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El amor según los filósofos

“No sólo yo mismo honro las cosas del amor, sino que también las recomiendo a los demás, y ahora y siempre he de elogiar el poder y la valentía de Eros.” Sócrates.

Les propongo, si gustan, mis amigos, que sigamos hablando y reflexionando acerca de las cosas del amor. Vemos que distintos campos han estudiado y dado su punto de vista al respecto. La psicología, la psiquiatría, la medicina, la sociología e, incluso, la química, se han interesado en comprender la naturaleza del amor.

No obstante, cuando buscamos una definición, cuando nos preguntamos qué es propiamente el amor, una disciplina que puede darnos respuesta es aquella que se dedica a preguntarse qué son las cosas. Si es, acaso, un sentimiento, un instinto, o una virtud, o un impulso, la filosofía puede aclararlo.

Desde los orígenes, los filósofos han llegado a numerosas conclusiones sobre el tema, algunas más apropiadas que otras, pero, siempre, ha sido un punto principal de interés. En su misma esencia radica esta cuestión, pues la palabra filosofía etimológicamente significa, justamente, “amor a la sabiduría”.

Qué es el amor según Max Scheler

Nuestro primer problema es, capaz, definir con propiedad qué es el amor. Para los naturalistas, es un instinto de supervivencia. Para los hedonistas, un mero afecto. Para los cristianos, es una virtud. Para la sana filosofía (porque también existe la mala filosofía), el amor tiene un poco de todo eso.

Max Scheler, filósofo alemán, explica que la afectividad del hombre puede dividirse en dos inclinaciones generales: el amor y el odio. Entonces, sostiene que el “Amor” es una tendencia a buscar aquello que nos hace bien, contrario al “Odio”, que es una tendencia a rechazar lo que puede ser malo para nosotros.

Por ende, es algo evidente y, además, es un principio que compartimos todos los seres: buscar el bien y rechazar el mal. Para Scheler, la tendencia a buscar el bien es el amor. Dicho de otra manera, el amor, en su sentido más general, es una tendencia afectiva al bien.

El amor es carencia, según Sócrates

El amor es una tendencia al bien. Es una búsqueda de un bien. ¿Qué significa que sea una “búsqueda”? El gran Sócrates (a través de su discípulo Platón) nos da la respuesta: si buscamos, es porque hay algo que nos falta.

Para el filósofo griego, el amor hacia algo surge de una carencia: “éste y cualquier otro que sienta deseo, desea de lo que no dispone y no está presente, lo que no posee, lo que él no es y de lo que está falto. ¿No son éstas, más o menos, las cosas de las que hay deseo y amor?” (El banquete).La búsqueda de un otro nace del deseo. Hay algo del otro que necesitamos tener con nosotros, ya sea su físico, su inteligencia, su carisma o sus virtudes. Quien es “amante” no es justamente porque posea, sino porque anhela. Busca acercarse más y más a ello, y conservarlo para siempre.

De ahí que Sócrates dirá que es preferible amar los bienes del alma que los bienes físicos. No solo porque la belleza física tarde o temprano termina por perderse. Además, porque es más provechoso para mí amar a alguien de quien pueda aprender a ser más sabio, más bueno y más virtuoso.

El amor es un ascenso, según Platón

Si hay un filósofo que ha dedicado buena parte de su obra a tratar estos temas, fue sin duda el buen Platón. Obras como Banquete y Fedro no son solo algunas de sus más famosas, sino que además poseen finas reflexiones que enamoran a cualquiera que las lea o escuche (varones, ya saben).

Algo clave en la filosofía de Platón es la idea de “participación”. Él explica que todas las cosas materiales participan de esencias que están más allá, son esencias espirituales. Así, todo lo que tienen las cosas de buenas es solamente retazos, imágenes del Bien. La materia es imperfecta y perecedera, pero estas realidades espirituales (estas ideas) son perfectas y eternas.

Por ese motivo, para el autor, cuando las cosas o las personas nos provocan amor, no debemos quedarnos amando solo las cualidades de las cosas. Debemos “ascender” hasta descubrir las ideas espirituales: “empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose de ellas como escalones para ir ascendiendo continuamente” (Banquete). Quien ama lo bello, debe poco a poco buscar las cosas que son más buenas, hasta llegar al descubrimiento de la Belleza, pura, limpia e inmortal, pues solo en ella puede ser realmente feliz: En este período de la vida, más que ningún otro, le merece la pena al hombre vivir: cuando contempla la Belleza en sí” (Banquete).

