Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz

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amor.

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¿Qué significa ser varón y qué significa ser mujer? Vivimos en una época rara: por un lado, se nos dice que las diferencias son inventos sociales y que cada uno puede construirse desde cero.

Por el otro, hay una visión determinista de la masculinidad y es tildada de «tóxica» en sí misma. Mientras, pareciera que la mujer tiene permitido ser cualquier cosa, menos femenina. Hay mucho ruido y, sobre todo, mucha herida real que debe ser reconocida.7

Para zanjar cualquier tipo de debate inútil, te propongo ir al origen. Vamos a ver cómo fuimos pensados desde el principio.

El diseño en el taller del escultor

Para entender una obra de arte, es necesario mirar al artista y el momento en que la concibió. En los primeros capítulos del Génesis, Dios actúa de forma muy intencional.

Cuando crea al ser humano, el texto sagrado dice algo bellísimo: «a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). No creó un ser humano genérico y después le agregó accesorios. La diferencia sexual está en el núcleo de nuestra identidad.

Juan Pablo II explicaba que en el principio existía una «soledad original». Adán estaba solo entre los animales y sentía que ninguno era como él. No era una soledad triste, sino una toma de conciencia: «soy diferente, tengo un corazón, tengo libertad, puedo amar».

Ahora bien, faltaba algo. Dios mismo lo dice: «no es bueno que el hombre esté solo». Acá viene el misterio. Dios no crea a Eva para ser una empleada o un satélite de Adán. La crea de su costilla, lo que en el lenguaje hebreo antiguo significa «al mismo nivel», hueso de sus huesos, carne de su carne.

Cuando Adán se despierta y la ve, no analiza su anatomía de forma científica. Se le sale el corazón del pecho y se alegra por encontrar un semejante con quien compartir su vida. Hay un reconocimiento mutuo.

¿Qué había ahí en el origen?

Había dos formas distintas y complementarias de reflejar el misterio de Dios.

Entonces, `por una parte, estaba la masculinidad original.Tiene que ver con una fuerza protectora, con la iniciativa de salir, de cultivar, de custodiar el jardín y dar la vida por el otro. El cuerpo del hombre, con su capacidad de dar la semilla, habla simbólicamente de una iniciativa amorosa.

A su vez, por otro, estaba la feminidad original. No es pasividad; es receptividad activa. Es la capacidad de acoger la vida, de humanizar el mundo, de ver a la persona antes que a las estructuras. El cuerpo de la mujer, que tiene un espacio sagrado dentro de sí para albergar a otro ser humano, habla de un misterio profundo: la capacidad de ser un hogar para el otro.

En ese momento, el hombre tenía la fuerza para entregarse y la mujer tenía el deseo profundo de ser acogida, valorada y amada en su totalidad. Se miraban y no había vergüenza, porque no querían usarse. Se miraban y veían un regalo.

El cortocircuito: Génesis 3

Quizá estés pensando: «todo esto suena idílico pero la realidad que vivo es otra». Es verdad. Algo pasó en el camino. Entró el pecado en escena, la desconfianza hacia Dios y nuestras diferencias ya dejaron de ser causa de alegría y pasaron a ser causa de amenaza mutua.

Génesis 3 nos ayuda a comprender esto. Después de la caída, Dios les habla y les muestra las consecuencias de haber roto el lazo de amor con Él. A la mujer le dice algo que suele malinterpretarse: «tu deseo irá hacia tu marido, y él te dominará” (Gn 3, 16).

Dios no está dando un mandamiento ni está dando rienda suelta al mal. ¡No! Dios está haciendo una autopsia del corazón humano herido. Está describiendo cómo se deforma el diseño original por culpa del pecado.

Es conveniente evaluarlo con atención porque es exactamente lo que nos ocurre hoy:

Es decir, en primer lugar, el deseo de ser acogida se deforma: el deseo hermoso de la mujer de ser recibida y amada se transforma en una búsqueda ansiosa de aprobación, en dependencia afectiva o en el intento de poseer al hombre para asegurarse su amor.

En segundo lugar, la fuerza protectora se deforma: la fuerza del hombre, que antes estaba al servicio de la mujer y del jardín, se vuelve peligrosa. Se convierte en dominación, en agresión, en el uso del otro o, peor aún, en una cobardía pasiva que se esconde (como hizo Adán, que se quedó callado mientras la serpiente hablaba con Eva).

C.S. Lewis, en su libro “Los cuatro amores”, explica esto de una manera increíble. Dice que cuando el amor humano se separa de Dios, se convierte en un dios mismo y cuando un amor se convierte en dios, se transforma en un demonio.

La masculinidad sin Dios se vuelve tiranía o egoísmo. La feminidad sin Dios se vuelve manipulación o un vacío afectivo que devora al otro.

