Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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En mayo de 2026 escribí el articulo “Bioética y Teología del Cuerpo: retos y respuestas en la reproducción asistida” que puedes encontrar en https://www.amafuerte.com/post/bioetica-y-teologia-del-cuerpo-retos-y-respuestas-en-la-reproduccion-asistida/ y empezaré este articulo de la misma manera: el deseo de ser padres nace de lo más profundo del corazón humano, expresando la vocación a la paternidad y maternidad inscrita en el amor conyugal.
Sin embargo, la infertilidad —que afecta a una de cada seis personas en el mundo— se vive a menudo como un dolor silencioso, una dura prueba que mueve de manera muy profunda la identidad de la pareja. En ese artículo hablé de “buscar «soluciones rápidas» en maternidad” como la FIV, inseminación entre otras. Hoy quiero hablarte de la maternidad subrogada.
“Todo me es lícito, pero no todo conviene” (1 Corintios 10,23)
Sé que muchas parejas llegan a considerar esta opción tras años de un sufrimiento silencioso y devastador por no poder concebir. Ese anhelo inmenso de poder abrazar a un hijo es un reflejo de su capacidad de amar y es profundamente legítimo.
Mi invitación hoy es a que contemplemos a la maternidad no como un proceso técnico que ocurre en un laboratorio lleno de contratos, restricciones y acuerdos, sino como lo que verdaderamente es: una sinfonía viva de cuerpo, alma y encuentro.
¿Qué es en verdad la maternidad subrogada?
La maternidad subrogada es una práctica en la que una mujer (referida como «madre sustituta» o “gestante”) se embaraza y lleva a cabo la gestación de un hijo para otra persona o pareja (los «progenitores comitentes» o «previstos»). Ello conlleva el compromiso de transferirles al recién nacido y delegar en ellos todas las responsabilidades (legal, de crianza después del parto, entre otras).
Esta práctica puede dividir hasta en 3 partes a la maternidad: la madre genética (quien aporta el óvulo), la madre gestante (quien lleva el embarazo y da a luz) y la madre afectiva o legal (quien lo criará). Esto cambia completamente el esquema del árbol genealógico.
A través de un contrato con un cronograma exacto de cumplimiento, se hace una separación absoluta del recién nacido de la única mujer que conoce y reconoce en su olor, en sus hormonas, en los latidos de su corazón, en su voz. Este acto genera un impacto negativo en el vínculo materno filial.
Un testimonio doloroso de maternidad subrogada
Durante el curso, tuve la oportunidad de escuchar a Olivia Maurel en la charla: La otra cara de la maternidad subrogada: la voz de los hijos. Una joven nacida por esta técnica narraba cómo al tener a su propia hija en brazos y ver que dejaba de llorar al instante en su pecho, comprendió el poder de este vínculo: su bebé la reconocía porque la había escuchado y sentido durante nueve meses.
Con un dolor profundo, Olivia añadía: “yo no tuve esa oportunidad. Yo no llegué a oler a la mujer que me llevó durante nueve meses. No llegué a escuchar su voz. No llegué a tener contacto piel con piel con ella”.
¿Qué es el parto?
La respuesta es clara: un proceso fisiológico que finaliza la gestación y produce la expulsión del feto.
Entonces, ¿qué es el parto humano a lo largo de la vida? Cambió todo el sentido: la transición crucial entre el mundo intrauterino y el mundo extrauterino que se constituye como el nacimiento cronológico de la persona. Esa transición no es fácil, requiere acompañamiento, de quien mejor conoce: de su madre y que si bien se constituye nacimiento cronológico. Pues, realmente el existe desde el vientre y genera vínculos importantes, es el primer ecosistema afectivo de un ser humano.
¿Qué pasa con la adopción, es lo mismo?
