Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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“cuando me mires a los ojos / y mi mirada esté en otro lugar / no te acerques a mí / porque sé que te puedo lastimar”, (“De mí”, Charly García).
Las relaciones humanas son complejas y están llenas de matices. En un inicio, todo suele ser luz y alegría. Vemos a la otra persona en su mejor versión y nos enamoramos de sus virtudes.
¿Qué sucede cuando las luces se apagan y aparecen las sombras? ¿Qué pasa si nuestro cónyuge, pareja o amigo atraviesa una crisis, muestra su lado más frágil o simplemente no está en su mejor momento? Entonces surge la pregunta fundamental: ¿me quedo o me voy?
El amor es mucho más que un sentimiento pasajero o una emoción agradable. Es, ante todo, una decisión. Es la elección libre y consciente de buscar el bien del otro, de comprometerse con su persona en su totalidad, incluyendo sus lados feos y bonitos.
Amar de verdad es entender lo que dice Charly: hay momentos en los que nuestras heridas salpican de sangre a los otros. También, amar es, siguiendo la cita de Charly: “cuando estés mal, cuando estés sola / cuando ya estés cansada de llorar / no te olvides de mí / porque sé que te puedo estimular”. ¿Qué hacer en los malos tiempos? ¡Veamos!
El amor como decisión y compromiso
Cuando nos encontramos frente a la fragilidad del otro, es fácil que nuestros sentimientos flaqueen. La decepción, el cansancio o incluso la frustración pueden aparecer.
Sin embargo, el amor auténtico va más allá de la tiranía de las emociones. Se fundamenta en un compromiso que mira a la persona en su dignidad más profunda, una dignidad que no se pierde por sus errores, sus debilidades o sus momentos bajos, porque viene de nuestra esencia como seres humanos (de ser imagen de Dios).
Acompañar al otro en su dificultad es una de las manifestaciones más puras del amor. Implica poner en práctica valores fundamentales como la paciencia, que nos invita a esperar y soportar con fortaleza las pruebas.
También requiere de la misericordia, que nos permite perdonar y mirar al otro tratando de entender su herida.
En muchas ocasiones, exige sacrificio: poner las necesidades del otro por encima de las nuestras, no por anulación personal, sino como un acto de entrega generosa. Este acompañamiento, para los creyentes, es un llamado a ser reflejo del amor de Cristo, que no vino a buscar a los perfectos, sino a caminar junto a los que se sienten perdidos.
La dignidad de ambos: un equilibrio necesario
Acompañar no significa permitir que nuestra propia dignidad sea pisoteada. El amor verdadero busca el bien de ambas personas.
Cuidar al otro no puede implicar la negación de uno mismo. Hay situaciones en las que, por amor y por respeto a la propia integridad, es necesario establecer límites claros.
La pregunta «¿me quedo o me voy?» no siempre tiene una respuesta sencilla. Si la situación implica abuso, violencia o una dinámica destructiva que pone en riesgo nuestra salud física, psicológica o espiritual, tomar distancia puede ser un acto de prudencia y caridad.
A veces, amar a alguien significa también dejarle enfrentar las consecuencias de sus actos o permitirle encontrar ayuda profesional que nosotros no podemos proporcionar.
Discernir con caridad y verdad
Entonces, ¿cómo decidir? La clave está en un discernimiento honesto y caritativo.
Quédate cuando veas que tu presencia es un apoyo real para el otro, cuando existe una voluntad de cambio y lucha, y cuando la relación, a pesar de las dificultades, sigue siendo un espacio de crecimiento mutuo y respeto fundamental.
Quédate cuando el compromiso se mantiene firme y el amor se manifiesta en actos concretos de servicio y paciencia, aun cuando son opacados y reducidos por las ataduras del sufrimiento.
Considera tomar distancia cuando la relación se ha vuelto destructiva, cuando no hay respeto por tu persona o cuando tu ayuda, en lugar de construir, está permitiendo que el otro persista en un comportamiento dañino para sí mismo y para ti. Tomar distancia puede ser el acto de amor más grande con el fin de forzar una reflexión o buscar ayuda especializada.
Aquí conviene aclarar: quedarse y tomar distancia no necesariamente deben ser decisiones definitivas, sino que pueden ser estrategias temporales según las circunstancias. Como en “De mí”, a veces conviene darle a la persona su espacio de dolor, sabiendo que si me acerco podemos hacernos más daño; la lógica del animal herido.
Por el contrario, a veces estar ahí no implica un contrato grabado a fuego, sino acercarse mientras puedo ayudar a curar y luego seguir el camino; la actitud del buen samaritano.
