Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
Artículos recientes.
Artículos recientes.
Dios nos dio permiso de llamarlo «Padre» no como un simbolismo, una metáfora bien intencionada o una figura retórica, sino como una realidad profunda. Es lo más cierto en nuestra vida.
Él busca que vivamos con la certeza auténtica de ser sus hijos. Sin embargo, a menudo, nos cuesta aterrizar este concepto a nuestra rutina diaria, preguntándonos qué implica realmente ese vínculo en la práctica.
Una lección evangélica
Jesús nos lo muestra en parábolas que tocan nuestras fibras más íntimas. Recuerda al Hijo Pródigo: el hijo menor lo abandona todo, derrocha su herencia y acaba entre cerdos, sintiéndose indigno.
Al volver, el padre no lo interroga ni lo castiga. En cambio, sale a su encuentro. Lo abraza y celebra: «este mi hijo muerto estaba y ha revivido».
Ese abrazo es el nuestro de cada día en la confesión, en la oración. ¿Cuántas veces has sentido que Dios te dice lo mismo, sin importar tus caídas?
Él habla en serio… y lo prueba
La prueba de este amor es radical: no escatimó ni con su propio Hijo predilecto, permitiendo su sacrificio para que nosotros recobráramos la vida. Lejos de ser un espectador pasivo que espera nuestro regreso sentado, Dios es como el padre de la parábola del hijo pródigo: alguien que corre a nuestro encuentro, nos abraza y celebra nuestra vuelta.
Como dice la Escritura, al entregarlo todo por nosotros, nos demuestra que su mayor deseo es tenernos a su lado eternamente.
Hijos… y herederos
La gracia y la gloria comparten la misma esencia: quien habita en la primera, está destinado a la segunda. Al ser parte de la familia de Dios, tenemos derecho a una herencia que se traduce en felicidad infinita, siempre que seamos fieles a Su voluntad.
Llegar al Cielo significa alcanzar la perfección del gozo al estar en unión con Dios. Él nos creó y nos amó con el propósito específico de compartir Su eternidad con nosotros.
Este destino es el único capaz de satisfacer nuestros anhelos más profundos, pues es para lo que fuimos hechos. Es un amor inmenso que no es ajeno a nuestro presente. Se cultiva en lo común y corriente de cada día, preparando nuestro interior para la grandeza que está por venir.
Una verdad que tendemos a olvidar
Cada día, en el bullicio de las preocupaciones —el trabajo, las relaciones, las dudas—, olvidamos esta verdad fundamental: somos hijos amados de Dios.
Esto no es un consuelo pasajero, sino el fundamento de nuestra identidad cristiana, que nos libera, nos fortalece y nos impulsa a vivir como verdaderos hijos. El Catecismo y la tradición lo repiten: por el Bautismo, recibimos el Espíritu de su Hijo, que clama en nosotros «Abba, Padre».
Como dice el Papa Francisco, esta es la «novedad de vida» que nos hace hijos de la resurrección, destinados a la eternidad, más allá de cualquier tristeza o obstáculo.
¿No es asombroso? Un niño, incluso antes de poder hablar o decidir, ya es persona capaz de ser coheredero con Cristo.
***
¿Por qué recordar que somos hijos amados diariamente? Porque el mundo nos tienta a olvidar: nos trata como consumidores, competidores o fracasados. Recordar nuestra filiación nos ancla en la realidad divina.
Este recordatorio no es un lujo; es necesidad. En las tentaciones, como Jesús en el desierto, el diablo ataca nuestra identidad: «Si eres Hijo de Dios…». Si lo recordamos, lo afirmamos, lo creemos, ¡resistimos!
Por otro lado, en el estrés diario, nos evita la ansiedad: ¿para qué preocuparnos si el Padre cuida hasta de las aves…? Empezar y terminar el día con el pensamiento puesto en esta verdad ordena el corazón y sus prioridades.
¿QUIERES SER UN
AMA FUERTE LOVER?
¡Suscríbete!
El título de este artículo proviene de una frase adaptada de Essays On Woman (The Collected Works of Edith Stein). ¿Alguna vez te has preguntado cuál es tu verdadero propósito como mujer?
