Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

Una mirada afirmativa de
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Quizás una relación no necesita coincidencia absoluta. Sí necesita ciertos encuentros fundamentales. Una pareja puede pensar diferente sobre muchas cosas y, aun así, construir una vida sólida si comparte valores esenciales.

El problema no está en que uno prefiera una cosa y el otro otra. ¡Veamos!

¿Discutir es malo para una relación?

No necesariamente. De hecho, una relación en la que nunca existen desacuerdos debería llevarnos a preguntarnos algunas cosas. ¿Realmente no pensamos diferente? ¿O simplemente uno de los dos ha aprendido a callar?

A veces confundimos la paz con la ausencia de conflicto. Una relación aparentemente tranquila puede esconder silencios, frustraciones acumuladas y personas que han dejado de expresar lo que realmente sienten por miedo a generar un problema.

La verdadera paz no consiste en nunca discutir. Consiste en saber qué hacer cuando pensamos diferente.

El arte de escuchar sin defendernos

Uno de los mayores desafíos en una relación es escuchar sin preparar inmediatamente nuestra defensa. Muchas veces el otro comienza a hablar y nosotros ya estamos pensando en nuestra respuesta.

No escuchamos para comprender. Escuchamos para responder. Y ahí la conversación deja de ser un encuentro. Se convierte en una negociación de egos.

Quizás podríamos comenzar haciendo preguntas diferentes. En lugar de decir: “¿cómo puedes pensar eso?”, podríamos preguntar: “¿qué te hace verlo de esa manera?”.

En lugar de responder: “estás exagerando”, podríamos decir: “quiero entender por qué esto es tan importante para ti”.

En lugar de insistir: “yo tengo razón”, podríamos preguntarnos: “¿qué parte de esta conversación me está costando escuchar?”.

Escuchar no significa estar de acuerdo. Significa reconocer que la experiencia del otro merece ser escuchada. Y eso, dentro de una relación, puede cambiarlo todo.

Tips para medirnos y crecer como pareja

La pregunta importante es: “¿qué sostiene nuestra relación cuando no estamos de acuerdo?”.

Junto a esta pregunta, les dejamos otras: ¿existe respeto? ¿Existe confianza? ¿Existe capacidad de diálogo?

Y sumamos algunas más: ¿existe libertad para expresar lo que pensamos? ¿Podemos pedir perdón? ¿Podemos cambiar de opinión? ¿Podemos reconocer que el otro tiene algo de razón?

Una relación sana no se construye sobre la obligación de pensar igual. Se construye sobre la decisión de seguir cuidando el vínculo incluso cuando descubrimos nuestras diferencias.

A veces, el amor nos pide ceder

Y aquí aparece algo que puede resultar incómodo. En una relación, habrá momentos en los que tendremos que ceder.

Ceder no es desaparecer. No es renunciar constantemente a nosotros mismos. No es permitir que el otro siempre decida.

Ceder es reconocer que no todo tiene que hacerse a nuestra manera. Es comprender que compartir la vida implica renunciar, en algunas ocasiones, a tener siempre la última palabra.

El problema aparece cuando solo una persona cede. Cuando uno siempre se adapta y el otro siempre impone. Cuando uno calla para mantener la paz y el otro se acostumbra a decidir.

El amor auténtico busca reciprocidad. A veces cedo yo. A veces cedes tú. Y, muchas veces, encontramos una tercera manera que ninguno de los dos había imaginado al inicio.

La diferencia puede hacernos crecer

Quizás no necesitamos personas que siempre nos den la razón. Quizás necesitamos personas que nos amen lo suficiente como para decirnos, con respeto, cuando no están de acuerdo.

Alguien que piense diferente puede ayudarnos a ampliar nuestra mirada. Puede enseñarnos paciencia. Puede obligarnos a comunicar mejor lo que sentimos. Puede mostrarnos nuestras rigideces. Puede ayudarnos a distinguir entre una convicción profunda y un simple capricho.

No todas las diferencias destruyen. Algunas nos hacen crecer.

Porque amar a alguien diferente a nosotros nos obliga a salir de nuestro propio centro. Nos recuerda que el mundo no termina en nuestra experiencia. Y que compartir la vida con otra persona no consiste en encontrar nuestro propio reflejo.

Entonces, ¿conviene coincidir en todo?

Probablemente, no. Coincidir en todo podría resultar cómodo. Recordemos que la comodidad no siempre produce crecimiento.

Las diferencias, cuando se viven desde el respeto, pueden ayudarnos a construir relaciones más conscientes, más libres y más maduras. No necesitamos pensar igual en todo. Necesitamos aprender a conversar.

