicos, valorando lo que somos, lo que portamos, y dejando de desear ser otra persona.
Tiene un efecto transformador
El arte tiene la capacidad de darle luz a aquello que muchas veces no podemos expresar con palabras. Al hacerlo, puede transformar nuestra manera de mirar el mundo y de mirarnos a nosotros mismos. De la misma manera, aprender a reconocer nuestros propios dones puede convertirse en una experiencia profundamente transformadora.
Reconocer un don implica detenernos para descubrir aquello que nos habita: nuestras capacidades, sensibilidades, talentos, formas particulares de crear, de acompañar, de comunicar, de resolver, de escuchar o de inspirar a otros. Muchas veces esos dones están tan incorporados a nuestra manera de ser que no los reconocemos como algo valioso. Incluso podemos llegar a pensar que aquello que hacemos con naturalidad “no tiene mérito” simplemente porque para nosotros resulta fácil.
Sobre todo, reconocer nuestros dones puede ayudarnos a descubrir nuestro propósito. Aquello que hacemos con pasión, aquello que nos moviliza y aquello que podemos aportar puede convertirse en una brújula para tomar decisiones y potenciar nuestra identidad.
Este reconocimiento también transforma nuestra manera de vincularnos. Cuando conocemos y valoramos nuestros dones, podemos ponerlos al servicio de los demás sin necesidad de compararnos, competir o buscar constantemente aprobación. Comprendemos que cada persona tiene una manera singular de aportar y que la multiplicidad de dones enriquece nuestras relaciones interpersonales.
Cuando aprendemos a poner nuestros dones en movimiento, el reconocimiento deja de ser solamente una mirada hacia adentro y se convierte en una forma concreta de transformar su entorno.
¿Cómo lograrlo?
Empezá por vos mismo. Comenzá por tratarte con amabilidad, a no condenarte por los errores cometidos, por las metas no alcanzadas, por aquello que no pudo ser. Sencillamente, dejá de juzgarte duramente con críticas frente al espejo y mejor invertí este tiempo en desarrollar fortalezas con mirada hacia adelante.
Parate en los “sí”, lo que sí has alcanzado, lo que sí podes lograr de ahora en más, lo que sí pudiste superar y lo sí vas a proponerte. Aprendé a hacer una escritura reflexiva, anotando los momentos en los que te sentiste orgulloso de vos mismo.
Cuídate. Mjorate. Hacelo por vos mismo, que tu meta no sea alcanzar o agradar miradas ajenas, sino lograr un propio mejoramiento personal.
Cuidá tu cuerpo. Abrazá tus dones, tus talentos. Cultivalos y hacelos crecer. Sobre todo compartí esos dones. Poné tus capacidades al servicio de otros refuerza tu sentido de propósito.
***
Como una obra de arte, nuestros dones necesitan tiempo, inspiración y dedicación. Algunos necesitan ser descubiertos. Otros, desarrollados. Aquellos, recuperados después de haber sido olvidados. Sea cual fuere el caso, para que esa maravillosa obra tenga existencia, necesita ser expresada y desarrollada, así como un lienzo en blanco se convierte en arte cuando se topa con acrílicos, de igual modo sucede con nuestros dones, deben convertirse en palpables.
Porque un don que no se reconoce, permanecerá escondido. Un don que se reconoce, no se desarrolla y quedará como una posibilidad sin realizar, como un mero “quizás” o un “si hubiera…” que nos acosará toda la vida.
Cuando reconocemos nuestros dones, dejamos de vivir intentando encajar en moldes ajenos y comenzamos a habitar nuestra propia identidad. Allí aparece una forma más profunda de libertad: la libertad de ser quienes somos, de desarrollar aquello que nos fue dado y de compartirlo desde la autenticidad.
Por el contrario, no reconocerlos o no desarrollarlos es un acto egoísta, porque lo que poseemos, puede convertirse en algo que enriquezca la vida de otros. Una persona puede tener el don de escuchar, otra de enseñar, otra de crear, otra de acompañar, otra de organizar, otra de comunicar, otra de cuidar, otra de motivar. No todos los dones tienen que ser visibles, extraordinarios o reconocidos públicamente para ser profundamente significativos.
Reconocer nuestros dones es, entonces, aprender a contemplar nuestra propia obra en construcción. Es aceptar que somos únicos, imperfectos y capaces; que tenemos fortalezas y debilidades, talentos y aprendizajes pendientes. Es dejar de preguntarnos solamente “¿Qué me falta para ser suficiente?” y comenzar a preguntarnos también “¿Qué hay en mí que puede crecer, aportar y transformar?.”
Le gustas a alguien. Entonces, te escribe primero. Se acuerda de lo que le contaste hace tres semanas. Te invita, te busca, se ofrece a ayudarte con cosas que nadie más se ofrece. Y tú no sientes lo mismo.
En apariencia, no pasa nada malo. Contestas sus mensajes, aceptas el café, agradeces el favor. Nadie está haciendo daño a nadie. ¿O sí?
Lo contrario del amor
Uno puede pensar que lo contrario del amor es el odio, o la indiferencia. No. Karol Wojtyla, antes de ser San Juan Pablo II, lo explicó en su libro Amor y responsabilidad que lo contrario de amar es usar.
Una persona nunca es una cosa. Tiene un valor que no depende de lo que me aporte. Ante ella la única actitud que le corresponde es el amor.
Usar a alguien es tratarlo como objeto: algo que me sirve para sentirme deseado, para levantarme el ánimo, para no aburrirme, para tener a quién recurrir «por si acaso». Aquí está lo incómodo: si ya sabes que no te gusta, ¿para qué sigues recibiendo su cariño?