En un mundo lleno de etiquetas y expectativas, a veces es difícil encontrar una respuesta que no sea superficial. Edith Stein (una filósofa que fue feminista radical y luego Santa) y San Juan Pablo II escribieron textos muy hermosos para explicarnos que ser mujer no es un accidente ni una construcción social vacía, sino una identidad poderosa y única.
Mujer, eres una unidad sustancial
Para empezar, olvida esa idea de que el cuerpo y el alma van por separado. Mujer, eres una unidad sustancial.
Tu alma no «vive» en tu cuerpo como si fuera una casa o un vestido. Tu alma está en todo tu cuerpo. Esto significa que tenemos una especie de “núcleo interno” que no cambia por factores externos. Tu cuerpo expresa a la persona y revela un alma viviente.
El don natural que detecta lo humano
¿Has sentido que captas cosas que otros no ven? No es tu imaginación, es tu intuición espiritual. Edith Stein explica que la mujer tiene un don para lo vivo, lo personal y lo concreto. Tienes la capacidad de ver a la persona que tienes enfrente.
El centro de tu alma es tu afectividad, tu corazón. No se trata de ser «sentimental», sino de una fuerza básica para percibir los valores y responder a ellos. Básicamente, tienes un radar natural para detectar lo que es humano, bello y verdadero.
El significado esponsalicio del cuerpo
¿Te sientes sola? Al principio, todos experimentamos una soledad originaria, no significa estar triste, sino darte cuenta de que eres un ser único, capaz de tener una relación única y exclusiva con Dios.
Y es allí donde nuestro cuerpo tiene un significado esponsalicio, que es la capacidad de expresar el amor donde te conviertes en un «don» para los demás. La verdadera felicidad no está en poseer o usar a otros (eso da vergüenza y rompe el misterio), sino en el don sincero de uno mismo.
La maternidad, vocación primaria
La maternidad es la vocación natural primaria de la mujer, pero no se agota en lo biológico. Es una disposición personal de donación y acogida del otro, para cuidar, proteger y fomentar el crecimiento de lo que está vivo.
Esta maternidad espiritual se traduce en empatía. Es esa fuerza que te permite acompañar a otros en su desarrollo, ya sea en tu familia, con tus amigos o en tu carrera profesional.
Mujer, tu presencia humaniza la cultura
¿Y en el trabajo o la universidad? Los textos son claros: no hay ninguna profesión que una mujer no pueda ejercer. Sin embargo, lo mejor es que, cuando una mujer entra en una profesión, no tiene que actuar como un hombre.
La «mujer genuina» aporta un toque diferente: una mirada cercana que evita proceder de forma abstracta y se centra en las circunstancias vitales concretas. Tu presencia en la vida pública humaniza la cultura porque aplicas ese «ethos femenino» de cuidado y protección que el mundo tanto necesita hoy.
El ritmo natural, el de la montaña rusa
¿Alguna vez has sentido que ser mujer es como vivir en una montaña rusa? A veces nos dicen que nuestra biología es una carga o algo que hay que «controlar» con pastillas para que no moleste. ¿Y si te dijera que ese ritmo que sientes es en realidad tu esencia natural y una escuela de entrenamiento para tu espíritu?
A esa mujer genuina la acompaña su ciclo menstrual, esa montaña rusa que es nuestra biología, que no es una carga, es un gran aliado, a diferencia de un calendario lineal y rígido, la mujer habita un ritmo.
El ciclo menstrual llega como una marea que sube y baja, moviendo tu sensibilidad y cambiando tu luz, tus pensamientos, tu sentir.
Así, el ciclo es como un entrenamiento. Te enseña a distinguir lo que pasa (una emoción intensa o el cansancio) de lo que permanece (tu verdad y tu valor).
El ritmo natural, ejercicio de la templanza
Por ello, es preciso vivir estos ritmos te enseña templanza, no como esa fuerza que te endurece, sino una que te suaviza y te permite sostener tu propia marea y la de los demás. Eso es aprender a ponerte límites con amor y a no confundir un mal día con tu destino.