Asimismo, no necesitamos ganar cada discusión. Necesitamos proteger el vínculo. Es decir, no necesitamos cambiar al otro para sentirnos seguros. Necesitamos conocerlo realmente.

Y, quizás, esa sea una de las formas más profundas del amor: mirar a una persona, descubrir que es diferente a nosotros y, aun así, decidir encontrarnos. Porque amar no es decir: “eres perfecto porque piensas como yo”. Amar es poder decir: “somos diferentes. No siempre vemos las cosas de la misma manera. Quiero seguir aprendiendo a caminar contigo”. Y tal vez la verdadera compatibilidad no consiste en coincidir en todo.

***

Hay parejas que nunca levantan la voz, pero viven emocionalmente distantes. Y hay otras que tienen conversaciones intensas, desacuerdos importantes y, sin embargo, han aprendido a volver a encontrarse después de cada diferencia.

La clave no está en evitar todo conflicto. Está en aprender a relacionarnos sanamente dentro de él.

Tal vez, entonces, amar consiste en saber qué hacer con aquello en lo que no coincidimos. Porque una relación no se fortalece cuando nunca existen diferencias, se fortalece cuando, incluso en medio de ellas, dos personas recuerdan que están en el mismo equipo.

¿Y tú? ¿Crees que una pareja debe coincidir en todo o que las diferencias pueden fortalecer una relación?

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Para nuestro artículo de hoy nos vamos a centrar en una figura interesante: la princesa que espera en la torre. La pregunta que tenemos que hacernos frente a este arquetipo de los cuentos de hadas, que Disney luego plasmó en la película Enredados, es: ¿estoy viviendo mi vida como si fuera una princesa encerrada en una torre, esperando a que empiece?

Lo cierto es que, en el mundo contemporáneo, muchos caemos en esa falacia: nos encerramos en nuestra propia torre esperando a que nuestra vida «empiece» y no nos damos cuenta de que la vida es eso que está pasando mientras esperamos que comience. Porque lo que importa es el ahora, el único tiempo que realmente tenemos y que recibimos como regalo de Dios.

Por eso, en este artículo quiero compartirles cinco cosas sobre las que me quedé reflexionando después de ver a nuestra Rapunzel salir en busca de sus luces.

1. «Aun dentro de una torre hay mil cosas por hacer»

El primer momento de la película nos muestra a una Rapunzel que ha crecido en una torre, pero, lejos de vivir el encierro como una cárcel, su actitud fue: «Ok, ¿qué cosas puedo hacer, aprender, entender, crear?». Y así, poco a poco, aun en medio de su vida en la torre, Rapunzel no se quedó como un ente pasivo, sino que desde el primer momento fue la protagonista de su propia aventura.

La pregunta es: ¿cómo tomamos las torres que nos pone la vida? ¿Nos vemos como víctimas de ellas o intentamos, aun en los peores momentos, buscarle la vuelta al asunto?

Rapunzel habrá crecido en una torre, pero el acento está en que creció, no se atrofió. Aprendió, jugó, creó, hasta que la torre y mamá Gothel ya no pudieron contenerla. Porque la vida siempre encuentra su camino si la dejamos crecer dentro de nosotros, respondiendo a la gracia de Dios.

2. «No basta con crecer dentro de la zona de confort; hay que animarse a salir sin culpa»

Y así llegó el día en que la torre y mamá Gothel no pudieron contener a Rapunzel. Entonces, Gothel hizo lo posible por sembrarle la culpa por crecer. Esa idea peregrina que se mete en nuestro corazón y nos hace sentir culpables por ser aquello que Dios nos llamó a ser.

Digamos que la idea que siembra mamá Gothel es la opuesta a la frase de Catalina de Siena: «Sé lo que debas ser y prenderás fuego al mundo». Algunas veces tenemos madres o padres Gothel reales que nos quieren manipular desde la culpa y evitar que respondamos al llamado de las luces de nuestra vida, que es la vocación que Dios nos dio. Otras veces, esa voz somos nosotros mismos, representando el miedo de dejar lo conocido, aunque sea angosto, por lo desconocido, que es ancho y vasto.

Pero lo cierto es que Jesús nos llama a poner la mano en el arado y no mirar hacia atrás, sino a seguir adelante y creciendo en su gracia.

3. «Mi vida no es una sala de espera que está esperando a comenzar»

Así llegamos al corazón de este artículo. Muchas veces podemos tener la tentación de pensar: «¿Cuándo mi vida va a empezar?». Y queremos responder esa pregunta diciendo: cuando me ponga de novia, cuando me case, cuando tenga hijos, cuando me reciba, cuando me doctore…

Y la vida se transforma en un proceso kafkiano, lleno de salas de espera intermedias y de «sueños por cumplirse» que, como Sísifo, nunca llegan, porque encontramos que la realización verdadera no está en ellos. ¿Por qué? Porque nuestro corazón no fue hecho para ellos. Si los ponemos en el centro de nuestros anhelos y no como un anhelo, corremos el riesgo de que el peso de nuestro corazón nos arrastre a una espera que jamás se va a solucionar.

