Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

Una mirada afirmativa de
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vista a la luz

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amor.

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En la vida en pareja siempre habrá momentos buenos y malos. Es decir, momentos en los que cometemos errores y, entonces, nos sentimos dolidos. Esto no es una lucha de uno contra otro en la que gana el que tiene más razón.

Gana vuestra relación cuando, tras cometer un error, se sabe reparar a tiempo. Lo importante no es ganar, es saber reponeros y volver a estar bien.

Lo que NO es pedir perdón

Hay muchas maneras de pedir perdón. Unas son verdaderas y las otras no. No son verdaderas, por ejemplo, cuando se dice «perdón» meramente por cumplir sin que haya un sentimiento profundo, o cuando se busca una excusa que lo justifica: «perdón que te dijera eso, pero es que estaba cansado», o cuando se devuelve la culpa: «… pero tú también» o cuando se minimiza el daño «… aunque tampoco es para tanto…».

Lo que sí es pedir perdón

Sí es verdadero el perdón cuando se dan cuatro características:

  1. se reconoce el daño realizado («he hecho esto y te ha dolido»),
  2. se asume la responsabilidad por haberlo cometido («reconozco que me he equivocado»),
  3. se valida cómo se puede haber sentido el otro, porque nos ponemos en su lugar («entiendo cómo te has podido sentir»)
  4. y, finalmente, se muestra la intención de reparar («intentaré no volverlo a hacer»).

En realidad, es mucho más profundo que esta enumeración y es, a la vez, mucho más real: si te duele de verdad se reconoce lo que se ha hecho.

Se entiende lo que el otro puede haber sentido. Se reconoce el error y, como consecuencia, se pide perdón y se apoya con la propuesta firme de no volverlo a cometer.

Se resumiría en una frase muy sencilla: «me he equivocado, lo siento de verdad, perdón, no volverá a ocurrir».

No todos pedimos perdón de igual modo

Dicen los expertos que hay muchas maneras diferentes de pedir perdón. Se diría que, igual que hay diferentes leguajes de amor, también hay diferentes lenguajes de perdón.

Además, hay que sabérselos. Cada persona es diferente y cada uno tiene su lenguaje. E igual que con los lenguajes del amor. Aquí es importante adaptarse al lenguaje de perdón del que lo necesita y decirlo en su propio lenguaje, no en el nuestro, para que llegue y surta efecto.

Perdonar no es olvidar sin más

Muchos dicen (y yo lo he dicho muchas veces) que perdonar supone también olvidar. Perdonar no es dejar que pase el tiempo y cubra el error como si nada hubiera pasado. No es olvidar como si no existiera.

El error es el error y la herida es la herida. Tendrá que curar y podrá curarse, pero es necesario que haya rectificación, perdón y…. muchas veces también tiempo. ¡Ah! Y olvidar no significa que no haya que aprender, para saber qué pasó y que no vuelva a ocurrir.

Aceptar el perdón

El perdón es cosa de dos. Es importante aprender a pedir perdón, pero muchas veces se olvida que es igual de importante saber aceptarlo: perdonar. Las dos partes son importantes.

El que acepta el perdón no continúa castigando al otro eternamente, no vuelve a sacar el tema en cada discusión, no deja la herida abierta ni la vuelve a abrir a su antojo cada vez que le interesa. Si no se acepta el perdón la relación se queda en estado de bloqueo, la herida se queda abierta.

El perdón no se impone

El perdón, finalmente, no puede imponerse, tiene sus tiempos y tiene sus ritmos. Hay personas que son capaces de perdonar rápido y otras que necesitan mucho tiempo para sanar y olvidar de verdad. Por eso, no puede imponerse la aceptación de perdón. Puede sugerirse y puede animarse, pero muchas veces se necesita tiempo.

***

Las parejas sanas no son las que no cometen errores, no son las que no discuten nunca. Son las que saben rectificar y reparan antes, en cuanto se dan cuenta del error.

Entonces, viene la petición expresa de perdón y la manifestación expresa también de que se ha perdonado: «Perdón, me he equivocado, entiendo que te haya dolido, te pido perdón y espero que no vuelva a ocurrir» – «No te preocupes, todos nos equivocamos. Es cierto que me ha dolido, pero mi amor por ti está por encima de los errores que los dos podamos cometer.»

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Nos apetece viajar juntos. El hecho de querer compartir tiempo, descubrir sitios nuevos o salir de la rutina es algo que atrae bastante. Por otro lado, bastante normal, sobre todo si ya se lleva cierto tiempo conociéndose.

Una cuestión de prudencia

Cuando una pareja de novios tiene claro que quiere vivir la castidad, puede surgir la pregunta de si viajar (especialmente solos) es compatible o aconsejable. Mi recomendación en estos casos es preguntarse, no si el hecho de viajar está bien o no, sino si es prudente.

