Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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Hoy muchas personas entran a una relación pensando solamente en enamorarse, sentirse queridas o “hacer que funcione”. Pocas veces se habla de algo fundamental para construir un amor sano y duradero: los no negociables.
Cuando hablamos de “no negociables” no nos referimos a caprichos, exigencias superficiales o listas imposibles. Hablamos de principios, valores y límites esenciales que protegen la dignidad, la paz y la vocación de una persona.
La Iglesia Católica enseña que el amor verdadero nunca destruye la identidad del otro ni le pide renunciar a aquello que lo acerca a Dios.
¿Qué son los no negociables?
Son aquellas cosas que una persona no debería traicionar para sostener una relación. Por ejemplo:
- el respeto,
- la fidelidad,
- la fe,
- la honestidad,
- el deseo de formar familia,
- la dignidad personal,
- la apertura a la vida,
- el cuidado emocional,
- la ausencia de violencia o manipulación
Son pilares
Porque una relación puede sobrevivir diferencias de gustos, hobbies o personalidad, pero difícilmente sobrevivirá cuando se rompen valores esenciales.
Un ejemplo sencillo: una joven desea vivir una relación orientada al matrimonio y a la fidelidad. Comienza a salir con alguien que constantemente le dice: “no creo en el compromiso.”, “cada quien debería hacer lo que quiera.”, “el matrimonio no sirve.”.
Muchas veces, por miedo a perder a la persona, podemos empezar a minimizar lo que sentimos… y nos convencemos de que… “Tal vez estoy exagerando.”
En el fondo aparece la tristeza, la inseguridad, la confusión. ¿Por qué?
Porque de esa manera se está intentando construir amor mientras se abandona algo importante para el corazón y la vocación.
El amor auténtico no te pide traicionarte
La cultura actual muchas veces romantiza “aguantar todo por amor”. El amor cristiano no significa perderse a uno mismo. San Juan Pablo II enseñaba que el amor verdadero afirma la dignidad de la persona y nunca la usa ni la reduce a un objeto emocional.
En Amor y Responsabilidad escribió una idea profunda: “la persona es un bien respecto del cual solo el amor constituye la actitud apropiada.” Esto significa que una relación sana debe ayudarte a crecer como persona, no a disminuirte.
Si para mantener una relación necesitas:
- callar lo que te duele,
- aceptar faltas de respeto,
- renunciar a tu fe,
- tolerar manipulación,
- justificar infidelidades,
- o vivir constantemente ansiosa,
entonces, algo importante está siendo herido.
Jesús también ponía límites
A veces se confunde el amor cristiano con soportar todo sin discernimiento. Es preciso no perder de vista que incluso Jesucristo ponía límites.
Jesús amaba profundamente, pero nunca permitió que el mal definiera la verdad. Por ejemplo:
- corregía cuando era necesario,
- se alejaba de quienes querían manipularlo,
- hablaba con verdad aunque incomodara.
El amor cristiano no elimina la verdad. Une verdad y caridad. En Juan 8,32 leemos “la verdad los hará libres.”
Por eso, en una relación, decir “esto me lastima”, o “no estoy de acuerdo”, o “no puedo aceptar esto”, también puede ser un acto de amor y de dignidad.
Cuando por miedo se abandonan los valores
Muchas personas terminan negociando cosas importantes por miedo:
- miedo a quedarse solas,
- miedo a perder años invertidos,
- miedo a “no encontrar a alguien más”.
Entonces empiezan pequeñas renuncias:
- dejan de expresar lo que creen,
- aceptan conductas dañinas,
- toleran humillaciones,
- justifican señales claras de incompatibilidad.
Un ejemplo muy común: una persona desea vivir la fe y formar una familia cristiana. Su pareja se burla constantemente de la Iglesia, desprecia sus valores o ridiculiza su deseo de vivir castidad o sacramentos. Al inicio parece “algo pequeño”. Con el tiempo eso genera heridas profundas.