Recuerda, estar tan cerca de los ritmos de tu cuerpo no es un encierro. Es un camino de maduración. Cuando aprendes a acompañarte en tus días de mayor sensibilidad, desarrollas una empatía increíble para acompañar a los demás en sus procesos.
***
Ser mujer es un verdadero regalo de Dios. La mujer, como «especie» y como individuo único, tiene la misión eterna de proteger y fomentar la vida en todas sus dimensiones.
El reconocimiento de su identidad espiritual y de sus fuerzas propias —la empatía, el pensamiento intuitivo y la capacidad de donación— es esencial para la sanación de una sociedad que a menudo se pierde en la abstracción o el materialismo. En última instancia, la mujer encuentra su libertad y realización plena cuando se une al amor de Cristo, desplegando su vocación como compañera del hombre y socia de Dios.
Este último verano estaba coordinando un campamento con jóvenes en la Patagonia argentina. El contexto no podía ser mejor: lagos de agua cristalina, montañas y bosques bordeando la costa y noches estrelladas para coronar cada día. El lugar había sido cuidadosamente elegido, queríamos que el paisaje sea como un gran museo a cielo abierto, cada obra de arte era un reflejo del corazón del Artista divino. Todo era un “icono” que nos hablaba de la belleza del Creador.
Podríamos decir, de forma análoga, que todo era un “sacramento”, es decir, un signo del amor de Dios por nosotros. Por eso tenía sentido, en ese gran escenario, hablar del amor humano. Porque esa es la joya de toda la colección, la pieza de mayor valor. Dicho de otro modo, el matrimonio es el sacramento por excelencia que, junto con la Eucaristía, nos muestra más claramente el amor de Cristo Esposo por cada uno de nosotros.
Sin embargo, como si fuese una película de intrigas, hay un ladrón que está interesado en robar esa obra. Si el delincuente es exitoso en su asalto, el amor humano se desmorona y la colección de arte pierde su sentido. Ese es el momento en el que nos encontramos hoy: nos han robado el verdadero significado del amor humano y por eso estamos desorientados. Los matrimonios enfrentan crisis, las familias se separan y a los jóvenes les da terror repetir la historia de sus padres. Entonces tiene sentido la pregunta: ¿para qué casarse?
En ese campamento en la Patagonia, una noche nos cruzamos a algunos jóvenes que no formaban parte de nuestro grupo. En ese momento, uno de ellos le preguntó a su amigo: “¿Necesitás que un cura te diga las palabras que confirman que la vas a amar para toda la vida?” Como ellos, muchos piensan lo mismo: “¿Para qué casarse por Iglesia? No es necesario un ritual que ‘certifique’ que dos personas se aman”. Pero el matrimonio no es un “certificado” ni una validación del amor. Es un signo, un ícono, es decir, un sacramento. Pero para comprender el verdadero significado de este sacramento, necesitamos recuperar la sacralidad del cuerpo.
Necesitamos purificar la mirada a través de la redención del cuerpo. Al igual que una obra de arte oscurecida por los siglos necesita de un curador que la restaure para que sus colores originales vuelvan a narrar la intención del autor, la percepción humana requiere de la gracia de Cristo para redescubrir el significado de su propio cuerpo.
La Redención del Cuerpo: La restauración del «Ethos»
En su teología del cuerpo, Juan Pablo II comienza su análisis situándonos en la tensión entre el principio de nuestra creación (la inocencia original) y nuestra condición actual. El ser humano experimenta una fractura interna producto del pecado: deseamos amar y ser amados, pero tendemos a usar y dejarnos usar. En este estado, el cuerpo deja de ser percibido como una vía de comunión para convertirse en un objeto de apropiación.
Sin embargo, como ha afirmado el mismo Juan Pablo II en repetidas ocasiones: el amor vence siempre. Aquí se refiere especialmente al Amor divino. San Pablo, en la Carta a los Romanos, señala: «También nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 23).
La redención del cuerpo no es una liberación del cuerpo (como si la carne fuera mala), sino una liberación del corazón respecto a la mirada que cosifica, es la liberación de todo el hombre. En sus catequesis, Juan Pablo II afirma con precisión: «la redención del cuerpo tiene su dimensión antropológica: es la redención del hombre» (TdC 86, 2).