Hablando sobre Charly García, recuerdo la historia de cuando Fito Páez recibió la noticia de que habían asesinado a las mujeres de su casa estando en un hotel en Brasil. Luego de que destrozó la habitación por la rabia y el dolor, Charly entró y se puso a ver televisión con él sin decir una palabra, sentados en el piso.
Después de unos minutos, hizo un comentario gracioso sobre lo que ocurría en la pantalla y ambos echaron a reír a carcajadas. Fito decía, años después, que nadie había tenido un gesto más sanador que García en ese momento. Es el amor que simplemente está ahí, sin juzgar.
* * *
Amar a alguien cuando no está en su mejor versión es una prueba de fuego para la autenticidad de nuestro amor. Es una oportunidad para ir más allá de los sentimientos y vivir el compromiso en su dimensión más profunda.
Es un llamado a amar con paciencia, misericordia y sacrificio, sin olvidar nunca que el amor verdadero siempre respeta y promueve la dignidad de cada persona. Como el mismo Padre, que toma distancia cuando nuestros vacíos nos vuelven incapaces de sentir su amor, aunque esté siempre disponible.
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Las discusiones son un elemento presente en la mayoría de las relaciones de pareja. Como seres humanos distintos y diversos, el desacuerdo forma parte de nuestra naturaleza y de todo vínculo significativo. Discutir, en sí mismo, no es el problema. De hecho, puede ser una oportunidad de conocimiento y comprensión.
¿Cuándo la discusión se convierte en un problema?
La discusión comienza a volverse problemática cuando se le añaden otros elementos: una carga emocional negativa intensa, hostilidad, agresividad o desprecio. También cuando el objetivo deja de ser el intercambio de ideas y se convierte en una competencia por tener la razón, perdiendo incluso la capacidad de escuchar.
En ese momento, el diálogo se transforma en confrontación. Ya no se busca comprender, sino ganar y arraigarse a ideas propias, a veces irracionales o equivocadas, hasta el final. Ya no se intenta construir, sino defenderse o atacar.
La dificultad de discutir bien
Las parejas no son ajenas a esta realidad. Discuten, y muchas veces discuten mal. Con frecuencia no saben cómo expresar una idea sin que suene a reproche o ataque, ni cómo escuchar sin interrumpir.
Discutir bien es una habilidad que requiere aprendizaje y entrenamiento. Implica respetar los tiempos del otro, cuidar el tono de voz, atender al lenguaje no verbal, regular las emociones y sostener la intención de comprender. La discusión, cuando es saludable, forma parte del encuentro entre dos personas que buscan entenderse.
La tecnología como escenario de conflicto
En la actualidad vivimos inmersos en un mundo donde la tecnología se ha apoderado de gran parte de los medios de comunicación. Como consecuencia, muchas discusiones de pareja se trasladan a canales digitales: mensajes de texto, audios o redes sociales.
Surge entonces una pregunta importante: ¿es este un buen escenario para resolver un conflicto? ¿Puede realmente solucionarse algo sin mirarse a los ojos?
Lo que se pierde al discutir por chat
Cuando una discusión se traslada a una plataforma digital, tiende a despersonalizarse. Ya no se trata de una conversación en sentido pleno. Se pierden elementos fundamentales del encuentro humano: el tono de voz, los gestos, las pausas, las miradas, el lenguaje corporal.
La comunicación digital reduce la interacción a palabras escritas que pueden malinterpretarse con facilidad. La ausencia de matices emocionales y no verbales empobrece el diálogo y puede intensificar el conflicto.
La pérdida de empatía en la discusión por chat
Una de las principales desventajas de discutir por chat es la pérdida de elementos esenciales como la empatía. Al reducir la comunicación únicamente al texto, se limita considerablemente la posibilidad de comprender la verdadera intención o situación del otro.
Cuando no vemos el rostro, no escuchamos el tono de voz ni percibimos los gestos, a nuestro cerebro le resulta mucho más difícil captar el matiz emocional de lo que se está diciendo. El mensaje puede leerse desde el propio estado de ánimo, lo que aumenta el riesgo de interpretaciones erróneas.
La dificultad de comprender las emociones
En una discusión presencial, además de las palabras, entendemos emociones: frustración, tristeza, miedo, cansancio o incluso el deseo de acercamiento. En cambio, en el chat, esas emociones deben ser “traducidas” a texto, y esa traducción no siempre es fiel.
Si no se logra expresar adecuadamente lo que se siente, el otro tampoco podrá comprenderlo en su totalidad. Así, la respuesta que se genera no necesariamente responde a la emoción real, sino a la interpretación que cada uno hace del mensaje recibido.
La tensión emocional y la limitación del lenguaje escrito
Además, la calidad de la respuesta queda condicionada a la habilidad de cada persona para plasmar con claridad lo que siente y piensa en palabras. Esto ya es complejo en circunstancias normales; en un momento de tensión emocional, sea positiva o negativa, se vuelve aún más difícil.