Los valores espirituales no son detalles secundarios. Son parte de la identidad. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que el amor humano está llamado a reflejar el amor de Dios, y por eso necesita verdad, libertad y entrega auténtica.
Los no negociables no son rigidez
Es importante entender algo: tener no negociables no significa ser soberbio, frío o inflexible. No significa exigir perfección. Todos somos imperfectos y toda pareja tendrá diferencias.
Por ejemplo:
- uno puede ser más ordenado y otro más espontáneo;
- uno puede expresar más afecto y otro ser más reservado.
Eso se trabaja con paciencia y madurez. Los no negociables se refieren a aquello que compromete seriamente la dignidad, la paz o el propósito de vida.
No es “debe gustarle exactamente lo mismo que a mí.” Es más bien:
- “necesito una relación con respeto.”
- “necesito honestidad.”
- “quiero caminar con alguien que valore la fe.”
- “no aceptaré violencia ni manipulación.”
El amor necesita discernimiento
En muchas relaciones el problema no es falta de sentimientos, sino falta de discernimiento. La Iglesia enseña que amar no es solamente dejarse llevar por emociones intensas. También implica mirar la realidad con verdad.
Papa Francisco, en Amoris Laetitia, habla de la importancia de conocer realmente al otro y construir sobre bases sólidas, no solo sobre entusiasmo momentáneo. Porque una relación no se sostiene únicamente con química, también necesita:
- valores compartidos,
- respeto mutuo,
- capacidad de sacrificio,
- diálogo,
- visión de vida.
Dios no te pide perder la paz para amar
A veces algunas personas creen que sufrir constantemente en una relación es señal de “amar mucho”. Dios no disfruta viendo a alguien destruido emocionalmente.
Sí, el amor implica sacrificios. Pero sacrificio no es lo mismo que humillación constante.
San Pablo escribe: “El amor es paciente, es servicial… no busca su propio interés, no obra con dureza.”
El amor auténtico puede atravesar dificultades. No debería apagar tu dignidad, tu fe ni tu paz interior.
***
Respetar tus no negociables no es egoísmo. Es madurez. Es entender que el amor verdadero no se construye traicionando aquello que Dios puso en tu corazón como importante.
La persona correcta no será perfecta, pero sí respetará profundamente aquello que para ti tiene valor. Cuando una relación está verdaderamente fundada en Dios, el respeto, la verdad y la dignidad dejan de verse como obstáculos al amor… y se convierten en la base misma del amor.
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Todos fantaseamos con la idea ir de gala a un baile Bridgerton: corset, vestidos, peinados, maquillaje, trajes, posturas, miradas y movimientos detalladamente ensayados. Es decir, una escena que te haga deseable ante los ojos de aquellos que también fueron con la ilusión de encontrar al amor de su vida.
Ese sueño tiene que ver, entonces, con la adrenalina por el deseo de ser elegidas por la Reina como el diamante de la temporada o ser ese codiciable y de porte inalcanzable hombre. La música y las coreografías te sumergen en el más loable romanticismo y, quién sabe, tal vez te conduzca a un corazón que lata en tu misma sintonía en un dos por cuatro.
El baile real
Pero… ¡un momento! no necesitas un baile Bridgerton para ese fin. Lo que necesitas es liberarte de la idealización y del espectáculo de apariencias y conquistas asechadoras.
Necesitas liberarte de la pretensión de encajar en un corset para ser aceptable, de tener que contar con posesiones para ser codiciable, de tener que ensayar respuestas y desarrollar habilidades para no ser rechazado, de ser juzgado por una reina a quien le diste la potestad de calificarte.
Necesitas liberarte de la ficción que cada vez más intenta penetrar nuestras vidas reales. Es decir, necesitas desintoxicarte de las vidrieras virtuales del amor, el placer, el lujo, la perfección, que te hacen despreciar cada vez más lo real, auténtico e invaluable.