Rapunzel quería ver las luces, pero las luces no eran la respuesta a su vida. Al animarse a salir a buscarlas y a vivir la aventura que la llevaba hacia ellas —desde conocer a Flynn (Eugene) hasta cantar con los malandras del bar sobre sus sueños—, logró expandirse y encontrar no solo el sueño de las luces, sino también el sueño del amor, de la familia, de los amigos y de su verdadero lugar como princesa.

Entonces, la cuestión está en cómo tratamos el camino: ¿es una aventura o una sala de espera?

4. «Es importante animarse a soñar aunque no se vea todavía el camino hacia ese sueño»

De este modo, si vivimos la vida como una aventura, si vamos creando lore, no solo momentos, sino que nos adentramos bien dentro de nuestra saga nórdica, ya no vivimos dentro de un proceso burocrático de salas de espera, sino que salimos en busca de aquello que esta vida, regalo de Dios, nos puede dar.

Así, somos exploradores en busca de un sueño, de un tesoro perdido. Quizá no sabemos dónde ni cómo vamos a llegar, pero ese sueño que nos anima a seguir es esa llama de amor vivo dentro nuestro. Todos poseemos un sueño y nos preguntamos cómo vamos a llegar. Ese deseo que C. S. Lewis llamó alegría nos señala el camino y nos va haciendo encontrar las distintas etapas de nuestra aventura, hasta que llegamos a nuestro verdadero Hogar.

Por eso es importante soñar. No se trata de no ponernos metas o sueños, sino de ponerlos en su lugar.

5. «Aprender a amar es aprender a donarse y no adueñarse»

La última parte de la película y de este artículo nos muestra algo interesante: el sueño de Rapunzel y de Flynn dejó de ser unipersonal y llevó a un sueño compartido. La isla de Flynn dejó de tener sentido y las luces comenzaron a ser una realidad que lo hacía ver la verdadera Luz.

Al contrario de mamá Gothel, Rapunzel descubrió la paradoja del deseo: este solo florece si se lo deja ir, si no se lo aferra de manera desesperada, puesto que, de lo contrario, puede convertirse en nuestra propia trampa mortal. Por eso, amar es aprender a donarse, a tratar al otro con amor y como persona que busca su fin.

No se trata de no buscar nuestros sueños, sino de aprender que, cuando estos se comparten libremente, cuando colaboramos entre todos por el sueño de cada uno, el amor se expande, porque el bien es difusivo de sí. Mientras que, si nos encerramos en la torre del dolor y del cuidado de «nuestro propio tesoro», el sueño se convierte en pesadilla, que es lo que le pasó a Gothel.

Sin embargo, en el caso de Flynn y Rapunzel, el sueño sacrificado fue eucatástrofe: restauró las cosas a su lugar, pero mejor.

Por eso, para cerrar, les pregunto: ¿Dónde está tu corazón: en la torre o en la aventura?

Muchas veces cometemos el error de dar por sentadas ciertas cosas de la vida. Creemos que todo ocurre de manera lineal, espontánea, casi «porque toca». Poco a poco, perdemos la capacidad de asombrarnos ante lo que vivimos y esto, aunque no siempre nos demos cuenta, puede afectar también a nuestra relación de pareja.

En este artículo quiero hablarte de la importancia de recuperar esa mirada de asombro y, si estás casado, de aprender a mirar nuevamente tu matrimonio como lo que realmente es: una realidad extraordinaria que un día no existía y que hoy forma parte de tu vida.

El matrimonio como una realidad nueva

Una idea que me gustó especialmente del libro Más que juntos, de Lucía Martínez y María Álvarez de las Asturias, es que cuando dos personas se casan nace una realidad nueva. Antes existían dos personas y una relación; ahora existe también un matrimonio.

Podemos compararlo, salvando las diferencias, con el nacimiento de un niño. Cuando nace un bebé, sus padres se asombran ante una persona completamente nueva. Observan sus dedos, sus gestos y sus primeras sonrisas. Después se maravillan con sus primeras palabras y sus primeros pasos. Cada novedad parece extraordinaria.

Con el matrimonio, en cambio, puede ocurrir algo curioso: cuanto más tiempo pasa, más fácilmente perdemos esa capacidad de asombro.