Porque, sinceramente, la buena voluntad puede existir, pero hay algo mucho más profundo: si la idea es ir madurando en el amor para construir un futuro juntos, quizá haya ciertos límites a los que no se deba llegar antes de tiempo.

El “problema” no creo que esté en el hecho de viajar sino en cómo se vive ese viaje. Cuando se viaja solos aparece un contexto muy concreto: habrá mucho tiempo juntos y la intimidad será constante, se desconectará de la rutina y lo más probable es que todo llame a relajar las “normas” (¡a todos nos puede pasar!), y no por mala intención. Es decir, que, muchas veces (por no decir todas), no será cuestión de voluntad sino de situación.

Dicho esto, una pareja de novios que desee realmente vivir su castidad en serio, viajar solos no será lo más prudente. No porque desconfiemos de nosotros mismos, sino porque somos realistas: encontrarse en una situación límite de forma constante exige una lucha continua en una mezcla de afecto, descanso e intimidad.

Lo importante es el cómo

Por lo tanto: ¿Viajar? Sí. Pero no de cualquier manera.

No es que haya que renunciar a viajar, sino que hay formas más inteligentes de hacerlo. Por ejemplo: viajar en grupo, con amigos, hacer una peregrinación, etc.

Es buscar una vía de viajar en todo no todo suponga intimidad de pareja. Y, por supuesto, cuidar el tema del alojamiento. El contexto cambia totalmente la vivencia.

Custodiar el amor

Entonces, ¿no podemos hacer nada? Intuir que quizá viajar solos no es la mejor idea, podría vivirse como una limitación. Sin embargo, diría que la prudencia no es miedo, ni rigidez, ni desconfianza. La prudencia es inteligencia y amor que se protege y se cuida.

Cuando algo te importa de verdad, no lo pones en riesgo constantemente.

“Si nos queremos y lo tenemos claro…” es una objeción muy típica. Si sabemos lo que queremos, ¿no debería dar igual? Como ya comenté antes, no es solo de intención sino de situación.

No somos solo voluntad y el ambiente puede influir enormemente. Sabemos que el cuerpo también habla y, por eso, elegir bien los contextos en los que moverse forma parte de amar bien.

La cuestión de la espera

Aquí diría algo fundamental: no esperamos porque “no se puede”. Esperamos porque sabemos lo que vale.

La sexualidad no es cualquier cosa. Ésta implica entrega total, une cuerpo, afecto y compromiso. Sin duda tiene sentido esperar al matrimonio, en donde la entrega puede ser plena. Y ahí radica el valor de la espera: no estamos esperando por miedo, sino por sentido.

Si en el noviazgo hemos decidido esperar porque valoramos lo que significa la unión, entonces tiene lógica vivir de forma coherente con eso. Es decir, no se trata solo de “aguantar”. Se trata de cuidar lo que hemos elegido. Cuando algo que te importa de verdad, lo cuidas también en los pequeños detalles.

***

En conclusión: ¿se puede viajar en el noviazgo? Sí, pero si queremos vivir la castidad de verdad no todo vale. Viajar solos, en la mayoría de los casos, no será lo más prudente.

E, insisto, esto no se ha de vivir como una pérdida, sino como una ganancia. Amar bien, a veces, implica renunciar a planes que nos apetecen para cuidar algo mucho más grande.

¿Qué nos cansa cuando una relación de “salientes” no termina en noviazgo? ¿Qué nos cansa cuando un noviazgo no termina en matrimonio?

En la primavera del 2025 circularon noticias en algunos periódicos argentinos analizando un video de Tiktok que se hizo viral sobre el fenómeno del “dating fatigue”, en este artículo reflexionaremos al respecto de este fenómeno de la mano de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II y de Fulton Sheen.

¿Qué es el “dating fatigue”?


El ese video que tantas repercusiones periodísticas tuvo, la usuaria de Tiktok conocida como “Catastolo” expone los sentimientos de una de sus amigas, particularmente, el cansancio y afirma: “no para de salir con pibes para darles oportunidades, para ver si alguno le copa y ya está fatigada, está cansada de salir que sean malas citas”.

El famoso fenómeno del “dating fatigue” consiste en el agotamiento emocional producto de intentar encontrar pareja y frustrarse en el proceso. Como católicos, además de las herramientas psicológicas mediante las cuales nos ayuda Dios a sanar, sabemos que donarse nunca es en vano. Pues, tenemos la alegre certeza de que Jesús
hace nuevas todas las cosas, y mucho más nos hace nuevos a nosotros, que somos hijos amados.

Es inevitable que un noviazgo termine: o termina en matrimonio o termina en un “gracias, Señor, por confiarme estos meses el corazón de esta persona”. Abrir el corazón supone más que vulnerabilidad. Implica hacerse lugar en la agenda para conocer al otro, para compartir. Acoger a ese otro en el corazón es una gracia de Dios:
una gracia que, cuando la pedimos en oración, nos permite abrirnos, permitir a otro entrar en nuestra vida.