Una vez que el ser humano permite que Cristo redima su mirada, descubre una propiedad fundamental de su naturaleza: la sacramentalidad. En términos teológicos, un sacramento es un signo sensible que comunica una gracia invisible. Juan Pablo II extiende esta lógica a un principio fundamental de todo su pensamiento:
«El cuerpo, y solo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo» (TdC 19, 4).
Esta afirmación es la piedra angular para entender por qué el cuerpo es sagrado. No lo es por una norma legalista, sino por su capacidad de hacer presente el Misterio. El cuerpo «habla» un lenguaje que le es propio. Como una obra de arte habla del corazón del artista, así el cuerpo humano nos “comunica” algo del misterio divino.
El Matrimonio como «Sacramento Primordial»
Solo sobre esta base —un cuerpo redimido y reconocido como signo de lo divino— se puede erigir la comprensión del matrimonio. Para San Juan Pablo II, el matrimonio no es una invención social posterior, sino el «sacramento primordial», inscrito en la misma constitución del hombre y la mujer desde el principio.
La sacralidad del matrimonio no reside únicamente en el rito litúrgico, sino en la «comunión de los cuerpos» que está llamada a expresar la comunión de las personas. El Papa conecta esta realidad con el gran misterio de la relación entre Cristo y la Iglesia, citando a san Pablo:
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es este, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 31-32).
Sin la redención de la mirada, el matrimonio corre el riesgo de ser visto como una «propiedad privada» o una búsqueda de satisfacción mutua. Por el contrario, bajo la luz de la teología del cuerpo, el matrimonio es un icono vivo. Así como un icono bizantino no se contempla para admirar la madera o la pintura, sino para «pasar» a través de él hacia lo sagrado, el amor conyugal permite a los esposos y al mundo vislumbrar la fidelidad total y el don de Dios.
Debemos ser “curadores” de arte
La tesis es clara: no se puede acceder a la profundidad del matrimonio si se mantiene una visión fragmentada del cuerpo. Si el cuerpo es visto como una carga de la cual liberarse o una realidad puramente biológica, el matrimonio será, en el mejor de los casos, un contrato de convivencia.
La redención que Cristo ofrece permite al hombre y a la mujer recuperar el «significado esponsal del cuerpo». Esto significa reconocer que el cuerpo está diseñado para el don y la comunión. Esta capacidad de entrega es lo que hace que el matrimonio sea sagrado. No es sagrado porque esté prohibido tocarlo, sino porque está reservado para manifestar la forma más alta de amor: la entrega total de la persona.
Pensemos en las películas que exploran el ideal del «felices para siempre»; a menudo se subraya la importancia de un «beso de amor verdadero» o un sacrificio extremo. Aunque estas son representaciones populares, contienen el eco de una verdad teológica: el cuerpo es el vehículo del sacrificio y la redención. Sin esa entrega total, no puede haber amor verdadero. En el matrimonio cristiano, este sacrificio se hace cotidiano y se eleva a la dignidad de signo de la Nueva Alianza.
***
En el mundo actual, el desafío no es simplemente «cumplir reglas», sino embarcarnos en un proyecto de restauración de la mirada del cuerpo. La teología del cuerpo nos permite ingresar al gran museo de la vida con ojos nuevos, nos ayuda a ver el significado profundo de cada obra de arte y ser “curadores” de la mayor pieza de todas: el cuerpo humano. Si permitimos que el Espíritu Santo elimine las capas de cinismo, objetivación y miedo que cubren nuestra capacidad de amar, podremos ver el “brillo original” que el cuerpo es capaz de reflejar.
Comprender la sacralidad del matrimonio exige reconocer que nuestra carne tiene una vocación eterna. Al dejar que Cristo redima el sentido de nuestro cuerpo, no perdemos nuestra humanidad ni nuestra pasión; al contrario, las recuperamos en su estado más puro y vibrante. El matrimonio se revela entonces no como un ritual externo, sino como el escenario donde el cuerpo humano realiza su misión más alta: ser el lenguaje visible del Amor invisible.
CURSO ONLINE CERTIFICADO
Fundamentos
de la sexualidad.
Certificado por la Universidad Fasta.