Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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“¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.”
(El Principito, 1943)
Que nos toquen el orgullo, es una cuestión delicada. En algunos puntos más que otros. En particular, hay tres palabras que hieren el ego en cualquier ámbito de nuestra vida: “no estás apto”. Me la juego de estar siendo demasiado subjetivo, pero uno puede superar que le digan de muchas formas, hasta que nos rebajan a la categoría de “inútil”. Por eso, si de amor hablamos, admitir que uno no está apto para estar en una relación exige un esfuerzo colosal, pues nadie quiere perderse esta experiencia.
Es normal y comprensible que no aceptemos que tenemos defectos. Cuando nos señalan una acción o una actitud que nunca habíamos distinguido, solemos buscar algo que lo justifique, o simplemente, nos ponemos a la defensiva y concluimos que el otro no es nada más que un… (insertar insulto a elección).
Muchas veces vemos situaciones de parejas que claramente no llevan una relación sana, pero que no están dispuestos a renunciar a ese vínculo. Uno lo puede atribuir a cuestiones particulares como inseguridades, viejas heridas o desorden afectivo, pero en definitiva todo se resume en una sola razón: aún falta madurar y no lo queremos aceptar.
El amor es cosa seria
Hay que recuperar la seriedad del amor. La inmadurez es fruto de la superficialidad y, para vencerla, es necesario recordar que hay cosas que no deben ser tomadas a la ligera. No estamos hablando acá de mojigatería, ni de rigor, sino de adecuarse a lo que las cosas son, sin creer que somos el centro del mundo.
¿Por qué el amor debe ser tomado en serio? En primer lugar, porque el amor implica una vinculación con los otros. Una relación amorosa incluye una dimensión social que, al igual que en todo ámbito, termina influyendo en cada una de sus partes. Una persona que empieza una relación sin discernir si está preparada o no comete una terrible irresponsabilidad, al no considerar que puede afectar negativamente al otro.
Por otro lado, amar no es solo algo que se queda en el plano de los sentimientos, sino que, como toda experiencia humana, repercute en cada aspecto de nosotros. El amor puede elevar lo que somos, perfeccionar cada una de nuestras cualidades y, si hablamos en términos cristianos, puede santificarnos.
Así también, un amor banal nos pervierte, nos rebaja y nos hiere. Es necesario, entonces, saber amar y saber qué amar.
¿Qué implica madurar?
La palabra “madurar” hoy es recibida con cierto rechazo, lo cual es otro signo de superficialidad. La madurez, como dije recién, no quiere decir renegar el entusiasmo natural ni de actuar rigurosamente en todo momento. Eso no es más que pedantería. La persona madura sabe distinguir los momentos específicos de decoro y de diversión y vivir plenamente cada uno.
Madurar es un acto de aceptación. El admitir que las cosas son como son y que no soy yo quien determina su valor. En otras palabras, madurar es comprender dónde uno está parado y obrar conforme a ello. Salir de uno mismo, renunciar al capricho personal, no por simple adaptación social, sino como una actitud de estar en armonía con el mundo.
El inmaduro no entiende del valor de las cosas. Bajo la mentalidad de “todo da lo mismo”, avanza sin consideración, actúa sin prudencia y quita a los eventos de la vida la solemnidad y la reverencia que merecen. A cada cosa le corresponde una actitud determinada y el amor, pues, es lo más valioso que el hombre tiene.
¿Cómo se refleja la inmadurez en las relaciones? Desde cuestiones ya sabidas, como la falta de confianza, los celos irracionales, la dependencia y el capricho. También se manifiesta de otros modos: la falta o el miedo al compromiso, la sexualidad sin restricciones y el desconocimiento del otro (qué busca, qué cree, qué aspira a lograr) son algunas de las consecuencias que más daño hacen a las relaciones actuales.
“Pero nunca seremos totalmente perfectos”
Aquellos que se niegan a estar en una relación, en general suelen dar como respuesta que “no se sienten completamente listos”. Esto es cierto, en algunas ocasiones, pero en otros casos, se anhela llegar a un estado de perfección que, siendo sinceros, nunca terminaremos de alcanzar en esta vida. Esta idea de que uno debe estar al máximo de su persona para estar de novios no solo es irrealizable, sino que es desconocer que uno se perfecciona cuando ama.
No obstante, aceptar que nunca seremos perfectos no quiere decir renunciar a todo tipo de esfuerzo. Toda relación es un proyecto y para que prospere, se requiere contar con una base previa sobre la cual trabajar. Si bien no es necesario “ser perfectos” para estar en pareja, sí hay cuestiones que son innegociables, porque son elementales en todo vínculo.