La adopción es un camino provida verdaderamente hermoso y restaurador. Allí el amor de los padres adoptivos actúa como medicina, acogiendo una vida que ya es real y sagrada. Mientras que la subrogación busca «fabricar» un niño para satisfacer la necesidad de un adulto y eso lo hace muy diferente.
Y más allá de hablar sobre la maternidad subrogada, quiero resaltar lo hermoso que es concebir, sin romantizar, haciendo que tomemos conciencia de la maravilla de la naturalidad.
Corpore et anima unus
El ser humano es la unidad sustancial de cuerpo y alma. Esto, por tanto, no es una suma accidental de mente y cuerpo. Sí es una unidad indisoluble de dos coprincipios (materia y espíritu).
La gestación es un proceso tan bello, donde ocurre el microquimerismo fetal-materno. Esto es que las células del bebé atraviesan la placenta y se alojan en el corazón, el cerebro y los órganos de la madre para siempre. Las células de la madre hacen lo mismo en el cuerpo de su hijo.
También, la gestación es un proceso determinante para la regulación emocional, el desarrollo cerebral armónico y la estructuración del apego temprano del niño.
Asimismo, el parto es un hito de comunión, el momento cumbre donde el núcleo familiar y vincular se sella. Durante el trabajo de parto, el cuerpo de la madre y del bebé se inundan de oxitocina, la hormona del amor y del apego, diseñada biológicamente para que ambos se reconozcan, se miren y se sanen mutuamente en el primer abrazo.
***
La madre, quien ha llevado a su bebé en el vientre durante el embarazo, requiere que su cuerpo viva con esa nueva naturalidad de ser madre, su instinto protector se activa en todo su esplendor para cuidar, abrigar, darse a ese bebé. No hay tecnología que pueda usarse para borrar la memoria de las células.
El ser humano tiene el derecho antropológico de ser recibido como un don incondicional en el seno de un acto personal, libre y gratuito de amor.
Amar significa también responsabilidad, si como matrimonio están sufriendo por la infertilidad, la respuesta de la ciencia no debe ser saltarse los procesos naturales con tecnología invasiva de laboratorio que instrumentaliza cuerpos vulnerables, sino usar lo mejor de la tecnología para reparar, restaurar y con ello que la concepción sea de manera completamente natural, en el amor.
Bibliografía
- Maurel, Olivia (2026). La otra cara de la maternidad subrogada: la voz de los hijos [Conferencia en el Congreso de la Nación Argentina].
- Relatora Reem Alsalem (2025). Las distintas manifestaciones de violencia contra las mujeres y las niñas en el contexto de la reproducción subrogada. Informe de la Relatora Especial de la ONU, A/80/158.
- Bolzon, Lorena C. Guía de la Unidad 2 [Guía U2]. (2026). Filiación e identidad: la protección jurídica del niño nacido mediante TRHA.
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Evitar nombrar una relación no la protege, la paraliza. Dar nombre a un vínculo no es una mera formalidad: es un acto de reconocimiento mutuo que permite construir sobre bases sólidas y proyectarse hacia el futuro.
Hay una conversación que muchas personas posponen semanas, meses o incluso años. Una que parte del ya clásico “¿qué somos?”.
Aunque parezca un interrogante sencillo, pocos generan tanta incomodidad. Detrás de esa pregunta, hay mucho más que una simple etiqueta. Hay historia, heridas, expectativas y, sobre todo, miedo.
En este artículo vamos a explorar por qué nos cuesta tanto nombrar las relaciones afectivas, qué nos dicen la psicología y la antropología sobre el poder de denominar las cosas, y por qué una relación con nombre tiene más posibilidades de crecer de manera sólida. ¡Veamos!
El poder de nombrar las cosas para poder definirlas
Nombrar no es un acto trivial. Las palabras no solo describen la realidad, también la estructuran.
Cuando le ponemos rótulo a algo, lo separamos del caos de lo indefinido y lo traemos al terreno de lo concreto, de lo pensable, de lo comunicable. Ludwig Wittgenstein lo formuló de manera precisa: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.