Cada mensaje que contestas con calidez, cada favor que aceptas, cada plan al que dices que sí, el otro lo lee como esperanza. Tú lo sabes. Él o ella no. Eso es una forma de usar, aunque nadie lo haya planeado así.
El criterio que lo aclara todo
Hay una pregunta que funciona incluso si no crees en nada: ¿el otro sabe lo que necesita saber para decidir libremente?
Si cree que existe una posibilidad que tú sabes que no existe, ya no está decidiendo él. Estás decidiendo tú por él.
Entonces, ¿se puede aceptar el cariño de alguien que te quiere sin usarlo? Sí, solo de una manera: que sepa la verdad.
Lo que recibes de alguien que sabe lo que sientes es un regalo. Lo que recibes de alguien a quien le escondes lo que sientes, se lo estás tomando.
¿Y por qué mentimos?
En consulta lo veo una y otra vez. La respuesta real, dicha crudamente, casi siempre es una: “no me gustas”. Casi nadie la dice. En su lugar aparecen frases como «no estoy listo para una relación» o «ahorita estoy enfocado en mí».
Suenan consideradas, y comunican otra cosa: “no es que no me gustes, es que ahorita no”. El otro hace lo lógico: espera. Sigue invirtiendo. La excusa no lo protege; lo deja amarrado.
¿Por qué lo hacemos? Porque decir «no me atraes» se siente cruel. Nadie quiere verse a sí mismo rechazando a alguien por cómo se ve. La mentira nos ahorra esa incomodidad.
Se la ahorra a quien la dice, no a quien la recibe. A veces hay algo más: no queremos perder la atención. Decir la verdad cierra la puerta y con ella se van los mensajes y la sensación de ser querido.
La química importa. ¿Le diste oportunidad?
¡Que alguien no te atraiga no es un defecto tuyo ni un pecado, ni es que seas la persona más mala de mundo! La atracción forma parte del amor. Wojtyla mismo le dedica páginas al deseo y a la afectividad como parte de la experiencia amorosa. Nadie está obligado a casarse con quien no le atrae.
El problema es otro: muchas veces la química sí podría estar, pero ni siquiera se llega a conocer a la persona, porque se le batea o rechaza antes por el físico.
Hay investigación sobre esto. Un estudio publicado en Psychological Science en 2015 analizó a 167 parejas. Encontró que las parejas que se gustaron rápido, recién conocidas, solían ser parecidas en lo guapas que eran: guapo con guapa, normalito con normalita.
En las parejas que se conocían desde hacía tiempo antes de andar, o que primero fueron amigos, eso ya no pasaba tanto. Dicho simple: cuando conoces a alguien de verdad, el físico pesa menos en la decisión.
Por eso, antes de responder, distingue cuál de estas tres es la tuya:
- No me atraes y no va a cambiar.: ya lo conoces lo suficiente. No hay química y lo sabes.
- No me atraes todavía, pero casi no te conozco: no es un no. Es un «no sé».
- Me da vergüenza que me vean contigo: la más incómoda de admitir y la más reveladora.
Qué le puedes decir en cada caso
A continuación, te dejo las tres situaciones de las que hablamos, explicadas una por una, y en cada una te propongo un ejemplo de lo que le podrías decir a esa persona. No son frases para copiar al pie de la letra: tómalas como guía y dilo con tus propias palabras.
Situación 1: ya lo conoces bien y sabes que no te atrae, ni te va a atraer
Aquí no hay nada que esperar ni que descubrir. Lo más honesto, y lo más respetuoso, es decirlo claro y pronto.
Podrías decirle algo así: «te lo digo claro porque te respeto: no siento atracción por ti, y no va a cambiar. No es que no sea buen momento. Prefiero decírtelo ahora a dejarte esperando algo que no va a llegar.»
O si sientes que esta horrible, le puedes decir siento que no somos compatibles, que también es cierto, y no mencionas la atracción. No le debes una explicación larga de por qué. Esa frase está completa.
Situación 2: no te atrae todavía, y la verdad es que casi no lo conoces.
Aquí no tienes un «no», tienes un «no sé». Y lo honesto es decir exactamente eso, sin prometer nada que no sientes.
Podrías decirle algo así: «no sé qué siento todavía, y no quiero darte una idea equivocada. Si quieres que nos conozcamos más así, sin prometernos nada, me late. Si en algún momento tengo claro que no, te lo voy a decir.»
Esto no es dar largas. Es decirle la verdad y dejar que la otra persona decida si quiere conocerte en esas condiciones.
Situación 3: te gusta su compañía, y te da vergüenza que te vean con esa persona.
Esta es distinta a las otras dos, porque aquí no hay una frase que decirle al otro. Primero hay una pregunta que tienes que hacerte a ti: ¿qué dice de mí que me importe más lo que piensen los demás que la persona que tengo enfrente?
Si aceptas su cariño en privado y lo escondes en público, lo estás usando. Antes de responderle a esa persona, te toca responderte a ti. Aun más fuerte, será que la persona si me gusta a mí, me convence a mí, y pienso “antes muerto que me vean con el o ella”.
Señales de que ya lo estás usando
- Le escribes cuando estás aburrido o triste, porque sabes que te va a levantar.
- Aceptas regalos, favores o planes que sabes que lee como esperanza.
- No le dices la verdad «por si acaso» algún día cambia lo que sientes. Como quien dice dejas una velita prendida.
Si te reconociste en alguna, no es para castigarte. Es para darte cuenta. Y darte cuenta ya es empezar a tratarlo como alguien, no como algo.
***
Lo que nadie quiere escuchar: lo fácil es quedarse en la ambigüedad: no decir que sí, no decir que no, y seguir recibiendo. Amar, incluso cuando no es amor romántico, empieza por respetar al otro. Y no hay respeto sin verdad.
«No me gustas» duele una vez. «No estoy listo» duele por meses.
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