Cuando estamos activados emocionalmente, nuestra capacidad de organizar ideas, matizar y comunicar con precisión disminuye. En ese contexto, el chat no facilita el entendimiento; por el contrario, puede intensificar el malentendido y profundizar la distancia.
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Un verdadero encuentro demanda presencialidad, especialmente en momentos cruciales para la relación, como puede ser una discusión importante. No todos los desacuerdos son iguales; algunos son relevantes y pueden marcar el rumbo de la pareja.
Por eso, cuando se abordan temas sensibles, es fundamental que la conversación se dé en un contexto donde nada interfiera con la fidelidad de las intenciones, las propuestas o los estados emocionales. La presencia permite que el mensaje llegue con mayor claridad y autenticidad, reduciendo malentendidos y favoreciendo una comprensión más profunda.
Dios nos dio permiso de llamarlo «Padre» no como un simbolismo, una metáfora bien intencionada o una figura retórica, sino como una realidad profunda. Es lo más cierto en nuestra vida.
Él busca que vivamos con la certeza auténtica de ser sus hijos. Sin embargo, a menudo, nos cuesta aterrizar este concepto a nuestra rutina diaria, preguntándonos qué implica realmente ese vínculo en la práctica.
Una lección evangélica
Jesús nos lo muestra en parábolas que tocan nuestras fibras más íntimas. Recuerda al Hijo Pródigo: el hijo menor lo abandona todo, derrocha su herencia y acaba entre cerdos, sintiéndose indigno.
Al volver, el padre no lo interroga ni lo castiga. En cambio, sale a su encuentro. Lo abraza y celebra: «este mi hijo muerto estaba y ha revivido».
Ese abrazo es el nuestro de cada día en la confesión, en la oración. ¿Cuántas veces has sentido que Dios te dice lo mismo, sin importar tus caídas?
Él habla en serio… y lo prueba
La prueba de este amor es radical: no escatimó ni con su propio Hijo predilecto, permitiendo su sacrificio para que nosotros recobráramos la vida. Lejos de ser un espectador pasivo que espera nuestro regreso sentado, Dios es como el padre de la parábola del hijo pródigo: alguien que corre a nuestro encuentro, nos abraza y celebra nuestra vuelta.
Como dice la Escritura, al entregarlo todo por nosotros, nos demuestra que su mayor deseo es tenernos a su lado eternamente.
Hijos… y herederos
La gracia y la gloria comparten la misma esencia: quien habita en la primera, está destinado a la segunda. Al ser parte de la familia de Dios, tenemos derecho a una herencia que se traduce en felicidad infinita, siempre que seamos fieles a Su voluntad.
Llegar al Cielo significa alcanzar la perfección del gozo al estar en unión con Dios. Él nos creó y nos amó con el propósito específico de compartir Su eternidad con nosotros.
Este destino es el único capaz de satisfacer nuestros anhelos más profundos, pues es para lo que fuimos hechos. Es un amor inmenso que no es ajeno a nuestro presente. Se cultiva en lo común y corriente de cada día, preparando nuestro interior para la grandeza que está por venir.
Una verdad que tendemos a olvidar
Cada día, en el bullicio de las preocupaciones —el trabajo, las relaciones, las dudas—, olvidamos esta verdad fundamental: somos hijos amados de Dios.
Esto no es un consuelo pasajero, sino el fundamento de nuestra identidad cristiana, que nos libera, nos fortalece y nos impulsa a vivir como verdaderos hijos. El Catecismo y la tradición lo repiten: por el Bautismo, recibimos el Espíritu de su Hijo, que clama en nosotros «Abba, Padre».
Como dice el Papa Francisco, esta es la «novedad de vida» que nos hace hijos de la resurrección, destinados a la eternidad, más allá de cualquier tristeza o obstáculo.
¿No es asombroso? Un niño, incluso antes de poder hablar o decidir, ya es persona capaz de ser coheredero con Cristo.
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¿Por qué recordar que somos hijos amados diariamente? Porque el mundo nos tienta a olvidar: nos trata como consumidores, competidores o fracasados. Recordar nuestra filiación nos ancla en la realidad divina.
Este recordatorio no es un lujo; es necesidad. En las tentaciones, como Jesús en el desierto, el diablo ataca nuestra identidad: «Si eres Hijo de Dios…». Si lo recordamos, lo afirmamos, lo creemos, ¡resistimos!
Por otro lado, en el estrés diario, nos evita la ansiedad: ¿para qué preocuparnos si el Padre cuida hasta de las aves…? Empezar y terminar el día con el pensamiento puesto en esta verdad ordena el corazón y sus prioridades.
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