Necesitas, por tanto, mirarte al espejo real con el alma desnuda y apreciar, no al diamante de la temporada, sino la maravillosa hechura de Dios que sos, desde antes de la fundación del mundo y por la eternidad, que no pretende calificarte, sino enseñarte sobre el amor por excelencia.
Una idealización del amor cuestionada.
La serie Bridgerton presenta el romance y la pasión como pilares. Las bodas en la serie se muestran como el triunfo del amor verdadero, incluso frente a las presiones sociales. El matrimonio no es solo unión romántica, como fruto de un amor genuino, sino también estrategia de poder y estatus en la alta sociedad londinense.
Estamos hablando de una idealización del amor cuestionada. Aunque los matrimonios se presentan como destino feliz, la narrativa también expone las dificultades de alcanzar ese ideal.
Esa famosa frase que estamos acostumbrados a ver de manera explícita e implícita en todo romance televisivo, “el amor todo lo puede”, acá está atravesado por vertientes que ponen en peligro el “felices por siempre”. Esas vertientes no son más que intereses, secretos, apariencias montadas, estatus social, dejan entrever que tras bambalinas todos somos vulnerables y no todo lo que vemos es como hemos comprado.
Lady Whistledown somos todos
Lo maravilloso de esta serie que te sumerge en las profundidades del amor, romanticismo y pasión es la voz anónima de Lady Whistledown. En una sociedad y época donde la voz femenina no tenía peso ni poder alguno, se atreve a desnudar las verdades miserables que el mismo contexto les obliga a construir, mostrando tensiones el entre deber social y el deseo personal.
Seguro fantaseaste muchas veces en ser una Lady Whistledown de este tiempo y contar al mundo la realidad detrás de un post de Instagram. Es que nos acostumbramos tanto a la apariencia, a la ficción cotidiana, que nos cuesta mirarnos al espejo porque no tiene filtro. Así, no serías capaz de subir una foto sin hacerle los respectivos retoques.
Actualmente, lo que necesitamos ya no es a una Lady Whistledown que divulgue los chismes detrás del montaje. Hoy necesitamos batallar contra la cultura de la apariencia y eso comienza por nosotros mismos. Esa batalla, entonces, se podría convertir en la mayor revolución contra este sistema que tanto daña el amor propio.
En definitiva, detrás la apariencia, de vestidos elegantes, posturas y miradas ensayadas, se encuentra la espontaneidad que deja ver la esencia misma que hoy tendemos a censurar. Se encuentra lo real, el verdadero diamante. Descubrirlo y ponerlo en valor es tu gran desafío.
Bridgerton y la idealización
¿De verdad todo es negociable? ¿Será que la pasión y el erotismo son suficientes para construir una familia?
Cuando pensamos de a dos, siempre habrá negociaciones. En algo tendrá que ceder uno u el otro para el mejor desarrollo de la pareja. De eso de trata el amor, no de ser servido, sino de servir y perseguir el bien del otro.
¿Hasta dónde estás dispuesto a negociar? Hay algo que yo lo llamo “el límite de lo inegocible” y estos son nuestros valores y convicciones. No hay sentimiento, pasión, deseo, que sea capaz de atravesar esa línea o, por lo menos, si deseas una construcción sana, sólida y perdurable, no debería haberlo.
***
Bridgerton trata siempre de renuncias, de transacciones y, en todos los casos, ha conducido a finales felices y apasionados. No obstante, la vida real no es Bridgerton.
No esperes que un Duque, un Conde o Vizconde rompa todo obstáculo para alcanzarte. No te escondas detrás de un filtro o sigas una tendencia solo por intentar encajar, aparentar o resaltar, ese corsetN. o te sirve.
Mejor fortalece tu identidad y autoestima, identifica tus valores y convicciones y trabaja en potenciar tu vida, sin olvidarte de ninguno de ellos. El mejor baile al que sí estás invitado es de gala, porque tu presencia lo amerita, sin máscaras.