Si no tenemos palabras para algo, ese algo existe de forma difusa, sin contornos claros. Lo que no tiene contornos es difícil de sostener, de proteger, de construir.
Carl Rogers hablaba de la importancia de la congruencia: que lo que sentimos, lo que pensamos y lo que expresamos estén alineados. Vivir en la incongruencia (sentir una cosa y nombrar otra, o no nombrar nada) genera tensión interna. No porque sea incorrecto en lo moral, sino porque nos desconecta de nuestra propia experiencia.
Una persona desconectada de su experiencia con dificultad puede relacionarse de forma auténtica con otra. Por graficarlo: si yo no denomino chocolate al chocolate, al decirle a alguien que me pase “eso” o llamarlo “el cuadrado”, nunca saborearé esa deliciosa golosina.
Cuando nombramos la realidad, comienza a existir de otra manera
Hay un pasaje del Génesis que resulta profundamente revelador. Dios, habiendo creado el mundo, encomienda a Adán la misión de poner nombres a los animales.
No es una tarea menor ni decorativa. Es un acto de participación en la Creación misma: al nombrar, Adán ejerce su razón, su capacidad de discernir, de ordenar lo que le rodea. Lo hace suyo; se encuentra con ello.
El ser humano se realiza a plenitud en el encuentro con el otro. Así, ese encuentro auténtico requiere reconocimiento. Esto implica, entre otras cosas, nombrarlo: en su dignidad, en su singularidad, en el lugar que ocupa en nuestra vida.
Una relación sin nombre es, en cierto sentido, una relación sin reconocimiento mutuo pleno. Los dos saben que algo existe, pero ninguno ha asumido la responsabilidad de decirlo.
Sin ese acto de reconocimiento, es difícil que el vínculo madure hacia algo sólido. En la costa ecuatoriana nació una especie de tomada de pelo que se convirtió en dicho: “oye, ¿tú te llamas oye?”. La idea es que ante el primer vocablo la otra persona responda, de lo cual nos burlamos para completar con el resto de la frase. Se ha convertido en una forma de reproche hacia alguien que nos habla sin respeto.
La imagen es clara: si no somos capaces de llamar al otro por su nombre, desconocemos su dignidad individual.
¿Por qué nos cuesta tanto darle nombre a una relación de pareja?
Aquí es donde la conversación se pone incómoda. Todos conocemos los siguientes eufemismos: “estamos saliendo”, “vamos viendo”, “es un plan”, “somos lo que somos”.
Estas son frases diseñadas, consciente o inconscientemente, para mantener la ambigüedad. ¿Por qué? Hay varias razones. Nombrar una relación implica asumir una responsabilidad. Si decimos “somos novios”, hay una expectativa implícita de fidelidad, de presencia, de intención de futuro. Eso asusta.
Por otra parte, pedir que se nombre algo es arriesgarse a que el otro lo niegue. Ese ‘no’ puede doler mucho.
Vivimos además en una sociedad líquida que se desenvuelve en relaciones líquidas. El “somos libres” que a veces encubre una falta de valentía para asumir las consecuencias de ponerle límites al vínculo.
Abraham Maslow situaba el amor y la pertenencia como necesidades fundamentales del ser humano. Paradójicamente, las estrategias que usamos para protegernos del dolor (incluyendo evitar nombrar la relación), muchas veces, nos alejan de la conexión genuina que más necesitamos. Al final, nos terminan haciendo más daño, por no ponerle una etiqueta al frasco de veneno, éste no es menos tóxico.
Una relación con nombre se construye sobre bases sólidas
Nombrar una relación no es ponerle una jaula, es darle cimientos. Cuando dos personas deciden que están juntas y lo hacen explícito, algo cambia. No solo cambia en el modo en que se relacionan entre sí, sino en cómo se presentan ante el mundo. Hay una intención declarada. Existe un proyecto vital compartido, aunque sea chiquito al principio; una base sobre la cual construir un edificio sólido.