El amor es vínculo, según Aristóteles

Aristóteles plantea una aguda y hermosísima idea del amor y lo hace a través de la amistad. No crean que la amistad es solo para los amigos. En los amantes, antes que nada, debe existir una amistad, entendida como una comunión, un vínculo íntegro y recíproco. En una amistad, siempre hay un dar y recibir que dos eligen asumir.

El filósofo sostiene que “los que se aman los unos a los otros y están movidos por sentimientos mutuos de amistad se desean el bien en la forma correspondiente al modo en que se aman” (Ética a Nicómaco). Así, sabemos que pueden darse amistades por utilidad, o amistades por una simple búsqueda del placer (sexual, compañía o diversión). Si bien estas son las más comunes, también son superficiales, y nunca perseveran.

Para Aristóteles, entonces, en el amor, el único vínculo perfecto solo puede darse entre quienes son igualmente virtuosos: “la amistad perfecta y verdadera es la que ocurre en los buenos, y entre los que son semejantes en virtud” (Ética a Nicómaco). ¿Por qué es así? Porque solo entre personas buenas puede haber reciprocidad, pues son los que buscan el bien del otro.

Esa búsqueda del bien del bien del otro llega al punto de que ese lazo que poseen se convierte en algo valioso que debe ser cuidado. Por lo tanto, ese vínculo perdurará, mientras ambos sigan siendo buenos. En conclusión, la correspondencia es la base de un amor verdadero.

El amor es sacrificio, según Santo Tomás

Habrán escuchado que “el amor es ciego”. Nada más lejos de la realidad. Como diría Chesterton, “el amor no es ciego, es lo menos que es”. Ocurre así porque, en el amor, hay conocimiento de algo, sea un conocimiento superficial o profundo. No se puede amar lo que no se conoce. Pero ¡vamos! Dejemos que Santo Tomás nos lo explique mucho mejor.

Ya sea por vía sensitiva, sea por vía intelectual, el amor siempre supone que lo que amo tiene algo que conozco como bueno. Como el conocimiento de ese bien es propio, mueve nuestra voluntad: “el primer movimiento de la voluntad, como el de cualquier otra facultad apetitiva, es el amor” (Suma teológica, I, q. 20). La voluntad desea unirse al otro.Ahora bien, en la voluntad hay un querer, pero un querer deliberado. Hay una elección asumida libremente por la razón.

La cuestión es que la elección de algo siempre implica sacrificar otra cosa. El Doctor Angélico dice que uno de los efectos del amor es el celo (en el buen sentido de la palabra): “el amor intenso trata de excluir todo lo que le es contrario” (Suma teológica, I-IIae, q. 28). El amor, entonces, es renunciar a lo demás. En este caso, si uno ama de verdad, el bien amado es el único al que vale la pena estar unido, lo único que vale la pena elegir, por lo único que vale la pena luchar y morir.

El amor es Dios, según San Agustín

¿En qué sentido podemos decir esto? Si entendemos que Dios es el ser más perfecto que existe, podemos entender que todos los atributos de Dios son, de hecho, Dios mismo. Su bondad es tan perfecta que Él es el Bien. Su belleza es tan perfecta que Él es la Belleza. Su justicia es tan perfecta que Él es la Justicia.

En definitiva, si somos conscientes que Dios nos ama, y que su amor es el más perfecto que puede haber, solo nos queda concluir que Dios mismo es el Amor.

Entonces, cuando dos personas se aman, de forma virtuosa y real, en realidad es Dios quien se está haciendo presente entre ellos. Por eso mismo, San Agustín nos dirá: “En el amor, son tres los que participan: uno que ama, uno que es amado, y uno que es el Amor” (De Trinitae).

***

¿Qué es el amor para la filosofía? El amor es carencia y es ascenso. Es vínculo y es sacrificio. Todos los seres compartimos la búsqueda del bien. No se puede amar sin conocer lo que amamos. Cuando amamos somos tres, el que ama, el que es amado y el Amor, Dios, que se hace presente en esa relación.

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