Hoy en día se promueve con fuerza la idea de que debemos seguir siempre lo que nos hace felices. Este mensaje, repetido en redes sociales, por algunos consejeros e, incluso, profesionales puede convertirse fácilmente en una invitación a evitar cualquier incomodidad, esfuerzo o renuncia.
Sin embargo, cuando este enfoque se traslada a la vida en pareja, puede generar relaciones frágiles, centradas únicamente en la satisfacción inmediata y no en la construcción a largo plazo.
¿Qué implica realmente una relación de pareja?
Estar en pareja no es solo compartir momentos agradables. Implica también enfrentar desafíos, atravesar diferencias y asumir responsabilidades emocionales.
Surgen, entonces, preguntas importantes: ¿debo ser siempre yo mismo sin cambiar nada? ¿El otro tiene que adaptarse completamente a mí? ¿O hay algo que la relación me pide transformar? Responder con honestidad a estas preguntas es clave para comprender el amor en su dimensión más madura.
Del individualismo al “nosotros”
Toda relación comienza, en cierta medida, buscando bienestar personal. Cuando el vínculo crece, también, lo hace la conciencia de que ya no se trata solo de uno mismo. Aparece, entonces, un cambio de mirada. ¿Qué necesita mi pareja de mí? ¿Qué necesita la relación en este momento?
Este paso del “yo” al “nosotros” no implica perder la identidad, sino ampliarla. Es aprender a integrar al otro en las propias decisiones y prioridades.
La renuncia como camino de crecimiento
Entender la vida en pareja desde esta perspectiva permite reconocer que, en determinados momentos, será necesario renunciar a ciertos comportamientos, actitudes o formas de pensar.
Lejos de ser una pérdida, estas renuncias son una oportunidad de crecimiento. Así, las transformaciones, lejos de limitar, fortalecen tanto a la persona como a la relación.
Algunas de esas renuncias pueden manifestarse de manera concreta: priorizar tiempo de calidad con la pareja, abandonar hábitos o conductas nocivas, dejar de pensar únicamente en uno mismo para empezar a pensar en dos, cultivar la paciencia, la tolerancia y la empatía, aprender a ser más expresivo y emocionalmente disponible.
“Sobrellévense”: la renuncia como expresión del amor
Aquí cobra sentido lo que decía San Pablo: “sobrellévense unos a otros”. Esta expresión no es casual. Habla de un amor que no se limita a lo agradable o a lo fácil, sino que reconoce que convivir con otro implica esfuerzo, paciencia y, muchas veces, incomodidad.
“Sobrellevar” supone aceptar que el otro no siempre será como yo espero, que habrá momentos de tensión, diferencias y límites. Aun así, elegimos permanecer, comprender y construir.
Esto rompe con la idea de que el amor es solo sentir cosas bonitas. Amar también es sostener, tolerar y trabajar activamente por el vínculo.
“Cuidado” no es renunciar a todo
Es importante hacer una distinción clara: amar no significa renunciar a todo. No implica anularse, perder la dignidad o aceptar situaciones de maltrato o dependencia.
Una relación sana nunca debería exigir renunciar a los propios valores, a la familia, a la integridad personal o a aquello que constituye lo esencial de la persona. Cuando esto ocurre, ya no estamos hablando de amor, sino de dinámicas que pueden ser dañinas.
Las renuncias de las que hablamos construyen, no destruyen. Apuntan al crecimiento mutuo, no a la pérdida de identidad.
***
En relaciones serias y con proyección, la renuncia no es opcional, es parte del proceso. Amar no es solo sentirse bien, sino también estar dispuesto a incomodarse, a ceder y a crecer. Porque, al final, una relación sólida no se construye únicamente desde la comodidad, sino desde el compromiso de ambos por buscar un bien mayor: el de la relación misma.
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