La psicología del apego muestra que los vínculos seguros permiten a las personas funcionar mejor, amar con más libertad y afrontar las dificultades con más herramientas. Los vínculos seguros son aquellos en los que existe transparencia, disponibilidad y responsabilidad. La seguridad no nace de la intensidad emocional, sino de la consistencia y la claridad.
Una relación con nombre, con intención, con acuerdo mutuo, ofrece justo eso: un marco seguro dentro del cual crecer. No elimina el riesgo (ninguna relación está libre de él porque somos imperfectos), pero sí permite que ambas personas inviertan de verdad, sabiendo en qué terreno están pisando.
El amor auténtico no es solo un sentimiento, es una decisión. Amar es querer el bien del otro de forma deliberada y sostenida y ese bien implica, entre otras cosas, no dejarlo en la incertidumbre sobre qué lugar ocupa en tu vida o qué puede esperar de ti.
Las emociones detrás de la claridad
Es completamente normal tener miedo de ponerle nombre a una relación. El miedo al compromiso y al rechazo es una respuesta emocional humana. Lo importante es no dejar que ese miedo tome decisiones por ti de forma indefinida, en especial si lo que buscas es una conexión auténtica y duradera.
También es cierto que una relación sin etiquetas puede funcionar si ambas personas han decidido de forma consciente esa estructura y están de acuerdo con ella. Aun así, no será sostenible en el tiempo y sus secuelas pueden ser devastadoras, porque al final siempre es solo una forma de esquivar un tema necesario.
La ambigüedad relacional genera ansiedad y dificulta la formación de vínculos seguros. La claridad, la consistencia y la disponibilidad emocional son pilares de las relaciones sanas y estables.
No hay un momento perfecto para tener esa conversación, pero sí señales de que es necesaria: cuando uno de los dos empieza a preguntarse qué son, si hay expectativas no expresadas, o en el momento en que la ambigüedad genera malestar. Esperar a que “se dé sola” o pensar que nunca hará falta, no suele funcionar.
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Si pedir claridad aleja a alguien de tu vida, eso en sí mismo es información valiosa sobre la disposición de esa persona para comprometerse contigo y con la relación. Acéptalo, aléjate y avanza.
Un vínculo sólido puede sostener esa charla. De hecho, necesita poder sostenerla. Ponerle nombre es darle valor y peso específico.
“Para que mi amor no sea un sentimiento pasajero”, como dice la canción, es necesario tomar decisiones. Elegir supone nombrar. Amar, recordemos, es una decisión en la que se busca el bien del otro (y buscando el bien del otro, encuentro también, un bien propio).
La diferencia de opinión en una relación no siempre es una amenaza. A veces, puede convertirse en una oportunidad para aprender a amar mejor. Solemos, usualmente, pensar: “ya no somos compatibles porque pensamos diferente” o “si realmente me conociera, sabría lo que pienso”. A veces, también aparece el “no entiendo cómo puede tener una opinión tan distinta a la mía”. Y otras, el “cada vez discutimos más. Creo que ya no estamos en la misma sintonía”.
¿Cuántas veces hemos escuchado —o dicho— alguna de estas frases? Vivimos en una época en la que, muchas veces, confundimos la compatibilidad con la coincidencia absoluta. Queremos amigos que piensen como nosotros, parejas que compartan nuestras opiniones, familiares que entiendan nuestras decisiones y personas que validen constantemente nuestra manera de ver el mundo.
Recordemos: estamos llamados a amar
En estos momentos en los que aparecen estos pensamientos, entonces surge una pregunta importante: ¿es realmente sano coincidir en todo? Y aún más importante: ¿podemos amar profundamente a una persona con la que no siempre estamos de acuerdo?