Estas cuestiones implican primero que nada un salto madurativo. Ser consciente de que cargo con defectos que, si no los trabajo, pueden dañarme a mí y a los demás. El buen trato, la responsabilidad, la generosidad, el respeto y la apertura al otro son fundamentales. Todo esto, aunque no asegura la perfección, es señal de madurez y garantía de una relación sana y virtuosa.
Madurez es humildad
Como dijimos al inicio de este artículo, es duro admitir que no estamos en condiciones ni que contamos con las aptitudes para asumir tal o cual empresa. No obstante, todo salto a la madurez implica un asentimiento de la realidad. Me someto y abrazo con devoción el valor que el mundo merece y, si no logro apreciarlo como se debe, es necesario que yo trabaje por ser merecedor de sus beneficios.
Gozar de los bienes de la realidad implica primero someterme a sus condiciones. En palabras de Chesterton: “golpea un vaso y no durará un instante; simplemente no lo golpees y durará miles de años. Tal así, parecía, era la alegría del hombre (…): la felicidad dependía de no hacer algo que podía hacerse en cualquier momento y que, muchas veces, no era obvio por qué no debía hacerse”(“Ortodoxia”, 1908). Un cura amigo lo decía de esta forma: “hay tres maneras de alcanzar la virtud: humildad… humildad… y humildad”.
No hay otro camino. El disfrute pleno de cada cosa, en este caso del amor, implica abrazar las condiciones del amor. Una persona inmadura no tiene tiempo, ni intenciones de someterse a las exigencias del mundo. Quien asume una relación con madurez, avanza con respeto, mira con profundidad y experimenta cada sentimiento con plenitud.
***
Llegando al final de este artículo, conviene que cada uno haga un discernimiento personal. Ya sea soltero, ya sea en una relación, planteemos si estamos asumiendo este momento de nuestra vida con madurez.
Es triste ver que muchas personas se embarcan en noviazgos e incluso matrimonios, sin notar que, en efecto, no están asumiendo las cosas seriamente. Hay tiempo para jugar, hay tiempo para reír y hay tiempo para callar y reflexionar. Tal así es la riqueza del amor, que tanto abarca y tanto guarda, que termina siendo lo más valioso que podamos hallar.
En estos días, donde las cosas son tan desechables y negociables, el amor termina convirtiéndose en un bien incondicional, de un valor incalculable, que no debería tomarse a la ligera.
Soy Juani Rodriguez pero @decime.negro
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El deseo de ser padres nace de lo más profundo del corazón humano, expresando la vocación a la paternidad y maternidad inscrita en el amor conyugal. Sin embargo, la infertilidad —que afecta a una de cada seis personas en el mundo— se vive a menudo como un dolor silencioso, una dura prueba que mueve de manera muy profunda la identidad de la pareja.
“Todo me es lícito, pero no todo conviene” (1 Corientios 10,23)
Nos encontramos viviendo un momento con una cultura que exige resultados inmediatos. Nosotros exigimos todo a la vuelta de un click. No queremos esperar, sumado a la presión social empuja a buscar «soluciones rápidas», en maternidad técnicas como la Fecundación In Vitro (FIV), congelar óvulos, inseminaciones, etc. se convierten en una respuesta obvia. Ante este escenario, surge la pregunta clave: ¿todo lo que la medicina puede hacer… realmente debe hacerse?
A algunos nos gusta vivir contracorriente y es allí donde la bioética y la Teología del Cuerpo no aparecen para prohibir, sino para iluminar el camino, asegurando que la técnica esté siempre al servicio de la persona y no al revés.
Abordar este tema requiere ampliar la mirada más allá de los protocolos médicos, pues se pone importancia a algo invisible, pero esencial: la dignidad de la persona, el respeto sagrado por el origen de la vida y el sentido profundo del cuerpo humano como expresión del alma. Desde la visión cristiana, el ser humano es querido por sí mismo y su vida no es un producto que se fabrica o se encarga bajo parámetros de eficiencia técnica, sino que es un don inestimable y gratuito.
Los principios claros de la Iglesia basados en la razón y la fe
- Dignidad desde la concepción: el ser humano debe ser tratado como persona desde el instante en que el óvulo es fecundado.
- Unidad del acto conyugal: existe una conexión inseparable entre los significados unitivo y procreativo que el hombre no puede romper por su propia iniciativa y que, además, va más allá de un acto para concebir o espaciar un embarazo, es el acto de amor más profundo entre esposos.
- El hijo como don, no como derecho: un hijo no es una propiedad ni algo «debido», sino el regalo más hermoso del matrimonio.
