Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

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Vivimos en una época obsesionada con el control. Gestionamos por minuto nuestra agenda, medimos por gramo nuestra alimentación, analizamos nuestra productividad y hasta monitoreamos nuestros patrones de sueño. No es extraño que también queramos controlar nuestra fertilidad.

¿Debemos adaptar la vida humana a nuestros planes, o adaptar nuestros planes a la realidad de la vida humana? La congelación de óvulos pretende lo primero: ofrecer una ilusión de control sobre algo que, en esencia, está atravesado por múltiples variables fuera de nuestro alcance.

La ilusión de control

La razón por la que muchas mujeres consideran congelar sus óvulos es comprensible. Es profundamente humano el miedo a quedarse sin tiempo, a no encontrar la pareja indicada o a que la fertilidad disminuya antes de estar listas para formar una familia. La congelación de óvulos parece ofrecer una respuesta tranquilizadora: “no te preocupes, guarda tu fertilidad para después”.

Sin embargo, la fertilidad humana no es una alarma a la que se le pueda poner “snooze”.

A pesar de los enormes avances científicos, seguimos sin comprender plenamente el origen y el desarrollo de la vida humana. Entendemos cada vez mejor los mecanismos biológicos de la reproducción, pero eso no significa que podamos garantizar sus resultados.

Incluso cuando un óvulo y un espermatozoide se unen, ya sea de forma natural o mediante intervención médica, nadie puede asegurar que esa nueva vida continúe su desarrollo. Cuanto más avanzamos tecnológicamente, más evidente se vuelve una realidad incómoda: podemos intervenir en la vida, pero no podemos dominarla ni producirla.

La vida es un don de Dios. Participar en ella como co-creadores a través del abrazo conyugal es un gran regalo. Sin embargo, por más que el ser humano ha intentado comprender y controlar su origen, la vida sigue escapando a su dominio. La vida no es un objeto que podamos poseer. Nos recuerda que no somos dueños absolutos de la existencia, sino receptores de algo que nos supera.

Lo que realmente garantiza (y lo que no)

La congelación de óvulos no garantiza un embarazo ni un nacimiento. No garantiza que los óvulos sobrevivan al proceso de descongelación, ni su fecundación, ni su implantación en el útero materno.

Tampoco garantiza que, años después, el cuerpo de la mujer esté en condiciones óptimas para sostener un embarazo. El cuerpo no es el mismo, y es en él donde crecería ese óvulo fecundado. Sus prioridades, simplemente, cambian.

La fertilidad no puede reducirse a un óvulo almacenado en nitrógeno líquido. Es mucho más que eso: es el resultado de la interacción compleja de sistemas endocrinos, metabólicos, neurológicos y reproductivos que cambian constantemente a lo largo de la vida. Lo que esta tecnología ofrece no es una garantía, sino una posibilidad limitada presentada como si fuera control.

Cuando el miedo se convierte en mercado

El deseo de ser madre es profundo en la mayoría de las mujeres, aunque a veces esté oculto o postergado. Y junto a ese deseo convive un miedo igual de profundo: la posibilidad de no poder serlo. Es precisamente en esa tensión donde este modelo se vuelve tan rentable.

La congelación de óvulos se inserta en una cultura que durante décadas ha promovido retrasar la maternidad: primero estudiar, luego trabajar, consolidar una carrera, viajar, “vivir” y realizarse personalmente.

La fertilidad queda desplazada, como si fuera un obstáculo para el proyecto individual. Y cuando el tiempo biológico empieza a mostrar sus límites, aparece la solución: preservar la fertilidad mediante tecnología. El mismo sistema que durante años enseñó a desconfiar del cuerpo femenino ahora ofrece pagar para intentar recuperarlo.

Cuando el cuerpo está en condiciones, la fertilidad se pospone o se rechaza. Cuando ya no lo está, se intenta recuperar pagando por ello. Esto no es una ironía menor: es una contradicción estructural.

Una realidad que no puede eliminarse

Congelar óvulos no es un acto aislado. Su uso requiere fecundación in vitro, lo que implica la creación de embriones humanos fuera del cuerpo materno y fuera de la relación íntima conyugal, el único acto mediante el cual, de forma natural, puede originarse una nueva vida.