La respuesta, aunque pueda incomodarnos un poco, es sí. Porque amar no significa encontrar a alguien que piense exactamente como nosotros. Amar tampoco significa desaparecer dentro del pensamiento del otro. Amar implica aprender a encontrarnos incluso en medio de nuestras diferencias.
No somos la misma persona
Puede parecer obvio, pero dentro de una relación a veces lo olvidamos. La persona que tenemos al lado no nació con nuestra historia, no vivió nuestras mismas experiencias, no fue educada exactamente igual y no mira necesariamente la vida desde el mismo lugar.
Incluso cuando compartimos valores fundamentales, podemos tener opiniones diferentes.
Podemos estar de acuerdo sobre la importancia de la familia y discutir sobre cómo educar a los hijos.
Podemos, además, amar profundamente nuestra relación y tener maneras distintas de expresar afecto. También, compartir una misma fe y, aun así, vivir procesos espirituales diferentes.
No olvidemos que queremos construir un futuro juntos, sí. Entonces, es válido no coincidir en cada decisión sobre cómo hacerlo.
La diferencia no es necesariamente una amenaza. Es, en muchos casos, una consecuencia natural de estar frente a una persona distinta a nosotros. Y quizás uno de los grandes errores que cometemos en nuestras relaciones es esperar que el amor elimine las diferencias.
El amor maduro no elimina al otro. Lo reconoce.
El problema no es pensar diferente
Una relación no comienza a deteriorarse necesariamente porque dos personas tengan opiniones distintas. El verdadero problema aparece cuando dejamos de respetarnos por pensar diferente.
Es decir, cuando una conversación se convierte en una competencia, cuando escuchar significa simplemente esperar nuestro turno para responder, cuando queremos convencer al otro en lugar de comprenderlo.
A veces, pensamos: “si me amaras, pensarías como yo”. O peor aún: “si no piensas como yo, entonces estás equivocado”.
No toda diferencia necesita convertirse en una batalla. No toda conversación necesita tener un ganador. Y no todas las opiniones diferentes requieren que alguien cambie inmediatamente de postura.
Hay algo profundamente liberador en descubrir que podemos escuchar una opinión distinta sin sentir que nuestra propia identidad está siendo atacada.
No es lo mismo diferir que herir
Aquí es importante hacer una distinción. No toda diferencia de opinión debe ser tolerada de la misma manera.
Hay asuntos secundarios en los que podemos aprender a convivir con posturas distintas: gustos, preferencias, formas de organizar el tiempo, opiniones sobre determinadas situaciones.
También existen diferencias que tocan valores fundamentales de una relación. Por ejemplo, el respeto, la fidelidad, la dignidad de la persona, la violencia, la responsabilidad.
También, el compromiso.
No podemos utilizar la frase “simplemente pensamos diferente” para justificar comportamientos que dañan profundamente al otro. Una cosa es tener una opinión diferente. Otra muy distinta es utilizar esa diferencia para humillar, manipular, controlar o herir.
Una relación sana necesita espacio para la diversidad, pero también necesita límites claros. El respeto nunca debería ser negociable.
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¿Por qué nos molesta tanto, entonces, que el otro piense diferente? Quizás porque, en el fondo, muchas veces buscamos seguridad. Es decir, queremos sentir que estamos construyendo con alguien que mira en nuestra misma dirección. Eso es comprensible.
El problema aparece cuando creemos que mirar hacia la misma dirección significa tener exactamente la misma mirada. Dos personas pueden caminar hacia un mismo horizonte desde perspectivas diferentes.
De hecho, a veces, la diferencia del otro puede mostrarnos algo que nosotros no habíamos visto. Quizás por eso una relación madura no pregunta solamente: “¿cómo hago para que piense como yo?”, y también, “¿qué puedo aprender de esta diferencia?”.
No significa aceptar todo. No significa renunciar a nuestras convicciones. Significa tener la suficiente humildad para reconocer que no siempre poseemos toda la verdad.
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