- El fin no justifica los medios: el deseo legítimo de un hijo no autoriza el uso de técnicas que lesionen la dignidad de los padres o del embrión. Estos pilares se encuentran en documentos fundamentales como Humanae Vitae, Donum Vitae y Dignitas Personae.
Los lenguajes del cuerpo
El cuerpo no es una biología aislada, es un lenguaje que revela al «alma viviente». Posee un significado esponsalicio: la capacidad de expresar el amor en el que la persona se convierte en don para el otro.
El acto conyugal dice: «me entrego completamente a ti, sin reservas». Es un acto inseparablemente corporal y espiritual. Con el uso de técnicas de reproducción asistida se rompe completamente este lenguaje. Pues finalmente separa el cuerpo del amor y la procreación de la entrega personal, sustituyendo el abrazo de los padres por el gesto técnico de un tercero en un laboratorio.
Los retos éticos de la FIV
Si ahondamos en la reproducción asistida, hay grandes retos éticos que son generalmente silenciados por esta industria que ha ido creciendo exponencialmente:
- Separación entre amor y técnica: la vida ya no surge de un encuentro personal, sino de un procedimiento clínico donde se instaura un dominio de la técnica sobre el destino humano.
- Manipulación y selección embrionaria: la FIV conlleva habitualmente el descarte de embriones, la congelación (una situación de injusticia irreparable) y el diagnóstico preimplantacional, que en el fondo es una selección eugenésica.
- El alto precio de la vida: se estima que en muchos centros el número de embriones sacrificados es superior al 80%.
- Fragmentación de la identidad: la donación de gametos y los vientres subrogados rompen la unidad entre la paternidad genética, gestacional y educativa, generando crisis de identidad en los hijos.
- Tasas de éxito reales: la falta de transparencia en las clínicas sobre las tasas reales de éxito (niños nacidos vivos frente a simples embarazos bioquímicos) genera un choque emocional muy fuerte cuando la pareja descubre que sus posibilidades reales eran mucho menores a las publicitadas.
Y, sobre todo, la carga emocional que carga un matrimonio al someterse a estos procesos, denominado travesía de gran carga clínica y afectiva, marcado por culpa, frustración, vulnerabilidad, impacto en la intimidad conyugal y hasta impacto en el vínculo afectivo con el hijo, no es tenido en cuenta por esta industria.
Sin embargo, la Iglesia no responde con un juicio frío, sino desde la verdad del amor, acompañando a quienes cargan con esta cruz y recordándoles que su valor no depende de su capacidad biológica.
La medicina restaurativa
La respuesta es la propuesta de un camino distinto que respete la ecología del ser humano. Para ello, el enfoque de la medicina restaurativa, busca sanar al cuerpo en lugar de sustituir sus funciones, y se promueve un acompañamiento integral que considere a la persona en su totalidad, Creighton y la Naprotecnología nos da respuestas a través de la conexión con nosotros mismos, de conocernos, de amarnos y respetar los procesos biológicos, así:
- Observar el ciclo como signo vital: a través del Modelo Creighton, la mujer aprende a identificar biomarcadores que revelan su salud, biomarcadores estandarizados a través de un método científico de alta fidelidad.
- Identificar y tratar la raíz: en lugar de saltarse el problema, la NaProTecnología busca y trata las causas reales (hormonales, metabólicas o estructurales) de la infertilidad.
- Respetar el acto conyugal: la concepción ocurre de forma natural, fruto de la unión de los esposos.
- Diferencia clave: mientras que la FIV sustituye el acto personal por la técnica, la NaPro restaura la salud reproductiva de la pareja.
***
Es necesario redescubrir que la fecundidad es mucho más que la fertilidad biológica. Una pareja es fecunda cuando hay amor, entrega y apertura al otro, lo cual puede manifestarse de formas maravillosas:
- Adopción: brindar un hogar a un niño que ya existe y necesita padres.
- Misión y servicio: como enseñó Edith Stein, la mujer tiene una disposición innata para cuidar, proteger y fomentar el crecimiento de lo humano en cualquier ámbito de la sociedad.
Los invito a cuestionar lo que la cultura nos ha enseñado y a reconectar con el sentido del cuerpo y sus ritmos naturales. No todo lo técnicamente posible es humanamente digno… pero todo lo que nace del amor verdadero sí lo es. Te animamos a formarte, a conocer profundamente tu ciclo y a discernir en pareja, buscando siempre caminos que protejan tu paz y la dignidad de la vida.