Aquí aparece una cuestión ética inevitable: la vida humana no es material biológico disponible, sino un don sagrado que debe ser acogido y custodiado desde su inicio. Porque una vez que la vida humana entra en un proceso de producción y selección, las preguntas ya no son solo médicas, sino morales:

  • ¿Qué ocurre con los embriones que no son implantados?
  • ¿Qué ocurre con aquellos que son descartados?
  • ¿Qué pasa con los que permanecen congelados indefinidamente?

El embrión es ya un ser humano en sus primeras etapas. No hablamos de material biológico, sino de vida humana en desarrollo. Y eso cambia completamente la naturaleza del debate.

¿Hasta dónde debe llegar nuestro poder?

La congelación de óvulos forma parte de una tendencia más amplia: la idea de que todo en la vida humana puede planificarse, almacenarse y reactivarse según conveniencia. La vida no es un proyecto de ingeniería. La fertilidad no es una mercancía. Y los hijos no son productos que puedan obtenerse bajo demanda.

Los hijos son un don. La vida no se fabrica: se recibe. Existe una diferencia esencial entre cuidar la fertilidad y pretender dominarla; entre recibir la vida y producirla; entre acompañar procesos naturales y reemplazarlos.

Cuando las tecnologías reproductivas nos permiten decidir cada vez más sobre el cuándo y el cómo de la vida humana, surge una pregunta inevitable: si estamos actuando como custodios de la vida o si estamos ocupando un lugar que no nos corresponde.

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Entiendo por qué tantas mujeres consideran congelar sus óvulos. La incertidumbre puede ser difícil, y el deseo de preservar opciones es profundamente humano. Tienen que saber que la congelación de óvulos no resuelve el problema que pretende resolver.

  • No elimina el paso del tiempo.
  • No garantiza un embarazo ni un nacimiento.
  • No garantiza control, porque la vida es una realidad que nos supera.

Lo que sí hace es reforzar la idea de que la fertilidad puede almacenarse, posponerse y administrarse según nuestros planes. Si incluso el dinero con el que buscamos “congelar” nuestra fertilidad pierde valor con el paso del tiempo, ¿cómo esperar que los óvulos, el cuerpo y la fertilidad permanezcan intactos?

La fertilidad, como don recibido, no funciona como un sistema de almacenamiento, sino dentro de los límites del tiempo, del cuerpo y de la vida. La pregunta no es si debemos congelar óvulos. La pregunta es si estamos dispuestos a soltar el control sobre aquello que nunca nos perteneció del todo.

Porque la vida no se posee, se recibe. No todo lo que puede hacerse debe hacerse. Y la capacidad de intervenir en la vida nunca nos convierte en sus dueños.

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Luego de una discusión de un tema que se repite, puede ser que pienses “mi pareja nunca va a cambiar”. En el 69% de los casos, quizá efectivamente nunca cambie. Este no es un artículo triste o para que vivas en el conformismo. Es ciencia y fe al servicio de las relaciones, vamos a ver.

Si este no es el primer artículo mío que lees, ya sabrás que me encanta difundir los descubrimientos de John Gottman y su equipo. En una de ellos descubrieron que de las miles de parejas que han estudiado hay un patrón común interesante sobre los conflictos y es que aproximadamente el 69% de los conflictos matrimoniales son perpetuos. Es decir, son problemas que nunca desaparecen por completo.

Si estás atravesando discusiones de pareja frecuentes, esto no significa necesariamente que tu relación esté mal o que hayas elegido a la persona equivocada. En muchos casos, significa simplemente que estás experimentando una realidad común a prácticamente todas las parejas.

La diferencia entre una pareja feliz y una pareja en crisis no está en eliminar estos conflictos, sino en aprender a convivir con ellos.

Nuestros conflictos…

Cuando pensamos en conflictos de pareja solemos asumir que todos tienen solución con un poco de comunicación, reglas claras y cambios de conducta. La realidad es que las personas somos mucho más complejas y la mayoría de las discusiones surgen de diferencias profundas de personalidad, valores, experiencias o preferencias.