Es por eso que hoy vemos tanta tensión. Las heridas del Génesis siguen vivas en las relaciones, los noviazgos, las inseguridades. El hombre hiere con la distancia o el control. Mientras, la mujer sufre por el miedo al abandono o la necesidad de controlar para no ser herida.

La respuesta cristiana

Frente a este desastre, el mundo de hoy nos ofrece una solución bastante mediocre: «si la masculinidad hiere, borremos la masculinidad. Si la feminidad duele, digamos que no existe». Es como si tuvieras un auto increíble, se le rompe el motor y, en vez de arreglarlo, decidís prenderlo fuego y caminar. ¡Un sinsentido!

La respuesta católica no es destruir el diseño; es rescatarlo. Jesús no vino a abolir nuestra carne, vino a redimirla. San Pablo, en la Carta a los Efesios, nos da la clave de la restauración. Dice: «maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5, 25).

¿Cómo amó Cristo? Muriendo en una cruz. La masculinidad recupera su corona no cuando domina, sino cuando pone su fortaleza al servicio de los suyos, incluso hasta el punto del sacrificio.

Por otro lado, San Pablo a las mujeres les dice: “así como la Iglesia está sometida a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a su marido” (Ef 5, 24). Les pide respetar, no como la sumisión de una esclava, sino dejándose amar por ese amor que se entrega.

Pensemos en la verdadera feminidad, no la de las revistas de moda que reduce a la mujer a un objeto, sino la que vemos en figuras como la Virgen María o en personajes con una fuerza interior descomunal, como Madre Teresa de Calcuta.

La feminidad tiene el superpoder de sostener el alma del mundo. Una mujer que sabe quién es, que se sabe amada por Dios, no necesita mendigar afecto ni competir con el hombre. Brilla con una autoridad espiritual que frena cualquier tiranía.

***

Para concluir este artículo, te propongo un desafío para tu vida hoy. Te invito a mirar tu propio corazón.

Si sos varón: ¿estás usando tu fuerza para proteger, para comprometerte, para estudiar y trabajar por los demás, o estás escondido detrás de una pantalla, viviendo una vida pasiva y consumiendo la dignidad de las mujeres con un click? Tu diseño es ser custodio de la dignidad de la mujer.

Si sos mujer: ¿estás reconociendo el valor infinito de tu misterio, tu capacidad de intuición, de cuidado, de ser el corazón de tus ambientes, o estás cayendo en el juego de creer que valés solo por lo que mostrás o por cuánto lográs controlar a los demás? Tu diseño es ser acogida y respetada, nunca usada.

El pecado deformó las cosas, nos dejó con miedo y con vicios. Siempre recordá que la gracia de Dios está activa y disponible a cualquiera que se quiera dejar rescatar en su identidad original.

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«No sé qué me pasa. Hace unos días estaba bien y ahora todo me molesta. Estoy más sensible, me cuesta tener paciencia con mis hijos y siento que lloro por cualquier cosa.»

Muchas mujeres llegan a consulta con esta inquietud. Algunas incluso se sienten culpables porque perciben cambios en su estado de ánimo y no logran entender qué les está ocurriendo.

La pregunta suele ser la misma: ¿soy yo o son mis hormonas? La respuesta corta es: son ambas cosas.

Somos una unidad

Porque no somos un alma atrapada en un cuerpo ni un conjunto de hormonas que determinan cada una de nuestras decisiones. Somos una unidad. Lo que ocurre en nuestro cuerpo influye en cómo nos sentimos y, al mismo tiempo, seguimos siendo responsables de cómo respondemos a esas emociones.

Por eso, entender el síndrome premenstrual no consiste en buscar excusas, sino en crecer en autoconocimiento.

Uno de los grandes aportes del conocimiento de la fertilidad es que permite a la mujer reconocer patrones. Muchas descubren que aquello que consideraban «cambios inexplicables de humor» ocurre siempre en los mismos días del ciclo.

Nada es casualidad

Después de la ovulación, el organismo entra en una etapa marcada por el predominio de la progesterona. En esos días algunas mujeres experimentan más cansancio, menor tolerancia al estrés o una sensibilidad emocional más intensa.

Cuando una mujer conoce su ciclo deja de pelearse con él. Aprende a interpretar señales. Comprende que quizá ese día necesita más descanso, más oración, más apoyo o simplemente ser más prudente antes de reaccionar.

Somos cuerpo y alma

Conocer el ciclo no significa justificar todo por las hormonas. Tampoco ignorarlas.

Significa reconocer que Dios nos creó cuerpo y alma, y que la biología femenina tiene un lenguaje propio que vale la pena aprender a escuchar.

A veces el síndrome premenstrual revela simplemente los cambios normales de una fase del ciclo. Otras veces pone en evidencia un cansancio acumulado, heridas emocionales no atendidas o hábitos de vida que necesitan ser revisados.