Damos por sentado que el otro está ahí. Damos por sentadas nuestras rutinas, nuestra casa, nuestros acuerdos y nuestra forma de vivir. Las vacaciones, porque tocan; la compra del supermercado, porque toca; salir a comer, porque es parte de nuestra vida, como lo es un beso, un abrazo, las relaciones sexuales… Todo puede terminar incorporándose a un sistema de cosas que simplemente «tocan».

Detrás de esas rutinas, de los hijos, las cuentas, las listas de la compra y las obligaciones cotidianas se esconden discretamente muchas cosas que alguna vez deseamos y que hoy son una realidad.

El amor también merece asombro

Pensemos por un momento en lo extraordinario que supone que dos personas se conozcan, conecten, se enamoren, que ese amor sea recíproco y que decidan construir una vida juntas.

Desde una mirada cristiana, detrás de esa historia también podemos reconocer la providencia de Dios. Nosotros elegimos, decidimos y construimos nuestra relación, y hubo también circunstancias que permitieron que nuestras vidas se cruzaran.

El problema es que con el tiempo podemos olvidarlo. En terapia de pareja es frecuente escuchar a personas que se concentran en aquello que el otro hace mal, en sus defectos o en lo que ha dejado de hacer. Algunas de esas críticas responden a problemas reales que deben abordarse. Otras son, en el fondo, un grito desesperado de afecto: «antes eras más cariñoso», «ya no tienes tiempo para mí», «parece que todo es más importante que nosotros».

Precisamente porque el amor nos importa, sufrimos cuando sentimos que comienza a faltar. Por eso necesitamos recuperar la gratitud antes de que la rutina nos haga olvidar el valor de lo que tenemos. Quiero proponerte tres ejercicios muy sencillos para entrenarla.

Ejercicios para entrenar la gratitud

1. Agradece por tu pareja también cuando reces: cuando atravesamos una dificultad con nuestra pareja es natural pedir ayuda a Dios: que nos ayude a superar una crisis, que nos dé paciencia o que ayude al otro a mejorar aquello que está dañando la relación.

Podemos añadir algo más: dar gracias por la existencia del otro. Incluso en un momento difícil podemos agradecer haber conocido a esa persona, los años compartidos, aquello que hemos construido juntos y la oportunidad de haber amado y haber sido amados. No se trata de negar los problemas, sino de impedir que los problemas nos hagan olvidar todo lo demás.

2. Vuelve a decir «gracias» y «por favor»: con los años podemos comenzar a interpretar muchas acciones del otro simplemente como obligaciones: «le corresponde hacerlo». Detrás de cada obligación sigue existiendo una persona.

Dar las gracias por haber preparado la comida, hacer la compra, dejar listo el café, ordenar la casa, pagar una cuenta o encargarse de los niños puede parecer insignificante. Ayuda a transformar el clima cotidiano de una relación.

Lo mismo ocurre con pedir las cosas por favor. La confianza no debería significar la desaparición de la cortesía.

La gratitud se parece un poco al ejercicio físico: necesita repetición para convertirse en hábito. No basta con sentirla. También hay que aprender a expresarla.

3. Practiquen la nostalgia positiva: Finalmente, los invito a mirar juntos hacia atrás. Hoy podemos discutir sobre dónde pasar las vacaciones, y quizá hubo un tiempo en el que no teníamos dinero ni para plantearnos viajar. Hoy nos agobian los berrinches de los niños, y quizá años atrás llorábamos frente a un test de embarazo negativo. Hoy nos molesta que el otro haya olvidado algo de la compra, y hubo un momento en que deseábamos profundamente encontrar a alguien con quien construir una familia.

La nostalgia positiva nos ayuda a descubrir algo importante: algunas de las cosas que hoy damos por sentadas fueron, alguna vez, nuestros sueños. Miren fotografías antiguas. Recuerden su primera cita. Hablen de aquello que les enamoró. Pregúntense qué cosas de su vida actual habrían emocionado profundamente a aquella pareja que estaba comenzando su historia. ¡Cuidado con caer en la idea de <<todo tiempo pasado fue mejor>>!

***

Que nunca sea «porque toca». Ahora les toca ponerlo en práctica. Pueden leer este artículo juntos y escoger solamente uno de estos ejercicios para comenzar.

No necesitamos convertir cada día en algo extraordinario ni vivir permanentemente emocionados. Se trata simplemente de evitar que la costumbre nos vuelva ciegos ante el bien que tenemos delante.

Cuidar un matrimonio no consiste únicamente en solucionar aquello que está mal. También significa seguir siendo capaces de reconocer aquello que está bien. De vez en cuando, detente, mira a la persona que tienes a tu lado y recuerda que hubo un tiempo en que todavía no formaba parte de tu vida. Y díselo: «qué bueno que estés en mi vida».

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