Por ejemplo:

  • uno necesita planificarlo todo y el otro es espontáneo.
  • Uno es más sociable y el otro más reservado.
  • Uno valora más el ahorro y el otro disfruta gastar.
  • Uno necesita hablar los problemas inmediatamente y el otro requiere tiempo para procesarlos.

Estas diferencias forman parte de quiénes somos. Nuestra identidad y esto no se puede cambiar con una varita mágica. Por eso Gottman afirma algo que suele resultar incómodo de escuchar: cuando eliges una pareja, también eliges un conjunto de problemas con los que probablemente convivirás durante décadas.

Diferencia entre problemas perpetuos y solubles

El problema es que muchas veces queremos tratar los problemas perpetuos como solubles y la frustración tiende a crecer, muchas parejas que llegan a terapia lo hacen bajo esta perspectiva, ven cómo al inicio de la relación se encontraban con problemas que luego de un acuerdo se solucionan, pero con los años, hay cosas que no cambian, por mucho que se aborde de diferentes maneras.

Son conflictos solubles aquellos que aparecen en situaciones particulares. Por ejemplo, es un conflicto soluble el discutir por quién limpia la cocina un día de mucho estrés. Pues se trata solo de la tarea y no del carácter del otro.

En cambio, los conflictos perpetuos tienen un origen en la personalidad, valores o estilos de vida de cada uno. No aparecen a veces. Coexisten de manera cotidiana. Pueden generar mayor o menor molestia según estén los ánimos del día a día. Un ejemplo puede ser que a uno de los dos no le guste nada tener que salir a pasear en verano, mientras que el otro desea tomar el sol.

¿Se puede tener una buena relación si existen problemas perpetuos?

¿Si todas las parejas tienen problemas perpetuos por qué algunas logran construir matrimonios felices? La respuesta está en la forma en que enfrentan esos conflictos.

Las parejas emocionalmente sanas entienden que no todas las diferencias deben resolverse. En lugar de intentar cambiar constantemente al otro, aprenden a convivir con ciertas tensiones inevitables.

Esto les permite hablar de temas difíciles sin convertir cada conversación en una batalla. Incluso muchas parejas felices desarrollan una capacidad sorprendente para reírse de sus diferencias. No porque el problema haya desaparecido, sino porque ya no amenaza la relación.

La caridad en nuestra relación

Este tipo de temas nos permite madurar en nuestra forma de amar, nos abre a preguntas como ¿quiero a esta persona tal como es?, ¿o quiero la proyección de lo que quiero que se convierta?, ¿soy capaz de amar a esta persona incondicionalmente o cuando sus defectos me estorben la desecharé?

Preguntas fuertes, pero que vale la pena hacerse antes de un compromiso grande, como lo es el matrimonio

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¿Conformismo o aceptación? Jacques Philipe, sacerdote y gran escritor espiritual nos invita a entender la importancia de vivir en una actitud de aceptación, no de conformismo frente a la voluntad de Dios, y esto mismo podemos aplicarlo a las relaciones.

Conformarnos con una relación no es realmente lo que Dios espera de nosotros, por eso el noviazgo es un tiempo de maduración y profundo discernimiento que nos abre camino al aceptar al otro, tal como es. Aceptarlo significa que conociendo como es, nos comprometemos a amarlo, incluso si esos “defectos” o características que nos nos agradan del todo, nunca se van.

Esta es una diferencia importante en tiempos de amores líquidos, donde se trabaja poco por construir y mantener el amor. ¿Qué piensas tu?

La pregunta por la realización femenina parece más abierta que nunca. Tenemos más opciones, más oportunidades y más libertad para elegir nuestro proyecto de vida. Sin embargo, muchas mujeres experimentan una paradoja: nunca hubo tantas posibilidades y, al mismo tiempo, nunca pareció tan difícil sentirse plenamente realizadas.

El rol como expresión de nuestra personalidad

Cuando hablamos de un rol nos referimos al conjunto de responsabilidades, vínculos, decisiones y formas de actuar que asumimos en nuestra vida. Somos hijas, amigas, profesionales, esposas, madres, estudiantes. Aunque ocupemos distintos roles, no tenemos múltiples personalidades. Seguimos siendo la misma persona.