Fuentes:
Aleteia. (2026, 13 de febrero). El ciclo femenino como escuela de templanza
Congregación para la Doctrina de la Fe. (1987, 22 de febrero). Instrucción Donum Vitae sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación
Congregación para la Doctrina de la Fe. (2008, 8 de septiembre). Instrucción Dignitas Personae sobre algunas cuestiones de bioética
Daly, D. (2026). Amar Más: El corazón del Modelo Creighton. 2da jornada Napro
Güell, F., & Balaguer, A. (2026, 25 de febrero). Presentación del libro «El último in vitro». Colegio de Farmacéuticos de Granada [Archivo de Vídeo]. YouTube: BioeticaRed
Juan Pablo II. (1979-1980). Teología del Cuerpo: Catequesis sobre el amor, la dignidad y la redención (Compilación de textos de las Clases 1 a 5)
Mújica, J. E. (2026, 23 de febrero). La vocación de la mujer según el pensamiento de Edith Stein. Catholic.net
Pablo VI. (1968, 25 de julio). Carta Encíclica Humanae Vitae sobre la regulación de la natalidad
Reyes-Gacitúa, E. (2021). Edith Stein: de la concepción de la persona humana a la comprensión de la mujer. Franciscanum, 63(175), 1-23
Sarmiento, A. (2026). Las «causas desconocidas de la infertilidad» [Archivo de Vídeo]. YouTube: FertilityCare Centers Latinoaméric
Tomar decisiones no es tan simple como parece. Es un proceso complejo que involucra distintas áreas del cerebro. Necesitamos atención, memoria e imaginación para proyectarnos hacia las posibles consecuencias de lo que elegimos.
Los griegos hablaban de los sentidos internos e incluían uno llamado “cogitativo”, que ayudaba a prever el peligro. Los animales también poseen estos sentidos. Sin embargo, en el ser humano existe una diferencia clave: podemos elaborar pensamientos más complejos y tomar decisiones más profundas. En el mundo animal, decidir suele ser una cuestión de supervivencia —vivir o morir— y está motivado principalmente por el peligro.
¿Qué significa decidir con el corazón?
Aunque el cerebro es el órgano encargado de las decisiones, usamos expresiones como “sigue tu corazón” o “haz lo que tu corazón diga”. Con ellas intentamos transmitir que una decisión no debería ser solo racional, sino que también debe nacer desde lo más profundo de la persona.
Y no es una idea descabellada. Más allá de lo biológico, es evidente que nuestras elecciones están influenciadas por nuestros afectos. El “corazón”, entonces, funciona como una metáfora de esa dimensión afectiva que todos tenemos.
El desorden interno: inteligencia, voluntad y pasiones
Aristóteles proponía que existe un orden en el ser humano. El alma tiene facultades que nos permiten conocer y vivir en el mundo. La inteligencia (la razón) debe guiar a la voluntad, y ambas deben ordenar las pasiones para alcanzar una vida virtuosa.
Santo Tomás retoma esta idea y añade que el pecado original rompe ese orden natural. Como consecuencia, la razón queda muchas veces “secuestrada” por las pasiones, que —con ayuda de la voluntad— pueden llevarnos a hacer cosas que no queremos o que nos perjudican. Es la experiencia que describe San Pablo: “hago el mal que no quiero y dejo de hacer el bien que quiero”.
La importancia del orden
Por naturaleza, la inteligencia busca la verdad y la voluntad busca el bien. Sin embargo, este desorden hace que muchas veces nos sintamos atraídos por “bienes aparentes” en lugar de bienes reales.
En la vida afectiva esto se nota especialmente: nos equivocamos cuando no logramos distinguir entre lo que es verdadero y lo que simplemente se siente bien. Por eso, “seguir el corazón” no debería significar anular la razón, sino integrarla con el mundo afectivo. Muchas veces no elegimos lo que realmente queremos, sino aquello que momentáneamente nos hace sentir bien.
Se ama con la cabeza, no solo con el corazón
Cuando tenemos que tomar una decisión importante, vale la pena preguntarnos: ¿esto que
voy a hacer me ayuda a amar más? Al final, como decía San Juan de la Cruz, seremos juzgados en el amor. Y es el Amor el que da sentido a todo.
Amar no es solo sentir. El amor es una decisión: es permanente, no fluctuante; es eterno, no efímero. Esta idea se aplica a todas las áreas de la vida: elegir una carrera, aceptar un trabajo, mudarte de país, terminar una relación o empezar una nueva.
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Usar la razón no significa vivir racionalizando todo. A veces, la racionalización puede convertirse en un mecanismo de defensa para evitar reconocer lo que sentimos. Por eso, la clave está en el equilibrio. La virtud es el justo medio: no se trata de vivir solo desde la emoción ni de refugiarse únicamente en la razón, sino de integrar ambas para tomar decisiones verdaderamente libres.
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