Algunas veces sucede que le abrimos el corazón y la agenda a otro, empezamos a conocernos y a darnos y no siempre recibimos. damos, damos damos sin recibir. Eso puede llegar cansarnos.

Otras veces, por heridas, puede pasarnos que nos abrimos a compartir con otro y solo recibimos. Recibimos, recibimos, recibimos… pero no podemos dar. Eso también puede ser que nos fatigue.

En el mejor de los casos, damos y recibimos y aún, así, puede ser que el noviazgo termine en un “gracias por compartir este trayecto del camino juntos”. El noviazgo es una etapa de discernimiento.

Si te sentiste identificado con los que alguna vez han dado y no han recibido, o con los que alguna vez han recibido y no han podido dar, recordá que el otro es un hermano en Cristo. Todos somos don. Todos valemos la sangre de Cristo. No dejes de mirarlo con misericordia. Ahora bien, si te sentiste identificado y no te cansaste: tenés que saber que te podés cansar. El auto cuidado es esencial, volver a la fuente del Amor es esencial.

El amor es don

El amor es don y nuestro significado esponsal del cuerpo, como bien nos explica San Juan Pablo II en su catequesis del del día 16 de enero de 1980 en la Teología del Cuerpo, supone que desde nuestra propia libertad elegimos donarnos, es decir amar. Es importante resaltar la cuestión de la libertad: para ser libres, es necesario, entonces un auto dominio de nosotros mismos.

Amar, entonces, no solo supone una apertura de corazón, supone abrir el corazón para donarse a sí mismo. En la etapa previa al noviazgo, y luego en el noviazgo, esto es conociendo a la otra persona, paulatinamente, abriéndonos cada vez más. Algunas veces el otro no puede recibir o no puede dar, y terminamos agotados. Eso puede pasar.

Si no nos arriesgamos, no sucede nada, nos quedamos estancados. Es preferible, entonces, darnos, antes que permaneces en la misma situación viviendo como en una sala espera. Si nos damos y advertimos que no va a progresar la relación en noviazgo o matrimonio, es preciso que seamos conscientes de que habernos abierto al otro, amarnos los unos a los otros, es mejor que no haberlo hecho.

El donarse implica recuperarse

A propósito del amor trino y uno, Fulton Sheen, a modo de conclusión afirma que: “el amor que solamente da, termina en el agotamiento; el amor que solamente busca, perece en su egoísmo. El amor que siempre trata de dar y nunca es defraudado en recibir es el reflejo de la Trinidad en la tierra y, por lo tanto, un goce anticipado del
cielo.” (Son tres los que se casan, p. 73). Así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas en una Naturaleza, su amor es un mutuo don de sí mismo y una mutua recuperación (Sheen, p. 71).

Entonces, también, es necesario que nosotros, como hijos amados, nos recuperemos antes de volver a intentar conocer a otra persona. Si lo diste todo y terminaste agotado, volvé a la fuente del Amor, recuperate, antes de volver a intentarlo: y sí, volvé a intentarlo. El matrimonio es llamado al que hay que responder. Fuimos creados para ese sueño que Dios puso en nuestro corazón.

Cuando vivimos la lógica del don, vemos a los otros como hermanos en Cristo, nos donamos. Es un darse y recibir. Sin embargo, no siempre el otro puede recibirnos o no siempre, el que recibe, puede dar. Sheen nos recuerda que “el amor es un eterno don mutuo de sí mismo; y es la recuperación, en la carne, en el alma o en el cielo, de todo lo que se dio y se sacrificó, porque en el amor no se pierde ningún fragmento.” (Son tres los que se casan, p. 73).

San Juan nos explica que “amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4, 19). Salimos al encuentro de otro y lo acogemos en nuestro corazón porque tenemos a Jesús en el corazón. Experimentamos primero el amor en nuestra familia, con nuestros amigos y de Dios en nuestra vida. Luego, nos donamos porque damos lo que hemos recibido. Entonces, todo es gracia. Sentimos un anhelo que proviene del Padre en nuestro
corazón de salir al encuentro de otro y donarnos y acogemos al otro en nuestro corazón y lo elegimos.

Ahora bien, acoger a otro en nuestro corazón supone la vulnerabilidad de necesitar descansar, recuperarnos. Nos recuperamos volviendo a la fuente, es decir, volviendo al Amor. Solo Jesús puede hacernos nuevos. Volvemos a intentarlo porque tenemos la certeza de que Él hace nuevas todas las cosas.

***

Animarse a volver a empezar es animarse a, en el Nombre de Jesús, volver a intentarlo. Tenemos la alegría y la esperanza de que si nos abrimos, es para vivir un noviazgo que termine en matrimonio. Sin embargo, esa esperanza supone la certeza alegre de que si no sucede así, somos agradecidos por el tiempo compartido con el otro, ese tiempo que el Señor nos pidió que acogiéramos a ese otro. Esa certeza supone la convicción de que con Él nada se pierde.

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