Los roles no nos quitan identidad; más bien son una forma de expresarla. Cada mujer vive la maternidad, la amistad o la profesión de una manera única porque cada una posee una historia, una sensibilidad y una personalidad irrepetibles. Por eso, lejos de quitarnos identidad, los roles revelan nuestra singularidad.

La realización personal en la sociedad del rendimiento

Hoy solemos asociar la realización personal con la acumulación de logros, experiencias y reconocimiento. El filósofo Byung-Chul Han advierte que vivimos en una sociedad donde cada persona se convierte en su propio explotador. Ya no necesitamos que alguien nos imponga metas; lamentablemente nosotros mismos nos exigimos producir más, rendir más y demostrar constantemente nuestro valor.

Las mujeres tampoco son ajenas a esta dinámica. La realización termina convirtiéndose en una competencia silenciosa: quién estudia más, quién viaja más, quién tiene mejor trabajo, quién forma una familia perfecta, quién mantiene una imagen impecable. En lugar de sentirnos libres, muchas veces terminamos agotadas intentando cumplir con todos los estándares al mismo tiempo.

La tensión entre trabajo, maternidad y familia

Uno de los debates más importantes de nuestro tiempo gira en torno a la maternidad. Con frecuencia se presenta como una alternativa opuesta a la realización personal, como si una mujer debiera elegir entre desarrollarse profesionalmente o formar una familia.

Sin embargo, la experiencia humana es mucho más compleja. El deseo de ser madre no ha desaparecido. Muchas mujeres siguen valorando profundamente la maternidad, aunque experimenten incertidumbre respecto al momento adecuado para vivirla o las condiciones necesarias para hacerlo.

En la cultura actual la libertad y la coacción pueden confundirse. Creemos elegir libremente, pero a veces nuestras decisiones están condicionadas por una lógica de rendimiento que termina dictando qué vale la pena y qué no. Cuando la productividad se convierte en la medida de nuestro valor, incluso nuestras elecciones más personales pueden terminar subordinadas a ella.

¿Qué significa realizarse como mujer?

La filósofa Edith Stein propone una visión integradora de la vocación femenina. Para ella, toda mujer está llamada a una triple vocación: a nivel humano, femenino e individual que se ha de desarrollar de manera complementaria.

Desde esta mirada, la realización no consiste en negar alguna parte de lo que somos, sino en integrar todas nuestras dimensiones en una unidad coherente. El mundo no necesita mujeres que renuncien a sí mismas para encajar en modelos ajenos. Necesita mujeres capaces de descubrir quiénes son y entregar ese don a los demás.

Roles que liberan, no que esclavizan

La verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa ni en responder a las expectativas de los demás. Consiste en elegir aquello que nos permite amar mejor y crecer como personas.

Cada mujer está llamada a discernir su propio camino. Algunas decisiones implicarán priorizar la profesión, otras la maternidad, otras una combinación distinta de ambas. Lo importante es que esas elecciones nazcan de una reflexión sincera sobre la propia vocación y no de las presiones culturales del momento.

La pregunta decisiva no es qué esperan los demás de mí, sino qué tipo de persona me estoy convirtiendo con las decisiones que hago a diario. La maternidad, el matrimonio, la profesión, el liderazgo o el servicio no esclavizan por sí mismos. Lo que esclaviza es la lógica que mide el valor de una mujer únicamente por su rendimiento, su productividad o su capacidad de cumplir expectativas ajenas.

Paradójicamente, una cultura que promete liberarnos de todo rol puede terminar imponiendo uno nuevo: el de una mujer que debe demostrar constantemente su éxito, independencia y autosuficiencia.

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Un rol puede convertirse en una carga cuando es impuesto desde fuera, cuando reduce a la persona a una función o cuando le exige renunciar a su dignidad y singularidad. También, puede ser un camino de realización cuando expresa quiénes somos y nos permite entregarnos libremente a los demás.

Una mujer no se realiza cuando acumula experiencias, logros o reconocimientos. Se realiza cuando llega a ser plenamente quien está llamada a ser.

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