Por eso la pregunta no debería ser solamente: «¿son mis hormonas?». Tal vez la pregunta más útil sea:

«¿qué me está mostrando mi cuerpo sobre mí misma en este momento?».

***

Porque el autoconocimiento no es mirarse constantemente a una misma. Es aprender a vivir en la verdad. Y desde allí, amar mejor a Dios, a los demás y a una misma.

Hay heridas que no se ven. La infertilidad es una de ellas. Cuando se habla de infertilidad, muchas veces la atención se centra en la mujer, en sus tratamientos, en su sufrimiento o en su deseo de ser madre.

Sin embargo, también existe un dolor silencioso que viven muchos hombres y del que se habla poco. Un dolor que toca una pregunta profunda: ¿qué significa ser hombre cuando descubres que quizás no podrás ser padre biológicamente? No es una pregunta fácil.

¿Qué supone la masculinidad?

Con frecuencia se asocia la masculinidad con la capacidad de producir, lograr, conquistar y demostrar. Desde pequeños, muchos hombres aprenden que deben ser fuertes, resolver problemas y mantener el control de las situaciones.

La infertilidad rompe esa lógica. De repente aparece algo que no puede solucionarse con más esfuerzo, más disciplina o más voluntad. Algo que confronta nuestros límites y nos recuerda que no todo depende de nosotros.

Quizás, por eso, la infertilidad puede convertirse en una crisis de identidad. No porque un hombre valga menos por ser infértil, sino porque descubre que había construido parte de su idea de masculinidad sobre algo que en realidad no la define.

La pregunta deja de ser simplemente «¿podré tener hijos?» y se transforma en algo más profundo: «¿quién soy si no puedo cumplir aquello que siempre imaginé para mi vida?» o incluso «¿cómo puedo sentirme plenamente hombre si no puedo ser padre?».

Somos don

Aquí encuentro especialmente iluminadora la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II. Lo más revolucionario de su propuesta no es que hable del cuerpo o de la sexualidad, sino que afirma que la persona humana encuentra su plenitud cuando se convierte en don para los demás. En otras palabras, la identidad masculina no nace de la capacidad biológica de generar vida, sino de la capacidad de amar.

Esta perspectiva cambia profundamente la manera de entender la infertilidad. Si la masculinidad se define por el amor y la entrega, entonces la infertilidad no tiene la última palabra. El hombre sigue estando llamado a una fecundidad real, aunque adopte formas distintas de las que había imaginado.

Puede ser fecundo en su matrimonio, en su familia, en su trabajo, en su comunidad o en la vida de quienes Dios pone en su camino. La fecundidad humana es más amplia que la capacidad reproductiva.

San José, siempre un ejemplo a seguir

Pienso también en San José. No fue padre biológico de Jesús y, sin embargo, nadie podría negar la profundidad de su paternidad. Su grandeza no estuvo en transmitir sus genes, sino en custodiar, proteger, acompañar y amar una vida que le fue confiada.

José nos recuerda que la paternidad es mucho más que un hecho biológico; es una forma de amar. Quizás ahí se encuentre una lección importante para quienes viven el dolor de la infertilidad: la capacidad de amar como padre puede existir incluso cuando la biología parece cerrarse.

La infertilidad sigue siendo dolorosa. La fe no elimina la tristeza ni responde todas las preguntas. Tampoco convierte automáticamente el sufrimiento en algo fácil de llevar. Sí ofrece una mirada distinta.

Nos ayuda a descubrir que la masculinidad madura no consiste en ejercer poder sobre la vida, sino en recibirla como un don. Nos enseña que el valor de un hombre no depende de aquello que puede producir, sino de su capacidad de amar con generosidad y fidelidad.

Ser padre suele asociarse con proteger, cuidar, proveer, acompañar y dar la vida por otros. Estas características no nacen con la paternidad biológica. Forman parte de la vocación masculina misma.

Un hombre está llamado a desarrollarlas independientemente de si tiene hijos o no. La infertilidad puede impedir una función biológica, pero no puede impedir la entrega, la fortaleza, la responsabilidad ni la capacidad de amar.

***

Por eso, la masculinidad de un hombre no depende de su capacidad reproductiva. Un hombre no está definido por un seminograma, un diagnóstico médico o una estadística clínica. Está definido por quién es y por cómo ama.

Tal vez la infertilidad no sea solamente una experiencia de pérdida. Tal vez pueda convertirse, con el tiempo, en una invitación a descubrir una forma más profunda de ser hombre: menos basada en el control, el rendimiento o la capacidad de engendrar, y más centrada en la entrega sincera de sí mismo. Porque al final, desde la mirada cristiana, la verdadera fecundidad no se mide únicamente por la vida que uno genera, sino también por la vida que ayuda a crecer en los demás.

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